Introibo Ad Altare Dei

Relato del manifiesto de un retrato descriptivo

El sabor artificial de la naranja en sobre

¡De la vida se pueden sacar con relativa facilidad muchos libros, pero de los libros poca, muy poca vida!

 

                                                                                                              Gustav Janouch •

Conversaciones con Kafka

Durante varios días

                El viento marino

batió inútilmente el ala, batió sin entender

que podemos imaginar un ave, la más bella,

                pero no hacerla volar.

 

                                                                                                              José Watanabe • 

La piedra alada

Sentado en una vieja silla de madera, se pasaba la tarde mirando por la pequeña ventana de su habitación: un olmo columpiaba sus hojas secas al compás de una triste danza de invierno. Alguien lo observaba a través de la mirilla de la puerta, la misma mirada inquisidora capaz de calarle el alma. El mismo frío penetrante de aquel pasado remoto —que ahora se le tornaba más claro que la primera vez—, el mismo dolor de huesos que le hacía recordar ese día en específico; su única visión profética, la única garantía de su existencia. Al igual que ayer, al igual que mañana. Era el mes de Abril de 1942, y Julián Torne tenía 25 años.

En aquel entonces la arquitectura de la ciudad consistía en una pequeña plazuela central, rodeada de un escaso número de casas aledañas y adoquines mal alineados. Las casas, como era común en esos días, estaban construidas de un material poco resistente (una especie de combinación mal hecha entre adobe, paja, y algunas tejas o calaminas). Julián era maestro de escuela, del único centro educativo asentado en el pueblo. Como era usual, después de su rutina de aseo y comer algún bocadillo, el señor Torne (como lo llamaban sus alumnos a pesar de su juventud) emprendió su presurosa marcha matutina hacia el colegio primario.

La primera vez que Julián Torne vaticinó la muerte de una persona, un día martes, la lluvia caía sobre el pueblo. Cuando uno de sus alumnos fue a entregarle la tarea de literatura pendiente, al tocarlo, entró en una especie de trance onírico y empezó a decirle que dentro de poco, en unas horas, «un huayco se lo va a llevar». El niño, asustado, se fue llorando del aula. Al hablar con la directora, el profesor decía no recordar nada de lo ocurrido. Aun así, se le permitió ir a casa a descansar no sin antes hablar con el alumno que todavía permanecía asustado. Pero lo cierto era que sí lo recordaba, de hecho, no podía apartar de su mente la horrorosa imagen de esa muerte. Al llegar la tarde, la lluvia provocó el desprendimiento del río, llevándose varias casas y matando personas. Entre las víctimas, se encontraba aquel niño al que Julián le había predicho la muerte. Desesperado, huyó de su hogar. Pasó muchos días sin querer tocar a nadie y, cuando era inevitable, volvía a tener horrendas visiones. Al llegar a la capital, ya estaba completamente desquiciado, gritando en las calles y anunciando el ocaso de la vida de cualquiera que pasaba. En 1953, terminó siendo encerrado en un centro psiquiátrico al tratar de matar a una persona para evitarle el sufrimiento.

Sentado en una silla de madera, el anciano empezó a llorar. Ya no le importaba que su enfermero lo observe, que le den cápsulas insípidas todos los días, que la comida no le sepa a nada. A pesar de todo, él no era capaz de ver su propia muerte. Temía lo peor: observaría aquel olmo seco hasta el fin de los tiempos.

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Crónica Roja

Entonces salió otro caballo rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros; se le dio una espada grande.

                                                                                                                                                                                          Apocalipsis. 6,4

 

Los primeros días transcurrieron con tranquilidad. Solíamos ver hombres sin manos pidiendo limosna en las calles, metiéndote el muñón en la cara, rogando por comida. Con el tiempo, aquellos hombres también desaparecieron. Las carreteras eran cada vez menos transitadas y, al caer la noche, el vacío de la ciudad filtraba sonidos que llegaban desde kilómetros de distancia, extraños e indescifrables. La gente permanecía párvula en su ignorancia, enfrascada en su pequeña existencia, contando los atardeceres de su vida. No nos permitían salir mucho. Las escazas noticias que llegaban por radio solo empeoraban el miedo y la miseria: nada volvería a crecer sobre esta tierra. Nos alimentaban con raciones de cápsulas y proteínas, lo suficiente para el cuerpo. Nunca reinó la anarquía: las personas, acostumbradas a su naturaleza, continuaban riendo y llorando, llenos de problemas y alegrías, embriagadas de falso sentido. Nos atacaron primero; ahora el mundo espera nuestra respuesta. Andamos por horas sin cruzarnos con nadie vivo. La muerte se impregna en el aire; legiones de ángeles caminan entre nosotros, apilando cadáveres, aniquilando nuestras fuerzas. Solo sobreviven los que rezan, los que adoran, los que aplauden. Sé que estoy vivo por una razón, y mi corazón no busca más que venganza. Si entre los que leen esto hay alguien que comparte nuestra opresión, nuestro deseo de libertad ante la injusticia, le pido que se nos una. Aún somos pocos, pero seguimos de pie, con la mirada en el cielo. Porque nuestra alma está agobiada hasta el polvo, y nuestro cuerpo está postrado hasta la tierra.

Karma de medianoche

Un objeto invisible se desliza, rastros casi imperceptibles de un movimiento transversal; florituras entrópicas se desvanecen en el vaivén incesante del caos turbulento: la burbujeante tempestad de un río muerto. Un río muerto de sobredosis, consumido por la tóxica inmundicia humana. Antídoto desgarrado por la droga. Desperdicios químicos que, combinados con el agua, reflejan menguantes la pálida luz de una tímida luna.

 

— ¿Daniel? ¡Daniel!

— ¿Qué sucede?

— Fue una mala idea venir aquí, me estoy congelando —dijo, frotándose las manos—. Este lugar da miedo, ¿por qué no nos largamos?

—  No podemos hacer eso, Laura. Estamos varados. Además —se acercó a una vieja vespa tratando de, inútilmente, hacerla arrancar—, tu estúpida motocicleta no funciona.

—  ¿Por qué no la arreglas? Te recuerdo que esto fue tu idea. Es tu responsabilidad.

—  No soy un jodido mecánico.

— Ya lo sé, solo eres un inútil. Deberíamos seguir probando en la carretera, quizá alguien nos dé un aventón. Daniel, recuérdame, ¿qué hacemos aquí?

— Querías ver el río.

— No, tú querías verlo. Todo se trata de ti. Fuiste el que quiso venir, por el que estamos atrapados en medio de la nada. ¡Todo por tu maldito orgullo!

—  Es natural tratar de buscar culpables. Pero la culpa, Laura, la compartimos: aceptaste venir. ¿O me equivoco? No podemos ir a la carretera. Piénsalo: dos horas tratando de buscar ayuda, pero eso no pasará. Es otra cuestión natural: la desconfianza ante lo desconocido. A los ojos de cualquiera que pase por aquí, somos extraños. Potenciales asesinos. Unos bastardos sin corazón.

— Deja de fastidiarme. En realidad no me sorprende, es por tu estúpida actitud. Si todo el tiempo dices que «no van a ayudarnos», lo lógico es que no lo hagan. Estás lleno de carga negativa.

—  Incoherencias… ¿Carga negativa? No sé dónde ves lo lógico. Deberíamos caminar.

—  Sí, supongo que podríamos tener señal más adelante —respondió Laura, con un gesto inconforme, pero poniéndose en marcha—.

—  Más importante, según creo estamos a unos tres kilómetros de aquel «castillo embrujado». Después de todo, por eso estamos aquí, ¿no?

 

***

 

Hoy en la mañana mi hermana me llevó, casi a rastras, a la suntuosa iglesia del centro de la ciudad. A pesar de que compartimos la misma genética, y somos idénticos salvo por el sexo —de niño me disfrazaba de ella para molestar a mis padres—, no tenemos realmente ningún interés en común. No perderé el tiempo en divagaciones existenciales sobre nuestra educación conservadora y el arraigo a la tradición social y religiosa por parte suya. Para eso están los no creyentes con sus fatídicas y aburridas experiencias. Sobre lo que quiero escribir, para mí y para ahorrarme largas explicaciones, es el relato de cómo llegamos a estar en medio de la nada, sin forma de volver —probablemente— hasta que el sol asome en el cielo. A raíz de acompañarla, iniciamos un ya repetido debate sobre nuestras creencias personales. Ella me habló de una figura poética que había leído, una suerte de explicación alegórica de la razón por la cual las ballenas encallan en la orilla al morir: «para unos animales que solo conocieron el mar —decía—, ese es su único paraíso». Hermosa interpretación de la fantasiosa idea de la necesidad de trascendencia. Yo le conté, un poco para cambiar el tema, que había escuchado sobre un hombre que asesinó a su esposa con la esperanza de tener un titular en cualquier diario del día siguiente. Pero, ironías de la vida, al ser capturado nunca llegó a ver su propia portada. En esa charla me llegó a preguntar si, como no creía en ningún elemento «sobrenatural», iría a ese viejo castillo a las afueras de la ciudad del que se decía «estaba embrujado». Era peligroso, ya que los rumores más realistas contaban que allí se ocultaba uno de los criminales que huyó de la cárcel en la reciente fuga masiva. Pero después de discutirlo, decidí —tontamente— ir si ella me acompañaba. Luego de mucho caminar, llegamos —por fin— a un castillo de torre alta completamente corroído por el paso del tiempo. La puerta estaba rota. Ahora mismo estoy escribiendo desde adentro, porque pasaremos la noche aquí. Encontré un cuaderno que pone «Diario de Daniel». Sus últimas palabras —además de garabatos— fueron: «no es humano». Antes de eso escribió que escuchó la frase «se acabó el juego». Me pregunto si alguien dejó esto a propósito como una clase de broma. Mi hermana está asustada: cree haber escuchado lo mismo.

 

En base a la propuesta: http://www.literautas.com/es/blog/post-7030/taller-de-escritura-no17-montame-una-escena-en-un-castillo/

Ósmosis

«La ósmosis es un fenómeno en el que se produce el paso o difusión de un disolvente a través de una membrana semipermeable (permite el paso de disolventes, pero no de solutos), desde una disolución más diluida a otra más concentrada».

Infobiología.

Volví a escribir a los 19 años. Nuestra intención original era la de juntarnos y recrear textos que nos habría gustado leer pero que, por uno u otro motivo, no encontrábamos o no estaban escritos de la manera en que considerábamos «ideal»; modificándolos. Mi nula instrucción técnica y escaso talento literario (factores que diluían negativamente el fluir de mi creatividad), me hicieron tomar la decisión de separarme del grupo de forma definitiva. Las ilusiones de la breve etapa en la que sales del colegio y decides “qué hacer con tu vida” se habían extinguido en mí muy prematuramente.

Volví a verlos, tres años después, en un café rústico de autoservicio en la esquina de Larco y Schell. Inicialmente, pensamos iniciar un ‘círculo de lectura’, pero por una tendencia casi salmónica de llevar la contraria a lo tradicional (comentar novelas y cuentos en reuniones esporádicas o periódicas) en nuestros años de juventud, decidimos iniciar uno de escritura: criticando, corrigiendo, y reflexionando acerca de nuestros propios textos sobre los temas que eran de nuestro interés y que no ubicábamos en ninguna parte (los cuales eran tan variados que iban desde consolas de 8 bits y su influencia en la nueva escuela hasta esoterismo o gastronomía irlandesa).

No tenía muchos amigos interesados en las letras, la producción local literaria, o temas afines. Recuerdo que la primera vez que me fijé en Marco, mi futuro mejor amigo durante un corto tiempo, estaba leyendo “El viejo y el mar” por decisión propia; y no porque nos lo hayan dejado como tarea o para un futuro examen del curso de literatura (el estilo de la profesora Mildred iba por otros derroteros), que era lo común. Creo que teníamos unos 14 años por aquel entonces; nunca antes habíamos hablado -a pesar de tomar las mismas clases-, pero ese día se me dio por dirigirle la palabra, sentándome a su lado en un rincón del aula A-121:

– ¿Ya la vas a terminar? ¿Qué te parece?

– Hola Lucho, todavía no. Aunque supongo que la terminaré en estos días, no es muy larga; pero sólo puedo leer en el recreo. No sé, no me gusta mucho, me aburre un poco.

– ¿Y por qué sigues leyendo? Creo que debes ser el único en todo el colegio que desperdicia el tiempo del recreo leyendo un libro que no le gusta.

– Es que sí me gusta. O sea sí, pero no. Me atrae la forma tan detallada en la que el autor (miró la portada para verificar el nombre) describe las sensaciones del personaje respecto al mar y el respeto que le tiene; además de su constante batalla que va más allá de la vida misma: es una cuestión de orgullo.

– No estoy seguro de entender lo que dices, ¿pero te aburre, no? -pregunté con cierta impaciencia-

– Bueno, sí. Pero lo importante aquí -y para mí- es la forma de narrar. Siento que me servirá para después.

– ¿Cómo que te servirá?

– Mmmm -dijo pensativo-, es que… Te vas a burlar de mí. Pero siento que todo lo que leo, algún día, me servirá de influencia o inspiración.

– ¿Entonces…?

– Es que quiero ser escritor -espetó con un leve rubor en el rostro-.

– !Ja, ja, ja¡ -no pude evitar reír, algo que al parecer hizo que se sonrojara aún más, dándole la apariencia de un tomate humano-, lo siento. Es que nunca había escuchado eso. Pero es una iniciativa genial, creo yo. De hecho, a mí también me atrae la idea. ¿Y quieres que Hemingway sea una de tus influencias?

– Pues… -volvió a verificar el nombre del autor- Sí, también. Pero no sólo él, sino cualquier cosa que lea. Desde recetas de medicina hasta un manual de jardinería. Quiero que todas mis experiencias reales sean plasmadas en papel, transmitir a otra persona lo que yo sentí, que viva lo que he vivido sin tener que pasar por esos momentos; ya sean de felicidad o dolor. Creo que esa debería ser la verdadera misión de un escritor.

– ¿Incluida nuestra conversación? -inquirí, a esas alturas ya ávido de curiosidad por la respuesta que podría darme alguien tan peculiar a mis ojos-

– Claro, también.

En ese momento, el lejano sonido del timbre o las campanadas hicieron volverme -como en esa época- a la realidad. Nuestro pequeño proyecto constaba de cinco integrantes: Marco, Alonso, Sebastián, Piero, y yo (Luis). Como dije, mi entorno de amigos aficionados a las letras o el arte no era excesivamente extenso (todo lo contrario). De nosotros cinco, sólo dos habían decidido estudiar literatura y expandir sus horizontes lingüísticos. Sebastián y Piero, que eran primos, vivían en el extranjero desde hace tiempo (fueron a estudiar no sé qué cosa). Yo, al igual que Alonso y Marco, me había quedado en Lima, pero a diferencia de ellos estudiaba una carrera que seguramente ellos considerarían “comercial” en el colmo de una actitud snobista. O eso era lo que yo pensaba, pero realmente nunca me trataron así. La verdad, a mí me atraía bastante y era feliz. Quizá más feliz de lo que era en el colegio, y por supuesto, mucho menos frustrado.
La conversación que tuvimos ese día ahora escapa a mi memoria, pero trataré de reproducirla lo más fielmente posible que mi mete lo permita. Para esto, serán tres los personajes: Luis, o sea yo, Marco, mi mejor amigo, y Alonso, el chico popular que se reunía con nosotros en -prácticamente- secreto.

Luis: Hola, a los años. Me pareció raro que me llamaran, hace tiempo que no nos vemos. ¿Qué tienen en mente?

Marco: ¡Ni te imaginas, Lucho! Estamos pensando en algo grande, muy grande.

Luis: ¿Qué se traen entre manos? Hablen de una vez, carajo.

Alonso: Vamos a matar a Mario Vargas Llosa.

Luis: ¿Ah? ¿Qué?

Alonso: Es broma. Debiste ver la cara que pusiste jajaja. Siéntate, hombre. Conversemos un rato.

Luis: ¡Qué huevón! Ya, me siento. ¿No van a pedir nada?

Alonso: No, ¿para qué?

Luis: Bueno, yo quiero un café.

Alonso: Pero para eso te tienes que levantar, primero escúchanos. Después puedes ir, necesitarás cafeína.

Marco: Yo prefiero fumar, si estoy nervioso.

Luis: Ya mierda… ¿De qué se trata?

Marco: ¿Se lo dices tú o yo?

Alonso: Adelante.

Marco: Dale, aqui va. Mira, Lucho: hemos formado un nuevo grupo. Se llama igual que el anterior, Ósmosis. Pero tenemos muchos más colaboradores, no sólo gente de la universidad. También nos apoyan un par de librerías; hemos editado una revista literaria del mismo nombre, y ya tenemos los dos primeros números. Han colaborado con nosotros gente que ha publicado, poemarios o novelas cortas, y nosotros mismos escribimos un cuento cada uno para cada edición. La diferencia es que aquí no sólo escribimos, también se aceptan reseñas o artículos y ensayos de todo tipo. Siempre con trasfondo literario, claro está. Pero puedes hablar de cine o no sé, lo que quieras.

Alonso: El nombre ha pegado un montón. ¿Recuerdas que lo pusimos porque sonaba bien? Y creo que ni siquiera sabíamos qué significaba jajaja. La gente lo relaciona con un profundo sentido de interpretación literaria del principio físico, o una huevada así.

Luis: Nunca escuché de la revista. ¿Pero a qué viene todo esto? ¿Qué tengo que ver yo? ¿Quieren que escriba un artículo o algo así?

Marco: No. O sea, también lo puedes hacer si quieres, pero te llamamos para otra cosa. Alonso y yo pensábamos escribir un libro a cuatro manos, pero mejor que eso, ¿por qué no hacerlo con todos los miembros originales? Sé que es imposible que Piero y Sebastián nos ayuden, porque no están; pero al menos tú sí.

Luis: ¿Al menos? Vete a la mierda.

Marco: Sábes a lo que me refiero. ¿Qué dices? ¿Escribimos un libro a… Seis manos? Jajaja.

Luis: Jajaja. No sé, yo salí de Ósmosis porque sentía que no tenía talento para escribir. Además, ustedes estudian literatura, están metidos en eso y en la misma universidad, de hecho le ponen emoción. Yo ya me intereso por otras cosas; creo que voy a pasar, amigos.

Alonso: Pero podrías darnos ideas.

Luis: Ese es el problema. Si hago algo, quiero darlo todo. Y sólo “dar ideas” no es lo que me gustaría.

Marco: Puede ser que ahora seamos un poco mejores en lo que a técnica se refiere. Pero siempre me pareció que tú eras el más creativo de nosotros en el colegio, por algo tu formaste el grupo, ¿no? Que hayas perdido todo el entusiasmo por escribir me parece imposible de creer. La cosa está en hacer esto todos juntos, así nos ayudamos y el resultado será bueno. Pero si no quieres…

Alonso: Deja que lo piense. Reflexiona, y uno de estos días nos llamas y nos avisas.

Luis: Está bien, no sé para qué, pero está bien. ¿Tienen algo que hacer?

Marco: No. Y creo que ya nos están mirando raro, ¿no ibas a pedir un café?

Luis: Ya fue, vamos a jugar play.

***

Ese día, y todos los días de esa semana y la otra, y la otra, me la pasé escribiendo sin cesar. Mis historias, mis cuentos, relatos y poemas, no me causaban ninguna satisfacción ni placer. Empezaba a experimentar la frustración que ya casi no recordaba; esa sensación vacía y terrible de sentir que, por más que te esfuerces, nunca podrás obtener los resultados que quieres. Había descuidado mis trabajos de marketing y gerencia, y mi grupo -que era básicamente el mismo en los dos cursos-, empezaba a impacientarse. Les llamé ese día y dije que podíamos reunirnos, y ellos que era mi última oportunidad. Puse mi mochila al hombro, y antes de emprender el viaje interprovincial de San Miguel a La Molina, hice una llamada a Marco:

– ¿Aló?

– Marco, soy Luis. Este es mi nuevo número.

– Hola, ¿qué pasó? ¿Te decidiste al fin? -preguntó, con el tono de voz del que espera una buena noticia-

– Sí, he decidido no hacerlo. Lo siento, tendrán que buscar a otra persona, o escribir la novela a cuatro manos como pensaban originalmente.

– Oh, está bien -dijo decepcionado-, es una pena. Pero ni modo.

– Pero dile a Alonso que podemos seguir siendo amigos.

– Nunca dejamos de serlo, ¿no?

– Sí, supongo. Vamos al taco mañana.

– Ya, normal. Quedamos más tarde, cuídate.

– Hablamos.

Me dirigí hacia el paradero, contento conmigo mismo, y dispuesto a concentrarme en lo que realmente me interesaba. Ya estaba pensando en la exposición y en la clase de producto que eligiríamos para aplicar las 4P. Sus fortalezas y debilidades, la oportunidad del mercado.

Después de eso, no volví a escribir una sola palabra hasta el día de hoy, a mis 32 años. Volví a ver a mis amigos un par de meses; luego; cada uno tomó su propio camino. Me pregunto si tratábamos de evitar lo inevitable, de tratar de recordar lo que siempre se olvida, de coger con fuerza la arena que se escapa de nuestras manos. Porque como leí una vez, vivir mil años significa vivir un milenio de familias y amistades perdidas. Ósmosis nunca tuvo éxito, la revista paró de producir números después de unas 15 series, y nunca publicaron libros bajo su sello. Marco y Alonso tuvieron mediano éxito como escritores a cuatro manos bajo el seudónimo de Ceres G. Venero. Lo último que supe de ellos es que viajaron a Italia a residir allí, y se reencontraron con Piero y Sebastián en alguna ciudad de Europa. Creo que vi algunas fotos.

Hoy, al borde del retiro por decisión propia, busco renovarme y dejar de sentirme cansado. No es que haya hecho mal y “no me guste”, pero soy de los que dejan o consideran como concluidas las cosas quizá antes de tiempo. Pero esta vez retomaré lo que he dejado inconcluso, y terminaré de una vez por todas la razón de esta inquietud que me mata. Tal vez después de dedicarme por completo a escribir la que pienso será mi única novela, que llamaré Ósmosis (ese principio físico que nunca supimos bien qué era), vuelva a trabajar. No lo sé. Pero recordaré lo que Marco me dijo una vez: las experiencias reales, sensaciones y vivencias son las que todo escritor debe plasmar por obligación. Sin importar si para eso se llegue a escribir la ficción más absurda y surrealista. Estaba pensando en divagar, a través de las palabras, en cómo hubiera sido el futuro de nuestro proyecto si nunca nos hubiéramos separado, si todos nos habríamos dedicado a la literatura, o si hubiera dicho que «sí».

Escribo esto antes de empezar, sospecho que para tratar de autoconvencerme de que no he tomado la decisión equivocada. De que estoy siguiendo el camino correcto, el que siempre debió ser. Así debió ser, así debió ser.

Deilux

Omana en furia estelar

¡Crucifixiones!

Emana un flujo cardinal
Atrapa a la bestia refulgurante

[Atenuante

Recalcitra sulfurante

[Exasperante,

Y continúa invocando a las llamas
Y continúa preguntando a los bríos
¿La muerte de quién?

[Mi propia muerte

El eco responde
Tu propia muerte

Y el temor / arde en el pecho de la bestia
Que se acerca

[Se aleja,

Preguntando por Dios
¿Quién es tu Dios?

[El señor de los injustos

¡Ven! ¡Oíd!
El grito celestial

[El infierno es el cielo

Seiseiseis
Siete cabezas
Una espada
Cuatro caballos
Aureola boreal
Ilusión visceral

[Contempla tus vísceras

El rechinar de huesos

[Sus dientes crujen

El aroma de la carne

[Sus ojos queman

Porque he venido a juzgar
A los vivos y a los muertos

Porque la bestia
La bestia es Dios.

Drawsmile

Autodestrucción en 10, 9, 8, 7…

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Tau_69: alguna chica para tener sexo??

Sindrome-perfecto
: porque no entras a la sala de sexo? Te equivocaste de lugar, macho

Tau_69: si entre pero x ahí hay puro arrecho

Luna19: ¡Qué triste! Sígueme contando, Síndrome.

Tau_69: hola lunita iniciamos una conversación privada?

Sindrome-perfecto
: si mejor lo ignoramos. Bueno, seguíamos caminando por el cementerio y en eso veo a alguien que se me hace conocido pero pensé que era otro de los del tour. Después debo haber puesto cara de asustado cuando me di cuenta porque mi novia me preguntó que pasa? Y le cuento que ese tipo era el mismo que vi muerto en el accidente cerca a mi casa el otro día

Luna19
: ¡Qué miedo! ¿Y qué pasó?

Tau_69
: de donde eres amor?

Kubika@love se ha unido a la conversación

Sindrome-perfecto: mejor hablamos en privado

Kubika@love
: olaaaaaaa de donde son? Yo del D.F.

Luna19: Hola, Kubika. Yo también soy de México, pero de Yucatán.

Sindrome-perfecto: hola, yo también de Yucatán

Tau_69 ha abandonado la sala

Sindrome-perfecto: por fin se fue ese idiota

Luna19: Sí, pero si te fijas hay otras dos personas conectadas en la sala. No han dicho nada.

Sindrome-perfecto: seguro se quedaron dormidas jajaja

Luna19
: Fácil que sí ^^

Kubika@love: me llamo Antara y ustedes?

Luna19: Luna, como mi nick

Sindrome-perfecto: Arturo. Tienes un bonito nombre Antara

Kubika@love: enserio? :$ thanks!!!

Luna19: A mí también me gusta.

Sydney solicita iniciar una conversación privada con usted. Aceptar* Rechazar

Sydney
: hola! Cómo te llamas?

Asesino123: David

Sydney: yo Sydney, mucho gusto. Es la primera vez que entro a una sala de estas, pensé que habían puros pervertidos pero fue peor. Esos tipos me estaban aburriendo.

Asesino123: Me imagino

Sydney: y cuántos años tienes?

Asesino123: 21. Creo que lo pone ahí

Sydney: Oye siiii, qué tonta soy alucina. No tienes cam no? Me quieres ver?

Asesino123: Ok.

Sydney: Ya fresh. Espera, ahora la conecto.

Iniciando conexión de cámara web…

Sydney: Me ves?

Asesino123: Eso creo

Sydney: sorryyy jajaja se ve medio borroso en realidad ahorita estoy desarreglada porque en mi país ya es tarde y yo ya estoy en pijama :$ por cierto, de dónde eres?

Asesino123: Soy de Lima (Perú)

Sydney
: no me jodas! En serio? Oye yo también qué paja!

Asesino123: No me has dicho tu edad

Sydney: Ahm… 17! Soy peque jeje

Sydney
: y de que parte de lima eres?

Asesino123: Miraflores, por Aramburú

Sydney: Asuuuuuu, estamos lejos. Yo vivo por la molina, cerca al molicentro

Sydney: tu nick me llama la atención jajajaja. A qué te dedicas ah?

Asesino123: Pues eso. Soy un asesino.

Sydney: hahaha que gracioso! En serio pues!!! Yo recién ingresé a la ul, estudiaré comunicaciones 😀 ya quiero empezar el ciclo yey!

Sydney: oye… No sé si deba decirte esto porque no te conozco y podrías ser cualquiera pero, es raro conocer a alguien por aquí. Pero algo me dice que eres especial, no sé… Este verano voy a trabajar en el Jockey Plaza, conoces no?? En el starbucks todos los días en el horario de la tarde. Tal vez te pueda ver un día pregunta por mí 😉

Sydney: aah y te parezco bonita?

Sydney: hola??

Asesino123 ha abandonado la conversación

David, aún con la imagen distorsionada de una adolescente de pelo rubio en la cabeza, cogió la tablet china que había robado momentos antes de conectarse con ella en Drawsmile y la arrojó con fuerza hacia el abismo que se podía ver desde el malecón de Miraflores. Caminó hacia el lugar en donde había dejado su Subaru Impreza del 98, y sintió en la boca ese aire salado que arrastra el mar durante la noche. Encendió un Marlboro convertible usando uno de esos encendedores con linterna que compró en el grifo, y guardó la cajetilla en el bolsillo lateral de la casaca roja estilo Nehru; la que le daba una apariencia psicodélica al lado del destellante azul eléctrico de su vehículo. Ya se imaginaba conduciendo por la avenida Javier Prado hacia el gigantesco centro comercial; escuchando AC/DC y fumando hierba con la ventana abierta. «Pronto iré a Starbucks, Sydney», pensó.

En busca del nabo encurtido

Hablemos de nabos. Los nabos son interesantes, ¿por qué no hablar de nabos si, bien preparados, son deliciosos? Un nabo encurtido, por ejemplo. ¿Sabían lo complicado y dificultoso que es preparar uno medianamente bueno? Porque ya no sólo trasciende en esta tarea la calidad en sí (aunque también sea un factor importantísimo; siempre tierno, siempre delgado), si no también el corte; que es todo un arte. No suele cortarse de un modo convencional, digamos, como el pan o la carne. Se sostiene el vegetal en posición vertical con la mano izquierda, y se corta con la derecha. Este procedimiento es totalmente imprescindible, de lo que podemos deducir que no cualquiera puede cocinar uno; un zurdo, por ejemplo. Luego, se rebana muy finamente, como dirigiéndolo hacia el cuerpo de uno mismo. La coexistencia de sabores —agrio, dulce, y picante—, es prácticamente imposible de lograr, y más aún si se trata de que alguno predomine. Esto quiere decir, que es muy difícil encontrar un nabo, cortarlo, y mucho más prepararlo.

Pero mejor hablemos de su historia. Etimológicamente, nabo viene de la palabra «napus», de raíz latina, que significa “planta para zurdos”; nombre que le hace a uno pensar. Dejando las ironías, la RAE —en su primera acepción— lo define así: «Planta anual de la familia de las Crucíferas, de cinco a seis decímetros de altura, con hojas glaucas, rugosas, lampiñas, grandes, partidas en tres lóbulos oblongos las radicales, y enteras, lanceoladas y algo envainadoras las superiores; flores en espiga terminal, pequeñas y amarillas, fruto seco en vainillas cilíndricas con 15 ó 20 semillas, y raíz carnosa, comestible, ahusada, blanca o amarillenta». Esta definición refleja, así, la complejidad del nabo, porque tampoco entiendes nada leyéndola. Su nombre científico es “Brassica rapa”, inspiración para numerosos grupos de rap brasileros que se declararon fans de la brasicácea (una hortaliza, vamos), y se cultivaba ya desde tiempos griegos y romanos, siendo probablemente nativa de Eurasia.

Lo que le da ese delicioso sabor es su raíz napiforme (o sea, en forma de nabo. La raíz del nabo tiene forma de nabo; o tu nariz), idea que contradice el horrible sabor de la zanahoria. Su consumo se ha extendido a todo el mundo, y su popularidad es tal que algunos países se han planteado ponerlo como símbolo patrio. Entre los beneficios del nabo están (siempre y cuando sea de buena calidad, lo cortes y cocines bien y, sobre todo, no seas zurdo) el aporte de la vitamina N, A, B y O; mucho potasio y calcio, el yodo, entre otros. También se puede usar externamente como cataplasmas (¿?), sometiendo la raíz a cocción y utilizándolas como una suerte de aplicación para el escozor. Para terminar, un poema dedicado al nabo por un admirador anónimo:

“Nabo, brasicácea en el cielo, hortaliza en la tierra; napiforma de mi ser, corte de mi alma; dulce aroma vegetal, agrio fuego infernal, picante raíz carnosa: N-A-B-O. NNNAAABBBOOO. Nabokov comía Nabo”.

Poesía

Amanece
Corre gusano infernal
Corre a tu nido de abismos
Abandona toda esperanza
Si entras aquí
En una pieza
De carne que se levanta
Fragmentada
Recorre el universo
No existe el día o la noche
Sólo oscuridad
Densa tiniebla
Despeja las cenizas
Del fuego eterno
Que se apaga
En el caos
Devorándolo
Batiendo las alas
Un murciélago clava sus dientes
Mientras el mundo grita hambriento
Como un gemido de dolor
Conocerás la luz
Que empaña tus ojos
La verdadera luz que te quema
Arde, gusano que se arrastra en la espalda de Dios
Contempla por última vez
El brillo del sol que se extingue.

WIP

Adrenaliando, el bosquejo del reciente cuadro del pintor taméz cabría en esta rendija: la pequeña obertura de la ventanita renacentista que tengo frente a mis ojos. Supongo que debería decirles que soy Thomas Mann, e intento escribir un cuento inspiracional digno de un nobel. O tal vez debería ser Frank Kennedy disfrutando de los placeres de esta y la guerra que vendrá después. Un agente secreto llamado John Smith; intentando salvar el mundo de la conspiración ruso-oriental o el resurgimiento de los nazis. Quizá me convierta en un criptoanarquista probando el polymeric falcighol derivation para llegar a marianas y publicar una foto de mi miembro mutilado en La Liberté; o en un skinhead medianamente instruido tratando de detener al judío internacional y sus planes de dominación económica. Pero en realidad no importa «quién» soy, ni para quién escribo, puesto que es para nadie y un poco para mí. Lo único que me interesa en este preciso instante (bueno, es escribir, porque lo que estoy a punto de decir probablemente ya lo hice) es atravesar esta maldita pintura inacabada por la rendija de marras. Necesita reparación. La ventana, claro, un cuadro es así porque el “artista” lo quiso (soy conciente de que la ‘restauradora’ del Ecce Homo podría contraargumentar este punto); expresar su pasión y obra en vida y arte hasta caer rendido con un jodido pincel en la muñeca y una sobredosis de anfetaminas de la que no lo salva ni Dios (o su deidad de preferencia, de tener alguna), es una vocación que no se descubre todos los días. Quiero decir, a la juventud de hoy no se la oye decir a menudo: “oye tú, figura paternal de referencia; quiero ser un bastardo artista y ganarme la vida dándole a conocer a este inmundo planeta mi visión superior de la estética, mi proyección filosófica trascendente, mi prosa orgásmica y mágica; he descubierto que eso es lo que quiero hacer por el resto de mi miserable existencia, aunque a nadie le importe una mierda”. ¿Me equivoco? El problema es que los artistas de hoy no buscan ser convencionales. Al tratar de alcanzar la originalidad, al querer ser el referente del underground intelectual interno de un puñado de elegidos que siguen la misma fantasía, caen fácilmente en intenciones completamente ridículas. Es cierto que -hasta cierto punto- nadie muere (con el supuesto de que la muerte es algo negativo) por el simple hecho de experimentar, sin embargo, la verdadera cuestión se da cuando convierten en una suerte de ídolo a lo absurdo (en el peor de los sentidos). Como sea, volviendo a la ventana, apenas puede abrirse unos escasos centímetros. Al pasar un tenue haz de luz por en medio (sí, es octubre [mes de grandiosos milagros y temblores]), no puedo evitar pensar que se trata realmente de una ventanita. Me siento estafado, cuando adquirí el piso claramente ponía en los planos del arquitecto que se trataba de una ventana. En fin, creo que para expulsar esta apreciada obra de arte necesito más fuerza de la que poseo y, como decía, quizá un buen chute de adrenalina. Nadie debería salir a la calle sin su set de emergencias de pulp fiction, porque si algo nos enseñó Tarantino en todos sus años como director, es precisamente que una buena inyección de adrenalina, un marcador rojo, y un pequeño libro negro de medicina extraviado solucionarán nuestros más terribles conflictos en momentos de crisis; y encontraremos la salvación.

Ahora, se preguntarán (y yo pregunto a los que plantean esta cuestión… ¿De verdad están completamente seguros de que se dirigen a varias personas como para usar -gratuitamente- el plural? A menos claro de que sean unos verdaderos bestsellers; y más que nada porque la expresión suena a decenas de miles, por lo que estoy cometiendo el mismo error, ¡dos veces!) el porqué quiero cometer una acción tan irracional, por qué tengo un bosquejo de un cuadro de un pintor taméz (además, ¿qué rayos es eso?) y, sobre todo, ¿cómo alguien que escribe tantas pavadas pudo adquirir un departamento y porqué demonios este tiene una ventana -ventanita- renacentista? Pues sucede que a veces (yo diría frecuentemente) las preguntas más importantes son las más sencillas de contestar. Podría decir, por ejemplo, que existen en este planeta muchos imbéciles con dinero, por una u otra razón. Pero lo que me parece más extraño es absolutamente todo lo que se espera de un personaje. Para ir aclarando, se piensa que si dicho caracter va dejando migajas, cometarios al aire, menciones que podrían ser consideradas en relación a un hecho posterior, y esto no se conecta, no adquiere coherencia, entonces no se critica al personaje (en el colmo de la injusticia) sino al autor, ¡porque no ha sido una obra redonda! Digo yo: ¡A la mierda con la redondés! Es lo mismo con la escritura, no importa que esté relatando a través de un narrador que apenas sabe leer y escribir y nunca tuvo estudios superiores (y al que la normativa le importa tanto que para él la RAE puede irse al carajo con sus modificaciones idiomáticas, y aún así seguir con su vida), pero si se comete cualquier falta en la forma (de gramática en general) se le echa la culpa al escritor de la novela, cuento, o lo que sea… ¿Se dan cuenta de lo estúpido que es? Él tan solo está transfigurándose parcialmente a través de otros ojos, de otra realidad; pero es totalmente independiente, ajena, un universo paralelo creado totalmente desde los cimientos de las letras. ¡Y ésta es una verdad insoslayable! ¿Quién se atrevería a decir, “el albañil pérez es tan estulto que cometió una falta ortográfica” o “el reverendo mencionó días (o páginas) atrás un elemento crucial para la trama que nunca se molestó en revelar completamente? ¿Se dan cuenta, amigos míos, lo vacío, tonto, y vanal que es tan siquiera pensarlo? ¿ Acaso consideramos -forzosamente y cuando no es evidente- como propias las opiniones y pensamientos vertidos en una creación literaria, a pesar de que muchas veces aquello resultaría contradictorio? Es verdad que en literatura se pueden dar algunas libertades, podemos decir que hemos recurrido a recursos estéticos/enfáticos y metafóricos como el pleonasmo o el oxímoron, o que pertenecemos a la escuela relativista de la lingüística social; sea para justificar una equivocación, sea de manera sincera. Pero no es suficiente, se sigue esperando demasiado de alguien que sólo está en la obligación de mostrar un mundo que realmente no está bajo su control; es ya decisión del lector adentrarse en el o no. Son los que se han dado cuenta de esto, los que se comprometen en ofrecer más que una simple reflexión, una moraleja inservible o un revortijo de dudas, los que tienen libertad de hacer y no dar explicaciones, porque no se necesitan. Todo está ahí, sólo hay que saber ver (en un sentido saint-exuperiano). Es por eso que yo, como personaje, no tengo la más mínima obligación de decir mi nombre, de explicar por qué usé una palabra inventada al principio del relato, o la razón por la cuál tengo un afán casi ecolálico de recalcar que la ventana es en realidad, una ventanita (la opción más probable es un toc), ni por qué ésta tiene un estilo renacentista. Lo que sí puedo decir, y considero prudente hacerlo, es que necesariamente tengo que contextualizar (aunque puede intuirse, pero sirve para los brutos o eufemísticamente llamados ‘poco dotados con el don de la materia gris): siglo 21 (no entiendo el uso de números romanos) del tercer planeta del sistema solar de la [galaxia] vía láctea, el cual es llamado tierra (pero debería ser Océano según Arthur C. Clarke), en alguna edificación humana construida para habitar, descansar, presumir, y escapar del frío (a modo de nido de pájaro con ramas más bonitas que las del vecino); con todas las diferencias que la interpretación de la palabra escrita permite. En realidad es septiembre, pero falta un día para octubre. Y por lo que dije, ya se habrán (más errores) dado cuenta de que me refiero a Perú, y específicamente a Lima. Pero eso es algo que no tiene la menor importancia, así como el contenido del cuadro es irrelevante (como un Macguffin en el cine del que nadie se queja), como que es primavera, o el hecho de que quiera arrojarlo para acabar con la idea que me ha venido rondando en la cabeza durante todos estos años, desde antes del inicio de la gran guerra (nah, era broma). He decidido quemarlo, calcinarlo, reducirlo a cenizas por completo. Dicen que el fuego expía los pecados (creo que lo ví en un show de televisión); buena idea. Después de desaparecer la evidencia (¿ahora la posibilidad de un crimen? ¡Ni que sería tan huevón para arrojar algo tan importante!) he decido ir a tomar un café, digamos que en uno de esos lugares donde hay wi-fi y puedes llevar una portátil para sentirte importante: parece ser que al final soy Thomas Mann y quiero escribir un cuento.

Brevísimo cuento infantil

Esta es la historia de un borracho, un borracho llamado Grimor. Vagaba el buen hombre por las calles de Dublín, tambaleante e inmerso en una hermosa danza al son del agua de vida. Proyectábase su sombra en el claro del bosque, donde los rayos de luna alcanzaban a transfigurar su nariz aguileña, dándole la forma corva de una potente ave celestial. Vio un dragón en el cielo: “Estoy muy borracho”, pensó. Bajó el dragón a la orilla del lago, asentó sus alas, otorgándoles la mítica de un arco perfecto; le habló de esta forma: —— ¡Oh! Grimor, hombre entre hombres, bendito y hermoso; mereces una evocación propia de las antiguas epopeyas griegas. Déjame ser tu musa inspiradora, y pídeme tres deseos.
—— Estoy muy borracho ——balbuceaba Grimor——.
—— Pídeme tres deseos ——repitió el dragón, impaciente——.
—— Bien ——dijo Grimor, con la voz ronca y entrecortada como precedente de su embriaguez en el bar de Louise, horas antes del presente suceso——, quiero que revivas a mi esposa. La quiero devuelta.
—— ¿Cómo murió? ——inquirió el gigante reptil——.
—— Yo la maté ——respondió el borracho——.
—— ¿Por qué la mataste?
—— Me era infiel.
—— ¿Con quién?
—— Sospecho que conmigo mismo.
—— No puedo, pídeme otra cosa.
—— ¿Por qué?
—— Porque tú la asesinaste ——respondió la musa——.
—— Errhm… De acuerdo. Entonces, dame una botella de whisky.
—— Héroe entre héroes ——recitaba el animal——, como tú lo has pedido, así tus anhelos serán cumplidos. Y de pronto, una botella del más fino whisky irlandés apareció en la mano de Grimor, quien, feliz por el extraordinario acontecimiento, reflexionó: —— Me has hecho sentir vivo de nuevo, estoy satisfecho ahora que me diste lo que siempre he querido. Tengo en este momento todo lo que necesito, puedes irte. No se me viene a la mente ningún otro deseo.
El dragón, con sutil ligereza, se sumergió en el lago; desapareciendo en una fina floritura que dejó una pequeña marca en la cristalina fuente, hasta borrarse por completo.
Grimor se incorporó del suelo. Pudo ver la abolladura del automóvil que lo había golpeado. Se notaba grande y robusta, como su cuerpo mismo. Un DeLorean, al parecer (estaba oscuro). Era raro ver un DMC-12 en Dublín; era raro ver uno en el mundo. Y aún más extraño verlo chocarse. Pero ¿qué probabilidades había de que sea con él? Un verdadero milagro, sin duda. «¡El muerto se ha levantado!». Oía el tumulto de la gente, gritos encontrados en desorden, alaridos que se batían en el caos de las avenidas circundantes, susurros apagados, huecos… Y el frío del invierno estremecía sus entrañas. Las sirenas se acercaban. Ahora sí iba a morir, lenta y dolorosamente. Recordó el pasado. Sujetó fuertemente la botella de licor que le fue entregada como última voluntad. “Estoy muy borracho”, dijo.