Introibo Ad Altare Dei

Relato del manifiesto de un retrato descriptivo

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Recuento Junio

Pues se me ha pasado por unos días, pero aquí les comparto mi [RECUENTO DE JUNIO]:

 

Proyecto Esposa — Graeme Simsion.

 

Perros e hijos de perra — Arturo Pérez-Reverte.

 

El Quijote de Wellesley — Javier Marías.

 

Configuración de la última orilla — Michel Houellebecq.

 

Cuerpo transparente — Max Blecher.

 

60 poemas — Emily Dickinson.

 

42 poemas — Fernando Pessoa.

 

Poemas del manicomio de Mondragón — Leopoldo María Panero.

 

Encrucijadas — W. B. Yeats.

 

Disfraces — Ezra Pound.

 

El jinete de bronce — Aleksandr Pushkin.

 

Al norte de los ríos del futuro — Jerónimo Pimentel.

 

La muerte de un burgués — Jerónimo Pimentel.

 

El nudo — Teresa Cabrera Espinoza.

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Conejos Muertos

CONEJO

Conejos muertos
Breve deconstrucción de “Carta a una señorita en París”

«La luna llena sobre París

Ha transformado en hombre a Dennis

Rueda por los bares del bulevar

Se ha alojado en un sucio hostal

¡Auuu! Lobo-hombre en París»
-La Uniøn
– Se ha suicidado —dijo—. Bajo los adoquines, los conejos.
{Andrée movió al rinoceronte}
– ¡Siam! —exclamó—
– ¡Alas, Mellorine!
{El conejo-hombre se inclinó sobre el tablero; una sombra menguante y tenuemente alimentada por el sol vespertino se proyectó en la mesa de juego}
[Clavó la mirada en el elefante de madera y meditó en silencio]
(Finalmente movió la ficha)
– Diez años. Tal vez un poco más; en una década veremos la playa. Suipacha fue solo el principio, Mellorine.
– Sí, pero no pensé que esto pasaría —respondió Andrée—. Quizá deberíamos…
– ¡No! Ni hablar. No podemos volver a ralentizar las cosas: ya nos ha ido mal por eso. Sé que le cogiste cariño, pero al final era inevitable; siempre lo ha sido. Lo único que tenemos que hacer ahora es buscar otro escritor dispuesto a anteponer su bienestar al de sus personajes —o incluso al mismo—; “terapia”, ya sabes. Vomitar conejos… ¿Qué sigue?
[Andrée reflexionó por un rato. El tablero permaneció inmóvil, inobservado]
{Echó un vistazo rápido a su alrededor: la pequeña rue d’Argentine podía verse desde el hotel; gente yendo y viniendo en constante ebullición, como si el movimiento y la fricción fueran elementos inherentes —y por tanto, necesarios— de los engranajes que componen la ciudad. En eso vio algo que le llamó la atención}
(Apuntó hacia el gran ventanal que se ubicaba a espaldas del conejo-hombre)
{El animal entrecerró sus ojos rosáceos, tratando de enfocarse en el ente señalado. Por fin pudo verlo}
– ¿El parque? —preguntó—
[Andrée reflexionó un momento, como si sopesara las palabras que tendría que decir a continuación]
– LOS parques —exclamó por fin—, la continuidad…

 

 

MUTIS

Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.

Cerró / cerré la carta con una sonrisa melancólica y apuró / apuré el café de máquina que tenía en la mano; para después tirarlo en uno de los tachos de basura de la rue Saint-Jacques. Jean Valjean y Cosette cogidos de la mano. El acoso de Javert.
“¿Qué es pues La libertad guiando al pueblo, sino el amasijo de voluntades de una generación que repite la falsa idea de la desnudez, para luego cubrise con el manto de la vergüenza?”. L’air est plein de nos cris. Mais l’habitude est grande sourdine. Hablará de los golpes encajados y yo le daré una magdalena. I wonder who I will be. Risas grabadas.

INTERMEZZO

Para contarles la historia del conejo blanco, debemos remontarnos a una época más sencilla. En aquel entonces la arquitectura de la ciudad consistía en una pequeña plazuela central, rodeada de un escaso número de casas aledañas y adoquines mal alineados. Era el mes de octubre y yo tenía 25 años. Como era común en esos días, muchas de las casas se encontraban en las afueras del pueblo (como se conocía al cojunto de una docena de edificaciones penosamente levantadas). Ese día era el tsukimi, por lo que me encaminé a un peregrinaje personal que repetía todos los años; el río Heian desembocaba en la costa, que se encontraba bastante próxima, por lo que se producía un fenómeno similar al “Severn Born” americano. Una vez en la rivera, me subí a la balsa que siempre uso para llegar hasta el montículo de tierra que se encuentra en la ubicación ideal para la contemplación, ya sea para este evento o incluso para el hanami. Me apée de la balsa, y mientras esperaba el anochecer, empecé a recitar un poema:
Una flecha se tira profundamente en la rótula / y cruza el estribo como baja a la tierra / dificultad cae en sus manos / y canta igual / no la recuerdo de un sueño. 

Y otro:

La flor de durazno está más roja por la lluvia de anoche,
Los sauces están más verdes en la niebla de la mañana.
Los pétalos que caen aún no fueron barridos por los sirvientes,
Los pájaros cantan, el huésped de la montaña aún duerme.

¡Oh, el otoño!

Como estaba sumido en mi canto, no noté la presencia de otra persona en el montículo hasta que me saludó. Me volví para verlo —se encontraba detrás—, y notando mi sobresalto se disculpó por no haberse anunciado antes: “es que usted canta tan bonito que quise seguir escuchándolo”. Era un hombre de mediana edad, un poco deslavazado en el vestir. Le agradecí y acto seguido saqué la botella del sake que llevaba; todavía se conservaba caliente. Sonrió por el ofrecimiento y me preguntó si podía quedarse a observar el tsukimi conmigo, ya que parecía ser un lugar muy personal. Le respondí que no había ningún problema. Después de ese instante, caí en cuenta de que estábamos rodeados de bambús bastante grandes, que no existían en el lugar el año pasado. Sin prestarle demasiada atención a ese detalle, me percaté que ya había oscurecido al sentir en la boca ese aire salado que arrastra el mar durante la noche; dentro de poco tiempo aparecería la luna en todo su esplendor y belleza. El hombre sacó de los bolsillos unas bolitas de mochi que recibí encantado y comí con avidez, puesto que me había olvidado del bento. Le pregunté al extraño sobre él, a lo que me replico que me lo contaría si no me molestaba escucharlo hasta que el tsukimi diera inicio.

“Por muchos años trabajé como cortador de bambú. Era un oficio que, si bien no me permitía tener lujos, me daba lo suficiente como para vivir y mantener a mi familia. En mis días de soledad en los bosques me gustaba tocar el koto, recitar poesía y cantar, precisamente como a usted. En una de esas tardes, un hacendado que pasaba por el camino en su carruaje se detuvo y me llamó. Llegué a donde estaba, él bajo y lo observé por un momento (iba vestido de manera muy elegante, así que no me quedaba dudas de que fuera un hombre rico). Me ofreció un cofre y me dijo que estaba lleno de oro, pero que si lo abría no solo mi familia moriría, sino que yo sería víctima de una maldición. No le di importancia a sus palabras y asumí que se trataba de una broma o del capricho de algún noble, así que con el cofre en mano emprendí el rumbo para retornar a mi hogar. La curiosidad me ganaba, y el cofre era pesado, pero no tenía ningún candado por lo que podría abrirlo en cualquier momento. Al principio pensé en esperar para contárselo a Oyû, pero finalmente la avaricia fue más fuerte y lo abrí. No puedo expresar con palabras lo anonadado que estaba al descubrir que el hacedando había dicho la verdad, ¡era un cofre lleno de oro! Corrí a mi casa para darles las noticias, pero al llegar mi horror fue aun más grande que mi sorpresa al descubrir la pequeña fortuna: mi esposa y mis hijos estaban tendidos en el suelo, muertos. Desesperado, revisé sus cuerpos y vi que ninguno tenía señal de haber sido violentado. Me apresuré a revisar por los alrededores, pero no encontré rastro alguno de ninguna persona (vivíamos alejados del pueblo y de cualquiera otra familia, por varios kilómetros). Luego me percaté de que Oyû utilizó el veneno para ratas que teníamos guardado, se lo dio a los niños y luego ella misma lo tomó. No podía imaginar qué se le había pasado por la mente, ¿cayó en la locura derrepente? ¡Pero si no dio ninguna señal! Cuando estaba en esas cavilaciones, me fijé en algo extraño; en mi casa, correteando por el piso, encontré a media docena de conejos peludos y pequeños, como recién nacidos”.
No fue sino hasta el final de su relato en que tomé consciencia de que el hombre se había convertido en un enorme conejo blanco. Antes de poder hablar, desapareció junto con todos los bambús de alredor. Me pregunté si había bebido demasiado sake. Miré hacia el cielo: majestuosa, la luna llena se erguía más brillante que nunca.

EPÍLOGO

En Buenos Aires, un hombre abre un sobre que contiene una carta enviada desde París:

Hola, Julio. Soy Andrée.

Reseñas para Cinema Odisea

FB_IMG_1528425535915El caballo de Turín:

https://cinemaodisea.wordpress.com/2017/08/12/el-hombre-ha-muerto/

Enter the Void:

https://cinemaodisea.wordpress.com/2017/03/13/enter-the-void-gaspar-noe-2009/

RECUENTO DE MAYO

Este es un recuento de mis lecturas de mayo; los comentarios que corresponden a los libros que leí no son bajo ningún concepto reseñas o intentos de. Son solo simples apreciaciones —en orden cronológico— que tuve poco después de leer los textos, y que compartí en WhatsApp con amigos de manera informal y espontánea.

Thanos Quest — Jim Starlin

El hombre de traje negro / El joven Goodman Brown — Stephen King / Nathaniel Hawthorne

Este libro, ilustrado por Ana Juan, se divide en dos partes. La primera contiene el relato de King, publicado en 1995 y recuperado por Nórdica, y la segunda el que le sirvió de inspiración; el joven Goodman Brown de Hawthorne:

Un anciano de noventa años, en un hogar de retiro, escribe sobre su memoria más lúcida: el encuentro con el diablo en su niñez. A los nueve años —cuenta—, fue a pescar cerca a un sendero que se bifurca hacia dos “ciudades” (como se conocían en 1914 a una docena de casas aledañas entre sí), cruce prohibido por advertencia de su padre, en donde tendrá un terrorífico encuentro que incluso ahora sigue atormentándolo por las noches.

El relato está escrito en primera persona y narrado con un lenguaje bastante sencillo (aunque no simple), capaz de meterte en el ambiente e imaginar todo lo sucedido (hasta donde puedas fiarte de la memoria del anciano, que él mismo pone en cuestión). Me gustó especialmente la descripción encarnizada del demonio, con un interior fulgente cuyo brillo amenazaba con escapar de sus ojos de cuencos vacíos, unos dientes afilados y unas largas garras al final de sus dedos huesudos. Los temas que maneja King están sutilmente presentes; el temor constante de la pérdida (la muerte de la madre de la misma forma que la del hermano), el mal inherente que acecha sin ningún sentido específico (como la desobediencia o el mal comportamiento), así como la impugnación de la presencia misma de la divinidad de las oraciones en detrimento de la propia suerte.

“El hombre del traje negro” no es un relato que asuste en absoluto (aunque hoy en día, ¿cuál lo hace?), y que incluso tiene en él esa inocencia infantil como para contárselo a los más pequeños en una noche de apagón. Es entretenido y está bien escrito, sin llegar a ser brillante.

El joven Goodman Brown

Hawthorne tiene un pasado que lo avergüenza; su abuelo tuvo una participación activa en los juicios de Salem en el que se quemaron muchas personas (especialmente mujeres) acusadas de herejía. Quizá escribió esto en un día de especial pesimismo. Goodman Brown —en el mismo pueblo de Salem— se despide de su mujer, Faith (nombre simbólico) para emprender un viaje en lo más oscuro del bosque (con una ambientación y descripción brutal). Allí se encontrará con su propio Doppelgänger, solo que unos años mayor que él, que es a su vez la representación que tomó “el maestro” (que no es otro que el diablo, cuya presencia es la única coincidencia con el relato de King). Mientras va caminando, Goodman se da cuenta que al mismo lugar se dirigen personas que él creía completamente puritanas y que admiraba (la señora que le enseñó la catequesis, el pastor, y el diácono entre ellos), hasta llegar a un aquelarre donde no solo él, sino la persona que menos esperaba, recibiría su satánica comunión: Faith.

Goodman Brown despierta en su casa, sin saber si lo que pasó fue la realidad o una experiencia onírica. Ve a la gente del pueblo que lo saluda, pero nunca más será capaz de verlos con los mismos ojos; su trato se vuelve hosco (incluso con su mujer), y muere en la tristeza.

Hawthorne utiliza este cuento (como él mismo llamaba a sus relatos) a modo de parábola sobre la perversión espiritual del hombre, incluso de los líderes en los que la gente suele creer ciegamente. La maldad dentro de la naturaleza humana, el alejamiento de lo divino y la hipocresía.

Este también me gustó, aunque la agenda del autor es bastante explícita. Tampoco es algo que sorprenda demasiado, pero puede considerarse una narración interesante de una visión personal.

Atrapa al pez dorado — David Lynch

Este es probablemente el libro que menos me gustó; aunque me agradaron algunas anécdotas que Lynch cuenta en torno a la realización de películas como Lost Highway o INLAND EMPIRE!, la mayor parte del libro tiene un tufillo a misticismo barato y a positivismo excesivo. Para mí , todo el tema de la meditación trascendental no terminó de cuajar. Aunque ojo, sigo considerando que es un excelente director.

Notas para un seminario sobre Foucault — Mario Montalbetti

Este poemario me encantó; desde hace un tiempo que Montalbetti reduce “el signo solamente al significante”.

Hace cinco años yo había escrito:

[…]Ahora, ese proceso informativo puede ser intencional o no intencional. En el segundo caso, manifestaciones naturales que entendemos de una u otra forma. En el primero, creo que un signo como emisor no transmite o comunica nada en sí mismo si es que no hay un receptor, porque no tendría un sentido. Por lo tanto, no existiría como forma de lenguaje: una de sus características es ser artificial, vacío. Dependiendo de la asignación que se le haga. Sin embargo, la transformación de fonemas utilizados en el lenguaje y el habla; también son símbolos más abstractos cuya asociación se dio por conveniencia general a través del tiempo.
Si cada emisor te toma como elemento cambiante y te transforma en palabras transmitidas por medio de la lengua o el lenguaje; y estas varían no solo con los que trasmiten el mensaje sino también con los receptores, eso quiere decir que cuando tomamos a alguien y lo convertimos en objeto abstracto utilizado en un código de información (de múltiples formas y características) esto no sólo es exclusivo de las personas. Cualquier símbolo o signo que contenga ese ‘algo’ (ni siquiera un objeto necesariamente, un concepto por ejemplo) puede coger ese ‘yo’ y convertirlo en múltiples imágenes exteriores. Por lo tanto, eso nos lleva a preguntarnos… ¿Qué tanto conocemos del mundo real y qué es imaginario? Pero lo que nos funciona está fuera de discusión. Aún así es interesante ver que, si a nivel interno nosotros mismos nos representamos de cierta forma (como la queremos ver, que no es precisamente la ‘verdadera’ -si es que existe alguna-) entonces, ¿cuál sería la representación real de lo inmaterial? ¿No sería acaso la que nosotros le asignemos como sus “creadores”? Pero quiénes ‘nosotros’. Incluso en ese momento se convierte en un simple espejismo.
Y es curioso pensar que, si es que como forma de comunicación no intencional se dan los elementos y símbolos (o signos) cuya intención de origen no es transmitir el significado que le asignamos; entonces nosotros estamos todo el tiempo comunicando de manera no intencional.
A pesar de que pensemos lo contrario.

 

Montalbetti explora los límites del mismo lenguaje en una estructura bastante rompedora y orginal, que fluye a través de divisiones que llama “Seminarios” y que emulan clases de enseñanza con una narrativa poética (y un poema propiamente dicho en medio), con muchas referencias a obras y autores de diversa índole, sobre todo lingüistas y filósofos. El poemario tiene pocos meses de publicación (es de este año  2018), pero ya nos deja claro que el panorama de la poesía peruana actual todavía conserva una gran calidad, si bien no es como hace unas pocas décadas. Es 100% el poemario de un lingüista.

Hotel Nómada — Cees Nooteboom

Leí «Hotel Nómada» de Nooteboom, del que pensé que solo era un libro de viajes, pero no, es mucho más que eso: es un tratado del movimiento, un ensayo, una búsqueda profunda y constante, con bastante poesía y filosofía a través de experiencias en la África olvidada; Gambia, Malí, Dakar, pero también México, Bolivia y hasta Perú. Un sinfín de referencias, desde pintores, fotógrafos, músicos y naturalistas que no conocía, hasta Joyce, Borges y Proust. Reflexiones sobre las diferencias, la ignorancia, los prejuicios, el desconocimiento y lo que nos es ajeno. Y todo esto sin mencionar los dos últimos capítulos que son una mezcla de ficción y crónica espectacular. Este es mi libro favorito del mes de mayo.

Watchmen — Alan Moore y Dave Gibson

Snyder no entendió Watchmen. Que la mayor parte de las escenas sean un calco, no significa que la adaptación haya sido buena. El desarrollo y la profundización de los personajes es totalmente diferente, también se perdió toda la información adicional que se agrega al final de cada capítulo del cómic (que me recordó a los geniales Interludios de «Ciudad en llamas» de Hallberg por su variedad: desde artículos periodísticos, a diarios personales o publicidad). La narrativa de Moore es alucinante, y evidentemente le quedó demasiado grande al director; la manera en la que logra plasmar la sensación de una percepción del tiempo no lineal —en la escena de Marte— es algo que ya quisieran conseguir muchos otros escritores, incluso de la buena literatura.

El intento de incluir la historia del náufrago y los piratas (en la versión extendida, por medio de una secuencia de animación), va totalmente en contra de la dinámica original. El personaje de Ozymandias es un chiste (no debió eliminar al Capitán Metrópolis), nunca se profundiza en él, al igual que el tratamiento que le dieron al detonador del exilio de Manhattan, y eso sin mencionar el preciosismo pretencioso y grandilocuente de la música forzada y las batallas en slow motion para darle espectacularidad (igual con algunos planos que tratan de exaltar la fotografía). Los trajes que llevan también son una tontería. Se supone que son un puñado de adultos usando mallas y que se avergüenzan de sí mismos, no unos superhéroes con disfraces cool. Night Owl bajaba de Archie de una escalera, no saltando en cámara lenta y a contrapicado.

Le quitó toda la humanidad, el patetismo y las taras mentales y psicológicas a los personajes, haciéndolos ver más como unos superhéroes desarraigados que sin embargo tenían algo para decir y para hacer. El mismo Rorschach está bastante desdibujado y desaprovechado, a pesar de la buena actuación y la apariencia física del intérprete (hasta cambió una escena suya totalmente [una crucial para entender al personaje], y a su psiquiatra se lo presenta muy por encima). En la película, Rorschach deja su diario en un periódico random, mientras que en la obra original se profundiza en el New Frontiersman (incluso incluyendo un artículo periodístico del director); publicación conservadora de extrema derecha (con todos sus temas recurrentes afines al racismo [incluso justifican al KKK] y al nacionalismo radical), en el que se defiende a los enmascarados como patriotas (y mantiene una confrontación con otro diario al que acusa de rojo). Es este diario el que salió en defensa de Rorschach cuando lo metieron preso, y el único que él compraba por estar en sintonía con sus ideas (al final les dedica unas palabras en sus notas, agradeciéndoles).

Rorschach era un psicótico bastante fascista, y obviamente todo eso se perdió con Snyder.

El final es totalmente diferente también (aunque ese punto en la película sí está más o menos logrado, ya que era necesario por el rumbo que estaban tomando las cosas), y eso significó omitir subtramas interesantes. Creo que lo que más funciona es la secuencia de créditos inicial, que es un detalle exclusivo del film y representa una síntesis muy buena; especialmente la mezcla de imágenes y música.

Lo irónico es que incluso con todo eso, sigue estando en el TOP de las mejores películas del género. Pero eso es porque la mayoría son malas, y esta es decente (junto a otras excepciones).

Ah, y decirle “novela gráfica” creo que es una ofensa para el autor, puesto que odiaba esa “definición” comercial que lo único que busca es dotar a los cómics de un cariz de madurez. No hay que olvidar que surgió en los 80 precisamente por cómics como el suyo.

En fin, no por nada Moore intentó que quitaran su nombre de los créditos. Además que se negó a recibir dinero por ella.

Novela de Ajedrez — Stefan Zweig 

Me gustó, es muy buena. Pero no diría que es una obra maestra, siento que le faltó algo; es la primera vez que leo a Zweig, y su prosa es bastante diáfana, quizá demasiado. Creo que no tiene ciertas sutilezas que se necesitan para que el lector sea activo con la obra, algunos detalles implícitos… Te lo dice todo. Aun así, está muy bien. El libro se divide básicamente en dos tipos de narrativa, primera y segunda persona.

El protagonista innombrado (a lo Fight Club) está conversando con un amigo suyo en un crucero, y este le hace un resumen de la biografía del campeón de ajedrez que también va a viajar en el barco (de Nueva York a Argentina). Un obtuso individuo sin ninguna luz intelectual, cuyo único talento en la vida, literalmente, es jugar bien al ajedrez (algo así como Komugi con el Gungi). Luego la narración vuelve a la primera persona, en la que para matar el aburrimiento del crucero (del que Zweig no ahonda en detalles) él y otros pasajeros (en el que destaca uno especialmente, bastante impetuoso) tratan de retar al campeón a una partida, consiguiéndolo no sin antes desembolsar bastante dinero. Creo que en este punto el estilo me recordó un poco a la nueva novela francesa de Sarraute, en el que lo personajes no eran más fantasmas y bosquejos intangibles a servicio de la anécdota de la historia (la esposa del primer narrador aparece un segundo, sin decir palabra alguna). En todo caso, en los únicos que se profundiza es tanto en el campeón, como en el señor B., que vendría a ser el salvador de la última partida en el que evita la humillación de los aficionados llegando a tablas.

Aquí viene otra narración en primera persona, la que el señor B. Le cuenta al narrador sobre la razón por la que es tan bueno en ajedrez. Como carta de despedida —antes de suicidarse—, Stefan Zweig escribiría:

«Antes de dejar la vida por mi propia voluntad y en pleno uso de mis facultades mentales, me urge cumplir con un último deber: agradecer de todo corazón a este maravilloso país que es Brasil que nos haya ofrecido a mí y a mi trabajo una tregua tan bondadosa y hospitalaria. He aprendido a querer a este país más cada día y en ningún otro lugar me hubiese gustado más reconstruir de nuevo mi vida, una vez que el mundo de mi propia lengua se ha hundido para mí, y Europa, mi patria espiritual, se ha destruido a sí misma.

Pero una vez cumplidos los sesenta años haría falta una fuerza especial para empezar otra vez de nuevo. Y las mías están agotadas por los largos años de peregrinar sin patria. Por eso me parece mejor concluir a tiempo y con ánimo sereno una vida para la que el trabajo intelectual siempre fue la alegría más pura y la libertad personal el mayor bien sobre la Tierra.

Saludo a mis amigos. ¡Ojalá puedan aún ver el amanecer! Yo, demasiado impaciente, me adelanto a ellos.

22 de febrero de 1942».

Esto es bastante esclarecedor sobre la experiencia del señor B. Con los nazis. Zweig se suicidó, junto a esposa, en el preciso auge del nacional socialismo y los triunfos de Hitler (días después de mandar la novela por correo a la editorial). Dando a Europa por perdida y temiendo nunca volver a un continente libre, prefirió quitarle la vida. Es desde esta aversión a la opresión en la que su personaje cuenta su historia; pertenecía a un grupo selecto de prisioneros que no sufrían torturas físicas en los campos de concentración, porque de ellos querían extraer información valiosa o dinero. Siendo un noble vienés al que la monarquía confiaba la administración de sus bienes, lo sometieron a la peor de las torturas psicológicas: la nada. Encerrado en una habitación de hotel sin absolutamente ningún elemento estimulante, gracias al robo de un libro de partidas de ajedrez de los grandes maestros, pudo recrear los juegos en su mente una vez descifrado esos cogidos casi algebráicos, para luego jugar consigo mismo hasta caer en la obsesión y la locura.

La humildad del señor B. Y la soberbia del campeón que veía a todos los diletantes por encima del hombro, genera un contraste de naturalezas tremendo, acentuado más aún en la última partida, en la que también salen a flote los antiguos traumas de los métodos nefastos de tortura psicológica (quizá peor que la física) de los nazis. El final me gustó por esa misma razón.

Le daría un 8 quizá 🤔. Igual es una nouvelle bastante buena, una de las mejores que he leído. Eso sí, puede lleerla cualquiera, así no sepa ajedrez. Pero tal vez se disfrute más si lo conoces.

El oro de Cajamarca — Jakob Wassermann

A pesar de su inexactitud histórica, me gustó más que la “Novela de Ajedrez” de Zweig; es muy interesante que esa editorial Navona haya sacado una colección de “ineludibles” de libros y autores que fueron muy populares en una época —en este caso, a principios del siglo XX—, pero que ahora han sido dejados de lado, injustamente, por el paso del tiempo, quedando solo “el canon ”. Wassermann era incluso más conocido que Thomas Mann en esos años, llegando a eclipsarlo (algo como Salieri y Mozart).

Pensé que podría ser un poco extraña la visión que podía tener un alemán a principios del siglo XX sobre la conquista española. Pero no. El oro de Cajamarca va mucho más allá de la simple novela histórica que narra un suceso concreto, es una reflexión sobre la voracidad y la ambición de la civilización occidental, de la crítica y el remordimiento por la destrucción de una cultura diferente, tanto a la monarquía como a la iglesia y a la misma naturaleza del hombre. El personaje de Atahualpa es totalmente avasallador. Me gustó bastante.

Mishima a la visión del vacío — Marguerite Yourcenar

Volví a leer después de 4 días, lo había dejado al 15%; más o menos hasta ahí se me estaba haciendo tedioso, pero luego se puso interesantísimo y no pude parar de leer hasta terminar el libro. Me gustan los títulos que les suelen poner a los ensayos literarios, ya que son bastante relevadores sobre la tesis presentada respecto al autor. Los de Vargas Llosa son mis favoritos, “La utopía arcaica”, “La tentación de lo imposible”, “Historia de un deicidio”, etc. Pero la diferencia es que mientras en esos ensayos se profundiza más en los detalles de la obra del autor, analizando fragmentos y utilizando bibliografía, lo que hace Yourcenar es solo darte una aproximación de Mishima, tanto con algunos aspectos biográficos de su vida, como con los resúmenes comentados y descritos —según su percepción personal— de sus novelas y de su teatro Nō. En la primera parte te cuenta sobre sus trabajos tempranos, pero en la segunda se centra casi exclusivamente en “El mar de la fertilidad”, contrapiéndolo, como declaración testamentaria, al propio ocaso de su vida y finalmente a su suicidio. La parte final de «El ángel en descomposición» (la última novela de la tetralogía), con esa visión del vacío en una bóveda celeste, el cielo, en el que no hay absolutamente nada más que lo etéreo, es absolutamente brutal. Me gustó mucho más de lo que pensaba que me gustaría.

También escribí esto (en base solo a la narración de Yourcenar):

«Una muerte que me impresionó hoy fue la de Mishima en la película Patriots, junto a su esposa. Él se abre el vientre en seppuku y se le salen todas las tripas y vísceras, mientras que con sus últimas fuerzas alza la daga con la mano temblorosa y se la clava en la garganta. Su esposa, ya con el kimono blanco casi rojo al completo por la sangre, coge la navaja y se corta la yugular, cayendo sobre las tripas del teniente. Luego de eso hacen un primer plano a la ventana, a través de cuyo cristal aparece un pino cubierto por la nieve del invierno japonés, imperturbable y perenne».

El novelista ingenuo y el sentimental  — Orhan Pamuk 

La primera vez que leí a Pamuk, hace varios años ya, no me terminó de convencer. Su novela Nieve (de la que hoy en día solo tengo un vago recuerdo  más allá de mis notas) se me hizo correcta, pero me dejó más bien indiferente. Esta vez le di la oportunidad a su no ficción, pero el resultado no fue muy distinto. Me pareció regular; básicamente es un ensayo que escribió para unas conferencias en la Universidad de Harvard, la Cátedra Norton. Allí presenta sus diferentes tesis sobre la novela y sus lectores, como base otra sobre la poesía de Schiller en la que se diferencia al novelista ingenuo del sentimental (más objetivo y racional). También explora otras ideas como las de “el centro de la novela” con las que personalmente no comulgo, y deja entrever un cierto desprecio a las «novelas de género». A pesar de ello, algunas curiosidades que cuenta me agradaron (como la anécdota de las postulantes universitarias leyendo a Proust), otras se me hicieron inverosímiles. También pude anotar algunos nombres de escritores que no conocía, a los que usa como referencia o que simplemente menciona (además de un par de ensayos de Poe y Eliot que desconocía).

Dora Bruder — Patrick Modiano

Leí dos libros en la madrugada; Dora Bruder de Patrick Modiano y El cortador de cañas de Junichiro Tanizaki.

El de Modiano me pareció regular. De por sí es interesante y —más o menos— original la manera de abordar el tema: Modiano se funde con el narrador y realiza una “investigación” de las huellas y los pasos de la niña perdida en el 41, que acabó en un campo de concentración durante la Ocupación alemana en Francia; esto resulta ser una excusa para contar anécdotas biográficas, reflexiones, recuerdos, que se combinan con retazos de la época pasada en contraste con la suya en ese momento. Sin embargo, al autor lo veo como una especie de hermano menor de Perec. Donde la narrativa de este llega a alcanzar cotas de una calidad extraordinaria que motivan la imaginación del lector aunque se estén contando cosas aparentemente anodinas, en su compatriota todo esto se fragmenta en descripciones, repeticiones una y otra vez de lo mismo, reproducciones íntegras de documentos, y similares. No logra captar la suficiente atención del lector, volviendo su libro, aunque corto, en un texto algo aburrido con el que no terminas de conectar y en el que ya te esperas lo que seguirá a continuación. Es una novela con elementos buenos, pero no diría que es una gran novela.

El cortador de cañas — Junichiro Tanizaki

El de Tanizaki sí me gustó mucho. Más de lo que creí al principio; el comienzo del relato puede parecerle tedioso al lector occidental por todas las descripciones referenciales —a la poesía antigua y a la nobleza— y paisajísticas de un Japón tradicional en el que todavía se encuentran lugares que escapan de las guerras de la occidentalización (es el año 32). Pero después de eso, cuando el narrador se encuentra con el extraño que también contempla la luna en el plenilunio de otoño, es que empieza a ponerse mejor: el relato de un triángulo amoroso bastante evocativo, en cuyos personajes (especialmente el de la dama de Oyû, pero también su hermana Oshizu y Shinnosuke) se revelan arquetipos puros e inocentes, casi infantiles, envueltos en una historia sumamente bella y poética, que por momentos llega hasta el erotismo. El elemento final de fantastique, que deja un rastro de ambigüedad y desconcierto, también está muy acertado y a tono. Se siente casi como leer un cuento japonés de hace muchos siglos atrás, con toda la música y la estética de la época. Hasta —a diferencia de la novela anterior— se me hizo bastante corto. Me dejó con ganas de repetir con Tanizaki.

La vegetariana — Han Kang

Ya terminé «La vegetariana» (Man Booker 2016); la edición tiene un prólogo bastante chido, y al finalizar la novela —a modo de epílogo—, hay una entrevista con la autora, un texto de la traductora, y una carta de la editorial (que se llama :Rata_, una nueva editorial española que llama a la gente de CEDRO como “Los hombres de negro” cuando tiene que aclarar sobre las restricciones y prohibiciones de la reproducción del libro, y que habla sobre los árboles en los que fue impreso el libro pero también los de Corea), además de algún fragmento manuscrito.

El libro vale la pena. La protagonista, una mujer anodina, un día se levanta y —como si hubiera sufrido una metamorfosis kafkiana— decide tirar toda la carne a la basura, ante el desconcierto de su marido y posteriormente del de sus familiares. Pero no es un tratado de veganismo o una novela para reflexionar sobre la crueldad animal (por lo que el título puede resultar engañoso), es más el relato en tres perspectivas (marido — cuñado — hermana, con saltos de tiempo cronológicos) de una mujer que adquiere una actitud de rebeldía que roza en la locura, al más puro estilo de un Bartleby que se niega a dejarse llevar por la ola de “decadencia de la abundancia”, y a la que conocemos solo a través de los ojos de otras personas y cuya voz propia se limita a la descripción de sus pesadillas; hasta que finalmente se niega a comer en absoluto. Un árbol como existencia más natural, la muerte como elección, el trajín de la sociedad capitalista occidentalizada cuyas tradiciones están agazapadas al borde del abismo, cuando no ocultas, el rechazo a la condición humana o a la inherencia sistemática de la misma. Novela original, fresca, exótica, y recomendada 👌🏿.

Eso sí, toca temas como enfermedades mentales cuyas descripciones pueden ser un poco cruentas, violaciones, violencia, erotismo artístico.

Aunque la narrativa de la autora (no sé si por la traducción) tiene un lirismo especial, no poético, sino directo y descarnado.

Pero eso no le quita que también crea imágenes poderosas por momentos.

La sociedad del cansancio — Byung-Chul Han

Este ensayo filosófico tiene mucho que ver con “La vegetariana” (aunque prefiero la novela), en tanto nos da luz sobre la alienación del hombre actual, occidentalizado y excesivamente positivo, en una situación en la que es explotador y explotado al mismo tiempo, debido a una sociedad estructurada en el ideal del rendimiento individual (en contraposición con la sociedad autoritaria foucaultiana). Lo leí super rápido y fue de mi agrado, probablemente lea más del surcoreano-alemán.

El sentido de un final — Julian Barnes

Esta novela (Man Booker 2010) la leí por una recomendación. Fue mi segundo Man Booker del mes (además del último libro leído de mayo), y el que menos me gustó de los dos (pero eso no quiere decir que sea mala). La novela es un relato sobre la memoria (y en este punto me recordó a “Nuevos juguetes de la Guerra Fría” del escritor peruano Juan Manuel Robles), que se divide en dos partes: la primera es más entretenida, una historia de camarilla adolescente en la secundaria, y las primeras experiencias —literarias, sexuales e intelectuales— en la universidad. Realmente el libro tiene sentencias sólidas, de las que dan ganas de anotar para citar después. Sin embargo, por momentos utiliza ciertos truquillos de bestseller piscinero para generar un mayor enganche. Como la primera parte es en realidad un relato a partir de los recuerdos del narrador, el sexagenario Tony Webster, en la segunda vamos descubriendo que en realidad la memoria es más difusa y subjetiva de lo que uno pensaría. Me gustaron las reflexiones sobre la historiografía, y que aunque pensaba que sería predecible hacia el final (y de hecho, parece serlo de manera engañosa), tiene un giro de tuerca que da luz sobre los misterios del suicidio de Adrian —antiguo compañero de colegio— y su diario (leitmotiv y Macguffin que mueven la trama). Aunque el narrador y el personaje de Veronica puedan parecernos insufribles por momentos, que pueda darnos la sensación de que otros personajes están metidos para desaparecer sin demasiada relevancia, el resultado de la novela, aunque no redondo, me pareció satisfactorio.

Milagro de Octubre

Apuró el paso hacia el cruce de Tacna y Huancavelica. La multitud avanzaba en tropel con destino a la primera estación; una enorme mancha morada cuyos cánticos y plegarias se diluían entre los vestigios del invierno limeño. Apenas vislumbró el lienzo cuando comenzó el terremoto. Cristo fue el único sobreviviente.

La conciencia del límite último

“Inventar un crimen es una forma de cometerlo”.

Fajardo nos narra una historia (en parte propia, en parte fabulada) en la que el Flaco Calderón (alter-ego del autor) se ve envuelto en la empresa de redactar, para un periódico sensacionalista, un crimen inventado cada día; “la crónica del crimen insólito”.

La capa superficial de la novela negra, del género enigma y el misterio policial, sirve como vehículo transitorio para darnos a conocer el sórdido mundo de la labor periodística, además de presentarnos la reflexión íntima de una psiquis perturbada por sus propias decisiones morales, por sus limitaciones y sus pequeños triunfos. En esta nouvelle (o novela corta, formato afín a muchos escritores latinoamericanos contemporáneos), asistimos a la degradación de lo real, la superposición de lo ficticio y al agotamiento de la imaginación; siempre en constante coqueteo con la realidad, en paralelismo, como una mosca que se debate en salir o no por la ventana (imagen poderosa y presente en todo el texto). Este ejercicio de multiplicidad de géneros, que en apariencia es algo, pero en concreto va más allá, es lo que nos brinda Fajardo con una narrativa espléndida, fluida e intimista. Como sucede con la nouvelle, los personajes están apartados para el desarrollo personal del protagonista, pero sin resultar desdibujados en arquetipos suplementarios, sino que retratados en su medida justa (particularmente el equipo con el que trabaja el Flaco, su jefe Nicolás, que al final resulta más importante de lo que parece al principio, Gaspar, el inescrupuloso fotógrafo listo para recrear posiciones sangrientas inventadas, y Rosita, la secretaria y amante que representa la voz más racional).

El enigma aquí no es la respuesta sobre la identidad del asesino, sino la búsqueda de aquella sombra constante que se presenta entre el preciso punto medio del surrealismo y lo concreto.

Fajardo nos ofrece un viaje sobre la literatura misma; la capacidad de la ficción y sus límites, pero también, por la manera en que esta se desborda. No es de extrañar que se considere una de las mejores novelas escritas en español en las últimas décadas.

Después leí esta joyita:

Pero ya escribiré al respecto después.

Las cercas como prisión simbólica

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En “Corre, conejo”, Jhon Updike nos cuenta sobre Harry «Conejo» Angstrom, un antiguo as del baloncesto que ahora es un modesto vendedor en los años 60, y que un día, sin razón aparente, abandona a su esposa e hijo para andar sin rumbo fijo tratando de escapar del inexorable peso de la existencia humana.

Esto recuerda a una conversación que tiene Troy Maxson, un antiguo jugador de béisbol al que le gusta hablar en metáforas del deporte, recordar glorias pasadas y las injusticias de su tiempo, con su amigo Bono, con el que juntos son ahora recolectores de basura. Hablan de la época de sus padres, y cómo muchos solían huir de la jaula en la que estaban atrapados por sus familias, “corriendo al vacío”, hasta volver a establecerse en “nuevas tierras”.

Sin embargo, también existía otro tipo de personas. Las que aceptaban la responsabilidad de cuidar de su familia, no por un sentido afectivo, sino por el deber de hacerlo.

Es comprensible que Fences no le guste mucho a la gente. Por los comentarios que había leído, de que tiene “mucho drama”, creí encontrarme con una película algo sobreactuada, melodramática y que apela a la emoción facilista. Pero no es así. La cosa es que Fences, como dije antes, maneja un lenguaje diferente al que la mayoría está acostumbrado a ver -cimatográficamente hablando -; porque condensa el peso del guión en las actuaciones y el diálogo (algo que es más usual en el teatro). El espacio es bastante reducido, y muchos elementos que normalmente se deberían ver, se mencionan y están ahí, pero implícitamente. Personajes relevantes que nunca se muestran, lugares que tampoco aparecen. La música y la fotografía se aprecian solo en momentos claves, para liberar un tensión que vino en cascada y nunca cesó, hasta que por fin te permite respirar. La gente ve en esta película un conflicto supuestamente cotidiano, un drama familiar ambientado en un contexto específico al que le falta un discurso universal y tópico como el racismo o la pobreza. Se dejan llevar por diálogos aparentemente banales que sirven para darle énfasis a los matices de los personajes. Pero ya no ven más allá. No son capaces de apreciar las reflexiones sobre la violencia, el sentido de responsabilidad, la rutina y el vacío que provoca, los traumas que se heredan, las proyecciones, la búsqueda de liberación y salvación por medio del escape físico o mental. En fin, creo que es comprensible que no se vean todos estos elementos para el espectador común, pero de que es una gran película, lo es sin ninguna duda.

Manchester by the Moonland

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*Ilustración que pertenece al manga seinen Oyasumi Punpun, trabajo del autor japonés Inio Asano, en el que se exploran las vivencias e infortunios de Punpun (personaje representado como un pollito) desde la niñez hasta la juventud, mezclando elementos oníricos y surrealistas para expresar las emociones.

 

En 1819, el filólogo alemán Johann Morgenstern (1770 –  1852), acuñó el término Bildungsroman (novela de aprendizaje) para designar al género literario que retrata, generalmente en tres etapas (aprendizaje, peregrinación y perfeccionamiento), la maduración física y mental de un personaje.

El género ha sido desarrollado por diversos autores, con diferentes resultados. Dos de los ejemplos más notables son la novela semi-autobiográfica Retrato del artista adolescente, y la heptalogía En busca del tiempo perdido; escritas por James Joyce (1882 – 1941) y Marcel Proust (1871 – 1922), respectivamente. En El Retrato asistimos a la evolución intelectual del alter ego del autor, Stephen Dedalus, desde su primera infancia hasta la juventud (punto de partida de la universalmente conocida Ulises). Mientras que la obra de Proust está constituida por las experiencias ficcionadas del autor, la evocación de recuerdos a través de las sensaciones (como en el icónico episodio de la magdalena), la búsqueda de objetivos y la tentación de los placeres burgueses.

Bien podría decirse que la narrativa de una de las películas que nos ocupa el día de hoy, Moonlight (Barry Jenkins, 2016), pertenece a esta categoría.

Tres actores (cronológicamente: Alex R. Hibbert, Ashton Sanders y Trevante Rhodes) interpretan las etapas de la vida de un afroamericano que, en medio de las disputas del microcomercio de drogas en un ghetto de Miami, empieza a descubrir su homosexualidad.

Lo que fácilmente podría haberse convertido en un film lleno de tópicos y elementos previamente explorados en más de una ocasión, se nos presenta como un medio que Jenkins utiliza casi como excusa (pero necesaria) para mostrarnos una historia intimista sobre el autodescubrimiento y el sentido de pertenenciaen un mundo violento e injusto.

Ya en 2014, el director Richard Linklater nos presentaba Boyhood, un espectacular largometraje que fue rodado durante 12 años y que nos mostraba así el crecimiento real de los actores que encarnaban a sus personajes. Sin embargo, lo que aquí es un reflejo de la monotonía, las pequeñas alegrías y lo efímero de nuestro paso por la vida, en Moonlight se convierte en algo completamente distinto, quizá menos universal: el conflicto interno de un ser humano en particular y la manera en la que afronta -o no- las adversidades.

El guión divide las etapas, al principio mencionadas, en tres episodios separados: Little, Chiron y Black.

En Little, Alex R. Hibbert es un niño tímido al que sus compañeros acosan constantemente, hasta que un día conoce a Juan (soberbio Mahershala Ali, serio candidato para el Oscar a mejor actor de reparto), el que se convertirá para él en una especie de mentor y figura paternal, como también en un refugio. Ashton Sanders, por su parte, encarna a un Chiron lleno de inseguridades; tratando de comprenderse a sí mismo en un ambiente hostil y en circunstancias que desencadenarán situaciones límites. La tercera y  última parte, Black, nos cuenta de un Chiron (imponente Trevante Rhodes) en su edad madura, habiendo superado -aparentemente- los traumas y tabúes de juventud; para luego darse cuenta que el cambio es, a veces, una traición a nosotros mismos.

A pesar de que la película cuenta con un diseño de producción casi atemporal, seremos capaces de reconocer gracias a la combinación de la música ( a cargo de Nicholas Britel), los silencios, y al hermoso tintado azul de la fotografía que por momentos llena las escenas y personajes, los momentos claves en los que el aprendizaje, la felicidad y la desesperanza de cada etapa van a parecernos tan lejanos como una galaxia, en el ínfimo instante que abarca la vida en el tiempo.

Por último, el tema racial es prácticamente imperceptible más allá de las interacciones propias del grupo, siendo lo sexual un hilo conductor más importante (pero tampoco trascendental ni principal).

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*Vista panorámica de Manchester-by-the-Sea, pueblo ubicado en Essex County, Massachusetts.

 

Manchester-by-the-Sea es un pueblo en Massachusetts, con una población de poco más de cinco mil personas. Ya desde los años 70, el atractivo de esta ciudad portuaria ha sido retratado en películas, tales como Tell Me That You Love Me, Junie Moon (Otto Preminger, 1970) o, más recientemente, Edge of Darkness (Martin Campbell, 2010).

Sin embargo, en Manchester by the Sea (Kennet Lonergan, 2016), la locación se transforma en un personaje más, omnipresente e impermeable. Casey Affleck es Lee Chandler, un hosco y poco amigable conserje que trabaja en Quincy, que se verá obligado a regresar a su ciudad natal debido a la muerte de su hermano Joe (Kyle Chandler) y su posterior designación como tutor legal de su sobrino adolescente, Patrick (Lucas Hedges).

Aunque Lonergan solo dirigió dos películas antes de esta, erige un sólido y maduro relato que evita eficientemente los clichés melodramáticos del género, dando como resultado una realización completamente natural, con carga emotiva en los momentos correctos y con actuaciones brillantes; es decir, una dirección impecable.

Lo más destacable de la película es, sin duda, la química entre los actores Affleck y Hedges (candidatos relevantes a los papeles de mejor actor y mejor actor de reparto, respectivamente), los cuales construyen interacciones creíbles y  nada forzadas. La interpretación de Affleck como el poco sociable Lee es estupenda, desborda al personaje tanto que por momentos no solo sentimos empatía por él, sino emociones sinceras de desaprobación o lástima. La crónica de una tragedia anunciada desde el tiempo pasado con el uso de flashbacks, el uso de la música en las situaciones de mayor tensión (como el incomparable Adagio de Albinoni), los fragmentos realistas que parecen sacados directamente de la cotidianidad (como el no poder levantar una camilla en medio de una desgracia), la forma de afrontar la pérdida de un ser querido, los chispazos esporádicos de humor y, en fin, la presentación del conflicto de manera clara; su resolución y conclusión satisfactoria (argumentalmente hablando), hacen de Manchester by the Sea una de las mejores películas del año, con una libertad creativa de película independiente.

Mención especial para Michelle Williams, actriz que interpreta a Randi, la ex esposa de Lee. Aunque aparece por pocos minutos, su actuación es digna de destacar (y, de hecho, está nominada a mejor actriz de reparto).

A no ser que Denzel Washington de la sorpresa por su interpretación en Fences (Denzel Washington, 2016), Casey Affleck es el favorito para hacerse con la estatuilla este año.

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*Homenaje que evoca la icónica escena del famoso musical Singin’ in the Rain (Stanley Donen, 1952).

 

No es sorpresa que La La Land (Damien Chazelle, 2016), que ha venido arrasando de un tiempo para acá con diversos reconocimientos y galardones (como en los Golden Globes o los SAG Awards), haya recibido 14 nominaciones para los Oscars, igualando el recórd que ahora ostenta junto a Titanic (James Cameron, 1997) y All About Eve (Joseph L. Mankiewicz, 1950). El éxito del ahora boom de La La Land fue, en principio, una sorpresa. Los musicales han sido, por lo general, relegados y menospreciados ante las producciones dramáticas, considerándolos solo en categorías más técnicas relacionadas al vestuario, la escenografía o al sonido. Pero La La Land no es solo un musical, sino una película redonda, bien interpretada y con un guión magnífico que contiene no solo homenajes logrados a películas específicas combinando los colores, la iluminación y la luz natural con elementos concretos que rememoran a lo que se pretende homenajear, sino que lo es de toda la industria y lo que representa; siendo a su vez un agasajo visual para cualquier cinéfilo -adepto a los musicales o no- que se precie de serlo. Así como Birdman (Alejandro Iñárritu, 2014) canalizaba el lado más oscuro del Hollywood actual y de sus espectadores, La La Land nos muestra el más glamoroso y brillante (o la ilusión de ello, con todas sus desavenencias y éxitos).

La película atrae desde el travelling inicial, y el secreto de su popularidad entre los que no son amantes de los musicales, es que la historia se construye no solo por la música, que es tan solo un elemento que se siente necesario para mover la trama, sino por el equilibrio entre la misma y las escenas puramente actuadas, con secuencias musicales adecuadamente cortas (salvo un par de ocasiones que, a mi parecer, se alargaron de manera excesiva o que fueron un poco anticlimáticas). El argumento está dividido en cuatro partes bien marcadas, tanto en nombre (Primavera – Verano – Otoño – Invierno), que recuerdan a Le quattro stagioni de Vivaldi, como en ambientación, estilo, música, temática, y trama. Otro punto muy logrado fue la calidad del jazz y el de las canciones originales.

Aunque la propuesta inicial sea bastante sencilla (una aspirante a actriz, Mia [Emma Stone], conoce a Sebastian [Ryan Gosling] un músico de jazz desempleado, e inician una relación sentimental y de apoyo mutuo para poder cumplir sus sueños en la ciudad de Los Ángeles), la ejecución de Chazelle (Wiplash, 2014) es, sin duda alguna, bastante destacable. No me sorprendería que se llevara uno de los premios mayores en los Oscars, y me refiero al del mejor director.

Algo que me pareció notar es una referencia sutil a la película francesa Jeux d’enfants (Yann Samuell, 2003), ya que dos de sus secuencias equivalentes (los que han visto ambas sabrán de lo que hablo), son peligrosamente similares.

En cuanto a Stone y a Gosling, consiguen interpretaciones correctas, de un nivel alto y acorde con el film (aunque no brillantes, por lo que considero que hay mejores opciones para las categorías de mejor actriz [Isabelle Huppert es la favorita] y mejor actor [Casey Affleck, entre ellos]), y como dupla se sienten muy naturales.

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*Leonardo DiCaprio, al recibir la preciada estatuilla a mejor actor por The Revenant (Iñárritu, 2015).

 

Para finalizar estas breves reseñas, decir que pienso que tanto Moonlight, como Manchester by the Sea, y La La Land (especialmente esta y la primera) son las que más posibilidades tienen de coronarse como la mejor película del año. Ahora solo queda esperar hasta el 26 de febrero, despiértenme hasta entonces.

Reflexiones en una banca del parque Kennedy

El mundo es una isla en el océano de la noche

Una isla que no podemos abandonar

Las estrellas, náufragos del cristal de un catalejo

De treinta o treintaidós centímetros

En el polo celeste el niño alado

Al lado de la Polar y la Osa Mayor

93 mil millones de universo observable

93 mil millones de bramidos en el mar

Que se expanden en la bruma y se pierden para siempre

Y aún más pequeños, los hombres

[se contraen

Con la señal de auxilio pintada en el rostro

Con las barbas crecidas y el estómago hambriento

En el lejano punto azul al que llamamos Tierra

Desde el lugar en el que debemos elegir

El MIR o la muerte; quizá la salvación

[la ilusión

De un dios que viene por nosotros en su arca de madera

Para conducirnos, de dos en dos, a un nuevo hogar

Como el que imaginamos en los sueños de los martes

Después de desayunar, de camino al trabajo

Al igual que Dante, Milton y otros náufragos perdidos

Sin saber a dónde ir, y si esto alguna vez fue posible

En 14 mil millones de años, en algún momento antes del tiempo

Pero nada de eso importa

Porque el mundo es una isla

Y no podemos huir de ella.

 

[Black Mirror] Ranking de los 13 episodios

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De peor a mejor:

13.- Nosedive

12.- Men Against Fire

11.- The Waldo Moment

10.- Playtest

9.- Shut Up and Dance

8.- White Bear

7.- Be Right Back

6.- Fifteen Million Merits

5.- White Christmas

4.- San Junipero

3.- The National Anthem

2.- Hated in the Nation

1.- The Entire History of You

 

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