Introibo Ad Altare Dei

Relato del manifiesto de un retrato descriptivo

[Cuentos Infantiles] Los gatos de James Joyce

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En algún momento de su vida, el irlandés James Joyce (1882-1941) también fue “víctima” del instinto protector de ser abuelo. Considerado uno de los más influyentes escritores del siglo XX, y conocido principalmente por su novela Ulises (1922); escribió en 1936, entre septiembre y octubre, sendas cartas con los dos únicos cuentos infantiles que se le conocen. El destinatario era su único nieto, Stephen J. Joyce (cuyo primer nombre pertenece al alter-ego juvenil del autor, Stephen Dedalus). ¿Qué tienen en común, entre sí, ambos cuentos? Sí, la respuesta es la presencia de gatos. Al parecer le envió uno lleno de dulces al pequeño Stephen, que por ese tiempo tenía 4 años y vivía en Francia (mientras que él residía en Dinamarca por una temporada), y para ambientar un poco le mandó las cartas ulteriormente.

El primer cuento, “El gato y el diablo”, fue publicado originalmente en Letters of James Joyce (1957) que posteriormente fue ilustrado en distintas ediciones (a partir de 1964) como un libro individual para niños. La historia de “Los gatos de Copenhague” es un poco más escabroza. La carta fue donada por Hans Jahnke, hijo de la segunda esposa de Giorgio Joyce (hijo de James), a la Fundación James Joyce en Zürich. Quienes han visitado estas instalaciones cuentan que cualquier investigador interesado en la amplia bibliografía disponible, es bienvenido y tiene un acceso muy poco restringido a los textos; incluso con la posibilidad de tomar notas o sacar fotografías (algo inusual en lugares de esta naturaleza). Es en este contexto que a inicios del 2012, la imprenta irlandesa Ithys Press dio la sorpresa y llamó la atención del mundo literario al anunciar la publicación de una edición de lujo -con ilustraciones- de 200 ejemplares (los precios oscilan entre las 300 a 1200 libras) de un cuento inédito del escritor. Fritz Senn, el director de la fundación, mostró su decepción a que hayan publicado el cuento sin su permiso, aunque descartó tomar acciones legales por los costos que eso supone. Por su parte, la editorial se defendió diciendo que la obra del dublinés ya era de dominio público (lo cual es un tema de discusión legal en relación a las publicaciones inéditas y las leyes de cada país).

Tiempo después, el libro pudo conseguirse en ediciones más económicas para el común de los mortales (por otros distribuidores e incluyendo ebook), y gracias a esto es que tenemos acceso a un aspecto casi desconocido de la obra de Joyce.

A continuación comparto ambos cuentos en español:

El gato y el diablo

Mi querido Stevie:

Hace unos días te envié un pequeño gato lleno de caramelos, pero puede que tú no conozcas la historia del gato de Beaugency.
Beaugency es un antiguo pueblecito situado en una orilla del Loira, el río más largo de Francia: Es también un río muy ancho, al menos para Francia. A su paso por Beaugency es tan ancho, que si quisieras pasarlo de una orilla a la otra tendrías que dar por lo menos mil pasos.
Hace muchos años los habitantes de Beaugency, cuando deseaban cruzarlo, tenían que ir en una barca porque no había puente. Y no podían hacer uno ellos solos o pagar a alguien para que lo hiciese. ¿Qué iban a hacer entonces?

El diablo que anda siempre leyendo los periódicos, se enteró de esta lamentable situación y por consiguiente se vistió de gala y fue a visitar al alcalde de Beaugency, que se llamaba Monsieur Alfred Byrne. Este alcalde también era muy amigo de engalanarse. Llevaba un manto escarlata y tenía siempre alrededor del cuello una gran cadena de oro, incluso cuando estaba en la cama durmiendo a pierna suelta con las rodillas en la boca.

El diablo le contó al alcalde lo que había leído en el periódico y dijo que podría hacer un puente para que los habitantes de Beaugency cruzasen el río tantas veces como quisieran. Dijo que podría hacer un puente tan bueno como nunca se había hecho jamás uno igual, y hacerlo en una sola noche. El alcalde le preguntó cuánto dinero deseaba por hacer semejante puente. Ni un céntimo, dijo el diablo, todo lo que pido es que la primera persona que cruce el puente me pertenezca. Muy bien, dijo el alcalde.

Cayó la noche, todos los habitantes de Beaugency se fueron a la cama y durmieron. Vino la mañana. Y cuando se asomaron a las ventanas exclamaron: ¡Oh Loira, qué magnífico puente! Porque veían un magnífico puente de sólida piedra tendido de un lado al otro del ancho río.
Todo el pueblo corrió hasta la cabecera del puente y lo cruzó con la mirada. Allá estaba el diablo, de pie al otro lado del puente, esperando a la primera persona que fuese a cruzarlo. Pero nadie se atrevía a cruzarlo por miedo al diablo.

Hubo entonces un sonar de trompetas -esa era la señal para que guardasen silencio- y apareció el alcalde M. Alfred Byrne con su gran manto escarlata y traía al cuello su pesada cadena de oro. Tenía un cubo de agua en una mano y bajo el brazo -el otro brazo- llevaba un gato.
Al verlo desde el otro lado del puente, el diablo dejó de bailar y enfocó su catalejo.
Cuchichearon todos unos con otros y el gato levantó los ojos, porque en el pueblo de Beaugency se permitía que los gatos mirasen al alcalde. Cuando se cansó de mirar al alcalde (porque incluso un gato se cansa de mirar a un alcalde), empezó a jugar con la pesada cadena del alcalde.

Cuando el alcalde llegó a la cabecera del puente, todos los hombres contuvieron la respiración y todas las mujeres contuvieron la lengua.
El alcalde soltó al gato en el puente y, rápido como el pensamiento, ¡Chapuzás!, le vertió encima todo el cubo de agua.

El gato, que ahora estaba entre la espada y la pared -el diablo y el cubo de agua-, se decidió como alma que lleva el diablo y corrió, con las orejas gachas, a través del puente hasta parar en los brazos del diablo.
El diablo estaba tan enfadado como un diablo.

Messieurs les Balgentiens, gritó del otro lado del puente, vous n’êtes pas de belles gens du tout! Vous n’êtes que des chats! (Que quiere decir: Señores Balgentiens, ¡no son ni siquiera personas! ¡No son más que gatos!) Y le dijo al gato: Viens ici, mon petit chat! Tu as peur, mon petit chou-chat? Tu as froid, mon petit chou-chat? Viens ici, le diable t’emporte! On va se chauffer tous les deux. (Que quiere decir: ¡Ven aquí, gatito mío! ¿Tienes miedo, mi minino monino? ¿Tienes frío, mi minino monino? ¡Ven aquí, el diablo te lleva! Nos vamos a calentar juntitos.

Y se marchó con el gato.
Y desde aquella época a los habitantes de ese pueblo les llaman “los gatos de Beaugency”.
Pero el puente sigue ahí y hay niños que pasean y montan en bici y juegan en él.

Espero que te guste esta historia,
Nonno.

P.S. El demonio habla casi siempre un idioma especial que se llama barrigobarboteo, pero cuando está muy enfadado puede hablar muy bien en un mal francés, aunque algunos que le han oído expresarse así dicenque tiene un acento dublinés muy pronunciado.

Los gatos de Copenhague

¡Ay! No puedo enviarte un gato de Copenhague porque no hay gatos en Copenhague. Hay montones y montones de pescados y bicicletas pero no hay gatos. Tampoco hay policías. Todos los policías daneses se pasan el día en casa en cama. Fuman grandes puros daneses y beben leche cortada todo el día. Hay montones y montones de chicos vestidos de rojo dando vueltas en bicicleta con telegramas y cartas y postales. Estos son todos para los policías de parte de viejas señoras que quieren cruzar la calle y de niños que escriben a sus casas por más dulces y de niñas que quieren saber algo sobre la luna. Los policías los leen todos en cama, fumando todo el tiempo y bebiendo leche cortada. Y entonces dan sus órdenes y los chicos de rojo regresan y le dicen a todo el mundo justo lo que tienen que hacer. Cuando venga a Copenhague otra vez traeré un gato y le mostraré a los daneses como puede cruzar la calle sin instrucciones de la policía y será mucho más barato (¡piensa en eso!) que un gato les muestre lo que tienen que hacer. ¡Sólo imagínate a un gato quedándose en cama todo el día fumando puros! Y, ¡sobre la leche cortada! Ningún gato la bebería. Y luego hay tal cantidad de pescado para ellos. ¿Qué piensas de todo esto?

Además de estos cuentos, la obra completa de James Joyce se compone principalmente en 3 novelas: Retrato del Artista Adolescente, Ulises, y Finnegans Wake (no traducida), un libro de relatos cortos (Dublineses), dos poemarios (Poemas Manzanas y Música de Cámara); unos poemas sueltos, sus escritos críticos (donde están algunos ensayos, como el de Ibsen que escribió a los 16 años para la universidad o el artículo “Retrato del Arista” que sería un predecesor de su primera novela), sus escritos breves (se incluyen las Epifanías y textos como Giacomo Joyce), una obra de teatro (Exiliados, a la que Beckett consideraba una obra sosa*) y su correspondencia (incluyendo las cartas a su esposa Nora). Mención aparte merece  “Stephen el Héroe”, la primera versión del Retrato (Joyce lo reescribió) que fue rescatada del fuego por Nora Barnacle y publicado mucho después. Hay una traducción de José María Valverde, pero no he podido conseguir el libro 😦

Mis libros de James Joyce.
* Cuatro Dublineses, Richard Ellmann. Página 169. Tusquets.
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No Country for Old Men

Al terminar de ver la película me quedé con esa sensación que tienes cuando ves algo grande, pero todavía no terminas de asimilarlo del todo. Los comentarios que vi sobre “No Country for Old Men” son diversos; como siempre sucede con lo que despierta apasionamientos (ya sean positivos o negativos) que derivan de distintas percepciones y modos de apreciar una obra artística (gustos, conocimientos, experiencia). Desde los críticos que saludaban la apuesta (hoy en día, atípica) de La Academia por premiar la calidad en contra de lo convencional, hasta los que llegaron a los límites del aburrimiento y la calificaron de un verdadero fiasco. Lo cierto es que a mí sí me gustó (bastante), y aquí dejo una pequeña apreciación sobre ella (ALERTA SPOILERS, SI NO LA HAS VISTO NO SIGAS):

Asistimos al relato de tópicos muy conocidos, pero que aquí son contados de manera reflexiva y muy pesimista: el triunfo del mal sobre los valores obsoletos del pasado. Esta encarnación desfasada del bien es encarnada por un correcto Tommy Lee Jones, el nostálgico Sheriff del pueblo de Texas en donde ocurren los primeros hechos. Desde el inicio nos da a conocer su forma de pensar, el sentimiento de verse sobrepasado con los acontecimientos actuales que no comprende; quizá se niega a hacerlo. Nos cuenta un caso de un asesino que fue enviado a la silla eléctrica gracias a su testimonio, que al parecer mataba por puro placer. El contexto se presenta como hostíl y peligroso, a diferencia de las añoranzas del pasado donde los hombres de ley no necesitaban llevar armas (algo difícil de creer, según lo que él mismo dice).

Llewelyn Moss (Josh Brolin) es un cazador aficionado, que por casualidad (Chigurh diría que los principios que tiene lo han llevado allí) se encuentra en medio de una matanza de traficantes de droga. El lugar y momento equivocados, sin lugar a dudas. El conflicto que se nos presenta en la historia es simple: un hombre encuentra dos millones de dólares y decide quedarse con ellos. Ahora, a pesar de ser como es, Llewelyn debe enfrentarse a ciertos conflictos morales, como el de llevarle agua al mexicano moribundo (la peor decisión de su vida, según sus palabras). Es desde este momento en que el cuerpo de la trama empieza a moverse, y Moss debe hacer hasta lo imposible para salvar su vida. Aquí McCarthy (el autor de la novela), nos presenta algo que también nos dejó entrever en su primer guión original, The Counselor (Ridley Scott, 2013) y es que la violencia y la maldad se han salido de cualquier límite controlable (como le comenta el otro oficial al personaje de Tom Lee Jones, todo se trata sobre drogas y dinero). Sin embargo, lo que faltó en ese film, una dirección visible (la película es prácticamente de McCarthy), aquí se encamina por una genial dirección de los hermanos Coen; un trabajo serio para el que dejaron de lado, en parte, su ácido y característico humor negro y se centraron más en la sobriedad de la obra.

Mención aparte merece la participación de Javier Bardem, sin duda el mejor papel en el que lo he visto. El actor se mete en el personaje de Anton Chigurh, el psicópata asesino, de manera magistral y totalmente creíble. Incluso hay escenas, como la del grifo, en la que te da la sensación de estar en una película de terror y suspenso. Poco a poco vamos conociendo su personalidad, un hombre despiadado que, a pesar de ello, se rige por ciertos principios. A veces deja el destino de una persona al azar, tirando una moneda (lo cual es una excelente alegoría de su frialdad). A él lo contratan para recuperar el dinero luego de la fallida transacción con los mexicanos, sin embargo su empleador (se supone que un intermediario que trabaja para la gente que es dueña de los dos millones), no confía en él puesto que cometió asesinatos indiscriminados incluso contra su propia gente. Entonces, toma dos acciones en el asunto: contrata a otro asesino / cazador de recompensas llamado Carson Well (un desapercibido Woody Harrelson, quizá la actuación menos favorable junto a la de la esposa de Moss) para que recupere el dinero y se deshaga de Chigurh (se conocían). La otra es darles un identificador a los mexicanos, para que también busquen el dichoso maletín que tenía un aparato de rastreo(“mientras más gente lo esté buscando, mejor”). Para resumir un poco, que ya me he extendido demasiado, Chigurh acorrala a Moss que se estaba escondiendo en moteles de poca monta, mata a unos mexicanos que también lo estaban buscando, tienen un enfrentamiento donde lo hiere (y él es disparado en una pierna, que luego lleva a la estupenda escena de la farmacia). Moss debe escapar a México, así que tira el maletín cerca del río que está en la frontera. Aquí creo que también se da otra pequeña muestra del discurso ideológico de la película, que es la avaricia (en contraposición de la filantropía) de las nuevas generaciones cuando Moss le compra una chaqueta a un adolescente. Termina en el hospital, y es encontrado por Carson que se ofrece a ayudarlo a cambio del dinero.

Al final de todo esto, Carson encuentra la ubicación de la valija pero es asesinado por Chigurh, y le da a dedicir a Llewelyn si quiere entregar el dinero y morir, o dejar morir a su esposa. Esta es otra decisión ética para el personaje, que opta por tratar de buscar al asesino y matarle. Le dice a su esposa que vaya a un hotel en El Paso, y que él también iría allí. Para esto Anton ya había asesinado a su empleador, por no confiar en él. La cuestión es que uno de los mexicanos aborda a la madre de Carla Jean (la esposa, interpretada por Kelly Macdonald) y descubre en dónde estará Moss. Él llega al hotel antes que ella, pero poco después es asesinado en un tiroteo. Justo en ese momento llega Ed Tom, el Sheriff para presenciar la escena sangrienta y la matanza. Después de eso llega la esposa, para darse cuenta de que Moss estaba muerto. El Sheriff vuelve a la escena, y en lo que puede llegar a ser un encuentro con el personaje de Bardem lleno de suspenso (que al final no sucede), se convierte en la decisión definitiva de Ed Tom (se deja entender que Anton huye con el dinero, ya que fue a la escena del crimen a recuperarlo y se ve que Moss lo había vuelto a esconder en la ventilación).

Anton Chigurh representa lo opuesto a Ed Tom Bell. Cuando sale de asesinar a la esposa de Moss (por la promesa que le había hecho, una reafirmación de su personalidad), tiene un accidente de auto que lo deja grave. En lugar de esperar a la ambulancia que estaba llegando, decide hacerse un cabestrillo con la camisa que le compra a un puber del vecindario y se va como si nada (en el libro le entrega el dinero a un tercero, porque se supone “tenía ciertos principios”. Aquí se deja de manera ambigua el hecho de que lo haya tenido o no, aunque se intuye que sí). Esto representa el triunfo de la violencia y el mal, la superación que siente Ed Tom sobre su propia labor ya que sus métodos son insuficientes. Hay algunos guiños a esto en la película, como cuando Anton asesina al oficial que lo había capturado en un principio sin ningún problema, o cuando Ed no se da cuenta del arma asesina a pesar de estar hablando de ella en su conversación con Carla Jean. Cuando Ed Tom tiene la determinación de retirarse, tiene una pequeña conversación con un amigo / familiar en silla de ruedas que le hace ver como las cosas no son ni mejores ni peores, sino que siempre han seguido la misma tendencia. Y creer lo contrario es simple vanidad.

En la escena final vemos cómo el ex Sheriff se siente intranquilo en su casa, a pesar de saber que ha tomado la decisión “correcta” al no estar más en ese mundo en el que no puede ser capaz de hacer nada (y de ahí el título, no es país para “débiles” o “viejos” [varias veces comenta que está envejeciendo, y esto es en doble sentido]), aún cree que debería haber hecho algo más, por lo que se siente insatisfecho (y trata de mantenerse ocupado, como cuando le dice a su esposa que quiere ayudarla y esta le dice que mejor no). La última secuencia de la película son los sueños que Ed tiene la noche anterior. Son dos (se los cuenta a su mujer):

En el primero, su padre le da dinero y este lo pierde. Creo que aquello representa la carga y responsabilidad que su padre le había delegado (él viene de una familia de Sheriffs), y que ha fallado en su propósito. El segundo, mucho más interesante, se desarrolla en un escenario de “los viejos tiempos”, donde él cabalgaba junto a su padre en un paso de unas montañas. Su padre lo pasa, y tiene en la mano un cuerno encendido como una antorcha. Hace frío y todo está cubierto de nieve, él también quiere hacer un fuego para alumbrarse de esa oscuridad (la maldad iluminada por la justicia). Sabe que al lugar en el que llegue, su padre lo estará esperando. Lo esperará para pasarle la antorcha y pueda alumbrar su camino de cualquier mal. Pero luego de eso, despierta.

Mucha gente no le encontró sentido a esta escena final y pensó que era un despropósito, pero para mí es la escencia de todo lo que se ha contado anteriormente. El encuentro con la realidad.

Retrospección

La primera vez que miré el atardecer con Aulin en la laguna de Saint Louis, en Innsmouth, me concentré tanto en la temblorosa y sudada mano que sujetaba la suya, que apenas puedo recordar algunos detalles. “Parece el Pandæmonium” ¿El qué?. “La capital del infierno o algo así. Las nubes allí también deben ser rojas”. Eso, y nada más. Quizá solo lo imaginé. Recuerdos, fantasmas vistos a través de un cristal roto de ilusiones fragmentadas.

Era el cinco de Abril del 2003 y yo tenía 18 años. En las fiestas universitarias ves a mucha gente, conoces personas. Aulin destaca a la distancia: cabello corto con las puntas azules. Me ve y me saluda, “es bueno verte después de todo este tiempo, las clases han hecho que desaparezca”. Me presenta a su novio, Zack, y en efecto, desaparece. El seis de abril tengo relaciones sexuales por primera vez. La conozco esa noche, dice llamarse Fernanda y es dos años mayor que yo.

Al año siguiente Aulin celebra su cumpleaños número 19 en casa de algún amigo suyo. Estoy invitado. No voy. Regresa con Zack; me lo cuenta en un mensaje lleno de emoción un día después. La felicito.

Con 20 años tengo mi primera relación larga. Ella dice estar enamorada, yo también lo siento. Su nombre es Sofía. Pasa otro mes antes de que terminemos.

El 29 de junio del 2008, a los 23, salgo del trabajo a las 9 pm. En el cruce de la quinta avenida con Espinoza, veo a Aulin dirigiéndose a la estación con dos amigas. Ella me ve, esboza una sonrisa y sigue su camino. Hago un ademán con la mano, pero se pierde entre la gente.
Llegando a casa, veo fotos en su página personal. No parece haber nadie nuevo en su vida. El 30 de junio, una grabación de voz me dice que el número que he marcado no existe. Envío un mensaje que nunca tendrá respuesta.

En mi cumpleaños 24, tomo vacaciones y regreso a Innsmouth. Hay mucha gente en el lago Saint Louis; parejas en día de campo, besos apasionados. En un rincón apartado, dos adolescentes se toman de la mano. Regreso inmediatamente a la ciudad.

Atardecía.

Sangre de Dragón

Leopoldo Cuesta preparaba el desayuno en su departamento en el 403 de la calle Dagon cuando Siegfried, el legendario guerrero nórdico, llamó a su puerta. Aunque por un instante lo sorprendió la imponente figura de 1.90 y el cabello rojizo que resaltaba incluso a través de su resplandeciente armadura, lo primero que se le vino a la mente, por supuesto, fue que se trataba de una especie de bromista o vendedor que iba para ofrecerle algún producto (probablemente relacionado a la época medieval). Con el temor de perder el tiempo en una conversación inútil, en lugar de preguntarle quién era, le dijo: «estoy ocupado, vuelva otro día». Cuando se disponía a cerrar —Seguido de un ademán de despedida—, el extraño empujó a Leopoldo tan fuerte que fue volando hasta chocar con la pared de la cocina.

Al despertar, a Leopoldo aún le dolía la cabeza. No estaba seguro de lo que había ocurrido, pero grande fue su sorpresa al ver que el sujeto que creyó imaginar ahora se encontraba sentado en un sofá, esperando a que despierte, con la mirada envuelta en fuego. Al reponerse, estaba demasiado nervioso como para no hacer otra cosa que sentarse en la dirección opuesta, y averiguar de quién rayos se trataba. El intruso le preguntó si había leído «El Cantar de los Nibelungos». Algo recuerdo, contestó Leopoldo.

— Los rumores de mi muerte son totalmente falsos —prosiguió Siegfried, sin hacer mucho caso de su respuesta—. Como usted sabe, asesiné a un dragón llamado Fafner con esta espada —dijo, desenfundando una enorme arma de acero—. La legendaria Balmung, cuyo dueño original, Odín, enterró en un tronco; y la que solo mi padre pudo reclamar como suya. El problema es, estimado señor mío, que al bañarme con la sangre de la bestia, alcancé la inmortalidad. Cientos de años también significan cientos de amigos y familias perdidas. Como debe saber, estoy seguro, originalmente aquel Dragón era un enano, que por su avaricia fue sentenciado a vivir como un monstruo. Había oído hace tiempo que vivían en esta región descendientes lejanos de aquel hombre. Pero no es sino hasta hoy que he podido encontrarlo, señor Leopoldo.

Sus manos, que parecían firmes, ahora temblaban blandiendo tenuemente la espada a poca altura del suelo. En ese momento, miles de dudas consumían la mente de Leopoldo Cuesta: ¿Qué tenía él que ver con esta historia? ¿Estaba frente a un desquiciado? ¿Qué era lo que realmente quería? Pero ante su imposibilidad de articular palabra alguna, el caballero, después de limpiarse los ojos, continuó con el relato:

— La única forma en que yo pueda ser salvado, de ser liberado de mi maldición, es que un descendiente legítimo de Fafner sea el que ponga fin a mi vida. La misma sangre que busca venganza, y así reclamar lo que le pertenece. Use mi espada, caro amigo, y líbreme del sufrimiento de la eterna existencia.

Siegfried le dio la Balmung, mientras Leopoldo Cuestas se ponía de pie. Quizá se trataba de un sueño. Después de un corte limpio, una cabeza de cabellera rojiza rodó bajo sus pies. Luego se bañó en sangre.

El sabor artificial de la naranja en sobre

¡De la vida se pueden sacar con relativa facilidad muchos libros, pero de los libros poca, muy poca vida!

 

                                                                                                              Gustav Janouch •

Conversaciones con Kafka

Durante varios días

                El viento marino

batió inútilmente el ala, batió sin entender

que podemos imaginar un ave, la más bella,

                pero no hacerla volar.

 

                                                                                                              José Watanabe • 

La piedra alada

Sentado en una vieja silla de madera, se pasaba la tarde mirando por la pequeña ventana de su habitación: un olmo columpiaba sus hojas secas al compás de una triste danza de invierno. Alguien lo observaba a través de la mirilla de la puerta, la misma mirada inquisidora capaz de calarle el alma. El mismo frío penetrante de aquel pasado remoto —que ahora se le tornaba más claro que la primera vez—, el mismo dolor de huesos que le hacía recordar ese día en específico; su única visión profética, la única garantía de su existencia. Al igual que ayer, al igual que mañana. Era el mes de Abril de 1942, y Julián Torne tenía 25 años.

En aquel entonces la arquitectura de la ciudad consistía en una pequeña plazuela central, rodeada de un escaso número de casas aledañas y adoquines mal alineados. Las casas, como era común en esos días, estaban construidas de un material poco resistente (una especie de combinación mal hecha entre adobe, paja, y algunas tejas o calaminas). Julián era maestro de escuela, del único centro educativo asentado en el pueblo. Como era usual, después de su rutina de aseo y comer algún bocadillo, el señor Torne (como lo llamaban sus alumnos a pesar de su juventud) emprendió su presurosa marcha matutina hacia el colegio primario.

La primera vez que Julián Torne vaticinó la muerte de una persona, un día martes, la lluvia caía sobre el pueblo. Cuando uno de sus alumnos fue a entregarle la tarea de literatura pendiente, al tocarlo, entró en una especie de trance onírico y empezó a decirle que dentro de poco, en unas horas, «un huayco se lo va a llevar». El niño, asustado, se fue llorando del aula. Al hablar con la directora, el profesor decía no recordar nada de lo ocurrido. Aun así, se le permitió ir a casa a descansar no sin antes hablar con el alumno que todavía permanecía asustado. Pero lo cierto era que sí lo recordaba, de hecho, no podía apartar de su mente la horrorosa imagen de esa muerte. Al llegar la tarde, la lluvia provocó el desprendimiento del río, llevándose varias casas y matando personas. Entre las víctimas, se encontraba aquel niño al que Julián le había predicho la muerte. Desesperado, huyó de su hogar. Pasó muchos días sin querer tocar a nadie y, cuando era inevitable, volvía a tener horrendas visiones. Al llegar a la capital, ya estaba completamente desquiciado, gritando en las calles y anunciando el ocaso de la vida de cualquiera que pasaba. En 1953, terminó siendo encerrado en un centro psiquiátrico al tratar de matar a una persona para evitarle el sufrimiento.

Sentado en una silla de madera, el anciano empezó a llorar. Ya no le importaba que su enfermero lo observe, que le den cápsulas insípidas todos los días, que la comida no le sepa a nada. A pesar de todo, él no era capaz de ver su propia muerte. Temía lo peor: observaría aquel olmo seco hasta el fin de los tiempos.

Crónica Roja

Entonces salió otro caballo rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros; se le dio una espada grande.

                                                                                                                                                                                          Apocalipsis. 6,4

 

Los primeros días transcurrieron con tranquilidad. Solíamos ver hombres sin manos pidiendo limosna en las calles, metiéndote el muñón en la cara, rogando por comida. Con el tiempo, aquellos hombres también desaparecieron. Las carreteras eran cada vez menos transitadas y, al caer la noche, el vacío de la ciudad filtraba sonidos que llegaban desde kilómetros de distancia, extraños e indescifrables. La gente permanecía párvula en su ignorancia, enfrascada en su pequeña existencia, contando los atardeceres de su vida. No nos permitían salir mucho. Las escazas noticias que llegaban por radio solo empeoraban el miedo y la miseria: nada volvería a crecer sobre esta tierra. Nos alimentaban con raciones de cápsulas y proteínas, lo suficiente para el cuerpo. Nunca reinó la anarquía: las personas, acostumbradas a su naturaleza, continuaban riendo y llorando, llenos de problemas y alegrías, embriagadas de falso sentido. Nos atacaron primero; ahora el mundo espera nuestra respuesta. Andamos por horas sin cruzarnos con nadie vivo. La muerte se impregna en el aire; legiones de ángeles caminan entre nosotros, apilando cadáveres, aniquilando nuestras fuerzas. Solo sobreviven los que rezan, los que adoran, los que aplauden. Sé que estoy vivo por una razón, y mi corazón no busca más que venganza. Si entre los que leen esto hay alguien que comparte nuestra opresión, nuestro deseo de libertad ante la injusticia, le pido que se nos una. Aún somos pocos, pero seguimos de pie, con la mirada en el cielo. Porque nuestra alma está agobiada hasta el polvo, y nuestro cuerpo está postrado hasta la tierra.

Karma de medianoche

Un objeto invisible se desliza, rastros casi imperceptibles de un movimiento transversal; florituras entrópicas se desvanecen en el vaivén incesante del caos turbulento: la burbujeante tempestad de un río muerto. Un río muerto de sobredosis, consumido por la tóxica inmundicia humana. Antídoto desgarrado por la droga. Desperdicios químicos que, combinados con el agua, reflejan menguantes la pálida luz de una tímida luna.

 

— ¿Daniel? ¡Daniel!

— ¿Qué sucede?

— Fue una mala idea venir aquí, me estoy congelando —dijo, frotándose las manos—. Este lugar da miedo, ¿por qué no nos largamos?

—  No podemos hacer eso, Laura. Estamos varados. Además —se acercó a una vieja vespa tratando de, inútilmente, hacerla arrancar—, tu estúpida motocicleta no funciona.

—  ¿Por qué no la arreglas? Te recuerdo que esto fue tu idea. Es tu responsabilidad.

—  No soy un jodido mecánico.

— Ya lo sé, solo eres un inútil. Deberíamos seguir probando en la carretera, quizá alguien nos dé un aventón. Daniel, recuérdame, ¿qué hacemos aquí?

— Querías ver el río.

— No, tú querías verlo. Todo se trata de ti. Fuiste el que quiso venir, por el que estamos atrapados en medio de la nada. ¡Todo por tu maldito orgullo!

—  Es natural tratar de buscar culpables. Pero la culpa, Laura, la compartimos: aceptaste venir. ¿O me equivoco? No podemos ir a la carretera. Piénsalo: dos horas tratando de buscar ayuda, pero eso no pasará. Es otra cuestión natural: la desconfianza ante lo desconocido. A los ojos de cualquiera que pase por aquí, somos extraños. Potenciales asesinos. Unos bastardos sin corazón.

— Deja de fastidiarme. En realidad no me sorprende, es por tu estúpida actitud. Si todo el tiempo dices que «no van a ayudarnos», lo lógico es que no lo hagan. Estás lleno de carga negativa.

—  Incoherencias… ¿Carga negativa? No sé dónde ves lo lógico. Deberíamos caminar.

—  Sí, supongo que podríamos tener señal más adelante —respondió Laura, con un gesto inconforme, pero poniéndose en marcha—.

—  Más importante, según creo estamos a unos tres kilómetros de aquel «castillo embrujado». Después de todo, por eso estamos aquí, ¿no?

 

***

 

Hoy en la mañana mi hermana me llevó, casi a rastras, a la suntuosa iglesia del centro de la ciudad. A pesar de que compartimos la misma genética, y somos idénticos salvo por el sexo —de niño me disfrazaba de ella para molestar a mis padres—, no tenemos realmente ningún interés en común. No perderé el tiempo en divagaciones existenciales sobre nuestra educación conservadora y el arraigo a la tradición social y religiosa por parte suya. Para eso están los no creyentes con sus fatídicas y aburridas experiencias. Sobre lo que quiero escribir, para mí y para ahorrarme largas explicaciones, es el relato de cómo llegamos a estar en medio de la nada, sin forma de volver —probablemente— hasta que el sol asome en el cielo. A raíz de acompañarla, iniciamos un ya repetido debate sobre nuestras creencias personales. Ella me habló de una figura poética que había leído, una suerte de explicación alegórica de la razón por la cual las ballenas encallan en la orilla al morir: «para unos animales que solo conocieron el mar —decía—, ese es su único paraíso». Hermosa interpretación de la fantasiosa idea de la necesidad de trascendencia. Yo le conté, un poco para cambiar el tema, que había escuchado sobre un hombre que asesinó a su esposa con la esperanza de tener un titular en cualquier diario del día siguiente. Pero, ironías de la vida, al ser capturado nunca llegó a ver su propia portada. En esa charla me llegó a preguntar si, como no creía en ningún elemento «sobrenatural», iría a ese viejo castillo a las afueras de la ciudad del que se decía «estaba embrujado». Era peligroso, ya que los rumores más realistas contaban que allí se ocultaba uno de los criminales que huyó de la cárcel en la reciente fuga masiva. Pero después de discutirlo, decidí —tontamente— ir si ella me acompañaba. Luego de mucho caminar, llegamos —por fin— a un castillo de torre alta completamente corroído por el paso del tiempo. La puerta estaba rota. Ahora mismo estoy escribiendo desde adentro, porque pasaremos la noche aquí. Encontré un cuaderno que pone «Diario de Daniel». Sus últimas palabras —además de garabatos— fueron: «no es humano». Antes de eso escribió que escuchó la frase «se acabó el juego». Me pregunto si alguien dejó esto a propósito como una clase de broma. Mi hermana está asustada: cree haber escuchado lo mismo.

 

En base a la propuesta: http://www.literautas.com/es/blog/post-7030/taller-de-escritura-no17-montame-una-escena-en-un-castillo/

Ósmosis

«La ósmosis es un fenómeno en el que se produce el paso o difusión de un disolvente a través de una membrana semipermeable (permite el paso de disolventes, pero no de solutos), desde una disolución más diluida a otra más concentrada».

Infobiología.

Volví a escribir a los 19 años. Nuestra intención original era la de juntarnos y recrear textos que nos habría gustado leer pero que, por uno u otro motivo, no encontrábamos o no estaban escritos de la manera en que considerábamos «ideal»; modificándolos. Mi nula instrucción técnica y escaso talento literario (factores que diluían negativamente el fluir de mi creatividad), me hicieron tomar la decisión de separarme del grupo de forma definitiva. Las ilusiones de la breve etapa en la que sales del colegio y decides “qué hacer con tu vida” se habían extinguido en mí muy prematuramente.

Volví a verlos, tres años después, en un café rústico de autoservicio en la esquina de Larco y Schell. Inicialmente, pensamos iniciar un ‘círculo de lectura’, pero por una tendencia casi salmónica de llevar la contraria a lo tradicional (comentar novelas y cuentos en reuniones esporádicas o periódicas) en nuestros años de juventud, decidimos iniciar uno de escritura: criticando, corrigiendo, y reflexionando acerca de nuestros propios textos sobre los temas que eran de nuestro interés y que no ubicábamos en ninguna parte (los cuales eran tan variados que iban desde consolas de 8 bits y su influencia en la nueva escuela hasta esoterismo o gastronomía irlandesa).

No tenía muchos amigos interesados en las letras, la producción local literaria, o temas afines. Recuerdo que la primera vez que me fijé en Marco, mi futuro mejor amigo durante un corto tiempo, estaba leyendo “El viejo y el mar” por decisión propia; y no porque nos lo hayan dejado como tarea o para un futuro examen del curso de literatura (el estilo de la profesora Mildred iba por otros derroteros), que era lo común. Creo que teníamos unos 14 años por aquel entonces; nunca antes habíamos hablado -a pesar de tomar las mismas clases-, pero ese día se me dio por dirigirle la palabra, sentándome a su lado en un rincón del aula A-121:

– ¿Ya la vas a terminar? ¿Qué te parece?

– Hola Lucho, todavía no. Aunque supongo que la terminaré en estos días, no es muy larga; pero sólo puedo leer en el recreo. No sé, no me gusta mucho, me aburre un poco.

– ¿Y por qué sigues leyendo? Creo que debes ser el único en todo el colegio que desperdicia el tiempo del recreo leyendo un libro que no le gusta.

– Es que sí me gusta. O sea sí, pero no. Me atrae la forma tan detallada en la que el autor (miró la portada para verificar el nombre) describe las sensaciones del personaje respecto al mar y el respeto que le tiene; además de su constante batalla que va más allá de la vida misma: es una cuestión de orgullo.

– No estoy seguro de entender lo que dices, ¿pero te aburre, no? -pregunté con cierta impaciencia-

– Bueno, sí. Pero lo importante aquí -y para mí- es la forma de narrar. Siento que me servirá para después.

– ¿Cómo que te servirá?

– Mmmm -dijo pensativo-, es que… Te vas a burlar de mí. Pero siento que todo lo que leo, algún día, me servirá de influencia o inspiración.

– ¿Entonces…?

– Es que quiero ser escritor -espetó con un leve rubor en el rostro-.

– !Ja, ja, ja¡ -no pude evitar reír, algo que al parecer hizo que se sonrojara aún más, dándole la apariencia de un tomate humano-, lo siento. Es que nunca había escuchado eso. Pero es una iniciativa genial, creo yo. De hecho, a mí también me atrae la idea. ¿Y quieres que Hemingway sea una de tus influencias?

– Pues… -volvió a verificar el nombre del autor- Sí, también. Pero no sólo él, sino cualquier cosa que lea. Desde recetas de medicina hasta un manual de jardinería. Quiero que todas mis experiencias reales sean plasmadas en papel, transmitir a otra persona lo que yo sentí, que viva lo que he vivido sin tener que pasar por esos momentos; ya sean de felicidad o dolor. Creo que esa debería ser la verdadera misión de un escritor.

– ¿Incluida nuestra conversación? -inquirí, a esas alturas ya ávido de curiosidad por la respuesta que podría darme alguien tan peculiar a mis ojos-

– Claro, también.

En ese momento, el lejano sonido del timbre o las campanadas hicieron volverme -como en esa época- a la realidad. Nuestro pequeño proyecto constaba de cinco integrantes: Marco, Alonso, Sebastián, Piero, y yo (Luis). Como dije, mi entorno de amigos aficionados a las letras o el arte no era excesivamente extenso (todo lo contrario). De nosotros cinco, sólo dos habían decidido estudiar literatura y expandir sus horizontes lingüísticos. Sebastián y Piero, que eran primos, vivían en el extranjero desde hace tiempo (fueron a estudiar no sé qué cosa). Yo, al igual que Alonso y Marco, me había quedado en Lima, pero a diferencia de ellos estudiaba una carrera que seguramente ellos considerarían “comercial” en el colmo de una actitud snobista. O eso era lo que yo pensaba, pero realmente nunca me trataron así. La verdad, a mí me atraía bastante y era feliz. Quizá más feliz de lo que era en el colegio, y por supuesto, mucho menos frustrado.
La conversación que tuvimos ese día ahora escapa a mi memoria, pero trataré de reproducirla lo más fielmente posible que mi mete lo permita. Para esto, serán tres los personajes: Luis, o sea yo, Marco, mi mejor amigo, y Alonso, el chico popular que se reunía con nosotros en -prácticamente- secreto.

Luis: Hola, a los años. Me pareció raro que me llamaran, hace tiempo que no nos vemos. ¿Qué tienen en mente?

Marco: ¡Ni te imaginas, Lucho! Estamos pensando en algo grande, muy grande.

Luis: ¿Qué se traen entre manos? Hablen de una vez, carajo.

Alonso: Vamos a matar a Mario Vargas Llosa.

Luis: ¿Ah? ¿Qué?

Alonso: Es broma. Debiste ver la cara que pusiste jajaja. Siéntate, hombre. Conversemos un rato.

Luis: ¡Qué huevón! Ya, me siento. ¿No van a pedir nada?

Alonso: No, ¿para qué?

Luis: Bueno, yo quiero un café.

Alonso: Pero para eso te tienes que levantar, primero escúchanos. Después puedes ir, necesitarás cafeína.

Marco: Yo prefiero fumar, si estoy nervioso.

Luis: Ya mierda… ¿De qué se trata?

Marco: ¿Se lo dices tú o yo?

Alonso: Adelante.

Marco: Dale, aqui va. Mira, Lucho: hemos formado un nuevo grupo. Se llama igual que el anterior, Ósmosis. Pero tenemos muchos más colaboradores, no sólo gente de la universidad. También nos apoyan un par de librerías; hemos editado una revista literaria del mismo nombre, y ya tenemos los dos primeros números. Han colaborado con nosotros gente que ha publicado, poemarios o novelas cortas, y nosotros mismos escribimos un cuento cada uno para cada edición. La diferencia es que aquí no sólo escribimos, también se aceptan reseñas o artículos y ensayos de todo tipo. Siempre con trasfondo literario, claro está. Pero puedes hablar de cine o no sé, lo que quieras.

Alonso: El nombre ha pegado un montón. ¿Recuerdas que lo pusimos porque sonaba bien? Y creo que ni siquiera sabíamos qué significaba jajaja. La gente lo relaciona con un profundo sentido de interpretación literaria del principio físico, o una huevada así.

Luis: Nunca escuché de la revista. ¿Pero a qué viene todo esto? ¿Qué tengo que ver yo? ¿Quieren que escriba un artículo o algo así?

Marco: No. O sea, también lo puedes hacer si quieres, pero te llamamos para otra cosa. Alonso y yo pensábamos escribir un libro a cuatro manos, pero mejor que eso, ¿por qué no hacerlo con todos los miembros originales? Sé que es imposible que Piero y Sebastián nos ayuden, porque no están; pero al menos tú sí.

Luis: ¿Al menos? Vete a la mierda.

Marco: Sábes a lo que me refiero. ¿Qué dices? ¿Escribimos un libro a… Seis manos? Jajaja.

Luis: Jajaja. No sé, yo salí de Ósmosis porque sentía que no tenía talento para escribir. Además, ustedes estudian literatura, están metidos en eso y en la misma universidad, de hecho le ponen emoción. Yo ya me intereso por otras cosas; creo que voy a pasar, amigos.

Alonso: Pero podrías darnos ideas.

Luis: Ese es el problema. Si hago algo, quiero darlo todo. Y sólo “dar ideas” no es lo que me gustaría.

Marco: Puede ser que ahora seamos un poco mejores en lo que a técnica se refiere. Pero siempre me pareció que tú eras el más creativo de nosotros en el colegio, por algo tu formaste el grupo, ¿no? Que hayas perdido todo el entusiasmo por escribir me parece imposible de creer. La cosa está en hacer esto todos juntos, así nos ayudamos y el resultado será bueno. Pero si no quieres…

Alonso: Deja que lo piense. Reflexiona, y uno de estos días nos llamas y nos avisas.

Luis: Está bien, no sé para qué, pero está bien. ¿Tienen algo que hacer?

Marco: No. Y creo que ya nos están mirando raro, ¿no ibas a pedir un café?

Luis: Ya fue, vamos a jugar play.

***

Ese día, y todos los días de esa semana y la otra, y la otra, me la pasé escribiendo sin cesar. Mis historias, mis cuentos, relatos y poemas, no me causaban ninguna satisfacción ni placer. Empezaba a experimentar la frustración que ya casi no recordaba; esa sensación vacía y terrible de sentir que, por más que te esfuerces, nunca podrás obtener los resultados que quieres. Había descuidado mis trabajos de marketing y gerencia, y mi grupo -que era básicamente el mismo en los dos cursos-, empezaba a impacientarse. Les llamé ese día y dije que podíamos reunirnos, y ellos que era mi última oportunidad. Puse mi mochila al hombro, y antes de emprender el viaje interprovincial de San Miguel a La Molina, hice una llamada a Marco:

– ¿Aló?

– Marco, soy Luis. Este es mi nuevo número.

– Hola, ¿qué pasó? ¿Te decidiste al fin? -preguntó, con el tono de voz del que espera una buena noticia-

– Sí, he decidido no hacerlo. Lo siento, tendrán que buscar a otra persona, o escribir la novela a cuatro manos como pensaban originalmente.

– Oh, está bien -dijo decepcionado-, es una pena. Pero ni modo.

– Pero dile a Alonso que podemos seguir siendo amigos.

– Nunca dejamos de serlo, ¿no?

– Sí, supongo. Vamos al taco mañana.

– Ya, normal. Quedamos más tarde, cuídate.

– Hablamos.

Me dirigí hacia el paradero, contento conmigo mismo, y dispuesto a concentrarme en lo que realmente me interesaba. Ya estaba pensando en la exposición y en la clase de producto que eligiríamos para aplicar las 4P. Sus fortalezas y debilidades, la oportunidad del mercado.

Después de eso, no volví a escribir una sola palabra hasta el día de hoy, a mis 32 años. Volví a ver a mis amigos un par de meses; luego; cada uno tomó su propio camino. Me pregunto si tratábamos de evitar lo inevitable, de tratar de recordar lo que siempre se olvida, de coger con fuerza la arena que se escapa de nuestras manos. Porque como leí una vez, vivir mil años significa vivir un milenio de familias y amistades perdidas. Ósmosis nunca tuvo éxito, la revista paró de producir números después de unas 15 series, y nunca publicaron libros bajo su sello. Marco y Alonso tuvieron mediano éxito como escritores a cuatro manos bajo el seudónimo de Ceres G. Venero. Lo último que supe de ellos es que viajaron a Italia a residir allí, y se reencontraron con Piero y Sebastián en alguna ciudad de Europa. Creo que vi algunas fotos.

Hoy, al borde del retiro por decisión propia, busco renovarme y dejar de sentirme cansado. No es que haya hecho mal y “no me guste”, pero soy de los que dejan o consideran como concluidas las cosas quizá antes de tiempo. Pero esta vez retomaré lo que he dejado inconcluso, y terminaré de una vez por todas la razón de esta inquietud que me mata. Tal vez después de dedicarme por completo a escribir la que pienso será mi única novela, que llamaré Ósmosis (ese principio físico que nunca supimos bien qué era), vuelva a trabajar. No lo sé. Pero recordaré lo que Marco me dijo una vez: las experiencias reales, sensaciones y vivencias son las que todo escritor debe plasmar por obligación. Sin importar si para eso se llegue a escribir la ficción más absurda y surrealista. Estaba pensando en divagar, a través de las palabras, en cómo hubiera sido el futuro de nuestro proyecto si nunca nos hubiéramos separado, si todos nos habríamos dedicado a la literatura, o si hubiera dicho que «sí».

Escribo esto antes de empezar, sospecho que para tratar de autoconvencerme de que no he tomado la decisión equivocada. De que estoy siguiendo el camino correcto, el que siempre debió ser. Así debió ser, así debió ser.

Deilux

Omana en furia estelar

¡Crucifixiones!

Emana un flujo cardinal
Atrapa a la bestia refulgurante

[Atenuante

Recalcitra sulfurante

[Exasperante,

Y continúa invocando a las llamas
Y continúa preguntando a los bríos
¿La muerte de quién?

[Mi propia muerte

El eco responde
Tu propia muerte

Y el temor / arde en el pecho de la bestia
Que se acerca

[Se aleja,

Preguntando por Dios
¿Quién es tu Dios?

[El señor de los injustos

¡Ven! ¡Oíd!
El grito celestial

[El infierno es el cielo

Seiseiseis
Siete cabezas
Una espada
Cuatro caballos
Aureola boreal
Ilusión visceral

[Contempla tus vísceras

El rechinar de huesos

[Sus dientes crujen

El aroma de la carne

[Sus ojos queman

Porque he venido a juzgar
A los vivos y a los muertos

Porque la bestia
La bestia es Dios.

Drawsmile

Autodestrucción en 10, 9, 8, 7…

Botón rojo de Kim Jong-Un.

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Asesino123 se ha unido a la conversación

Tau_69: alguna chica para tener sexo??

Sindrome-perfecto
: porque no entras a la sala de sexo? Te equivocaste de lugar, macho

Tau_69: si entre pero x ahí hay puro arrecho

Luna19: ¡Qué triste! Sígueme contando, Síndrome.

Tau_69: hola lunita iniciamos una conversación privada?

Sindrome-perfecto
: si mejor lo ignoramos. Bueno, seguíamos caminando por el cementerio y en eso veo a alguien que se me hace conocido pero pensé que era otro de los del tour. Después debo haber puesto cara de asustado cuando me di cuenta porque mi novia me preguntó que pasa? Y le cuento que ese tipo era el mismo que vi muerto en el accidente cerca a mi casa el otro día

Luna19
: ¡Qué miedo! ¿Y qué pasó?

Tau_69
: de donde eres amor?

Kubika@love se ha unido a la conversación

Sindrome-perfecto: mejor hablamos en privado

Kubika@love
: olaaaaaaa de donde son? Yo del D.F.

Luna19: Hola, Kubika. Yo también soy de México, pero de Yucatán.

Sindrome-perfecto: hola, yo también de Yucatán

Tau_69 ha abandonado la sala

Sindrome-perfecto: por fin se fue ese idiota

Luna19: Sí, pero si te fijas hay otras dos personas conectadas en la sala. No han dicho nada.

Sindrome-perfecto: seguro se quedaron dormidas jajaja

Luna19
: Fácil que sí ^^

Kubika@love: me llamo Antara y ustedes?

Luna19: Luna, como mi nick

Sindrome-perfecto: Arturo. Tienes un bonito nombre Antara

Kubika@love: enserio? :$ thanks!!!

Luna19: A mí también me gusta.

Sydney solicita iniciar una conversación privada con usted. Aceptar* Rechazar

Sydney
: hola! Cómo te llamas?

Asesino123: David

Sydney: yo Sydney, mucho gusto. Es la primera vez que entro a una sala de estas, pensé que habían puros pervertidos pero fue peor. Esos tipos me estaban aburriendo.

Asesino123: Me imagino

Sydney: y cuántos años tienes?

Asesino123: 21. Creo que lo pone ahí

Sydney: Oye siiii, qué tonta soy alucina. No tienes cam no? Me quieres ver?

Asesino123: Ok.

Sydney: Ya fresh. Espera, ahora la conecto.

Iniciando conexión de cámara web…

Sydney: Me ves?

Asesino123: Eso creo

Sydney: sorryyy jajaja se ve medio borroso en realidad ahorita estoy desarreglada porque en mi país ya es tarde y yo ya estoy en pijama :$ por cierto, de dónde eres?

Asesino123: Soy de Lima (Perú)

Sydney
: no me jodas! En serio? Oye yo también qué paja!

Asesino123: No me has dicho tu edad

Sydney: Ahm… 17! Soy peque jeje

Sydney
: y de que parte de lima eres?

Asesino123: Miraflores, por Aramburú

Sydney: Asuuuuuu, estamos lejos. Yo vivo por la molina, cerca al molicentro

Sydney: tu nick me llama la atención jajajaja. A qué te dedicas ah?

Asesino123: Pues eso. Soy un asesino.

Sydney: hahaha que gracioso! En serio pues!!! Yo recién ingresé a la ul, estudiaré comunicaciones 😀 ya quiero empezar el ciclo yey!

Sydney: oye… No sé si deba decirte esto porque no te conozco y podrías ser cualquiera pero, es raro conocer a alguien por aquí. Pero algo me dice que eres especial, no sé… Este verano voy a trabajar en el Jockey Plaza, conoces no?? En el starbucks todos los días en el horario de la tarde. Tal vez te pueda ver un día pregunta por mí 😉

Sydney: aah y te parezco bonita?

Sydney: hola??

Asesino123 ha abandonado la conversación

David, aún con la imagen distorsionada de una adolescente de pelo rubio en la cabeza, cogió la tablet china que había robado momentos antes de conectarse con ella en Drawsmile y la arrojó con fuerza hacia el abismo que se podía ver desde el malecón de Miraflores. Caminó hacia el lugar en donde había dejado su Subaru Impreza del 98, y sintió en la boca ese aire salado que arrastra el mar durante la noche. Encendió un Marlboro convertible usando uno de esos encendedores con linterna que compró en el grifo, y guardó la cajetilla en el bolsillo lateral de la casaca roja estilo Nehru; la que le daba una apariencia psicodélica al lado del destellante azul eléctrico de su vehículo. Ya se imaginaba conduciendo por la avenida Javier Prado hacia el gigantesco centro comercial; escuchando AC/DC y fumando hierba con la ventana abierta. «Pronto iré a Starbucks, Sydney», pensó.