Manchester by the Moonland

por patrickjmacosta

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*Ilustración que pertenece al manga seinen Oyasumi Punpun, trabajo del autor japonés Inio Asano, en el que se exploran las vivencias e infortunios de Punpun (personaje representado como un pollito) desde la niñez hasta la juventud, mezclando elementos oníricos y surrealistas para expresar las emociones.

 

En 1819, el filólogo alemán Johann Morgenstern (1770 –  1852), acuñó el término Bildungsroman (novela de aprendizaje) para designar al género literario que retrata, generalmente en tres etapas (aprendizaje, peregrinación y perfeccionamiento), la maduración física y mental de un personaje.

El género ha sido desarrollado por diversos autores, con diferentes resultados. Dos de los ejemplos más notables son la novela semi-autobiográfica Retrato del artista adolescente, y la heptalogía En busca del tiempo perdido; escritas por James Joyce (1882 – 1941) y Marcel Proust (1871 – 1922), respectivamente. En El Retrato asistimos a la evolución intelectual del alter ego del autor, Stephen Dedalus, desde su primera infancia hasta la juventud (punto de partida de la universalmente conocida Ulises). Mientras que la obra de Proust está constituida por las experiencias ficcionadas del autor, la evocación de recuerdos a través de las sensaciones (como en el icónico episodio de la magdalena), la búsqueda de objetivos y la tentación de los placeres burgueses.

Bien podría decirse que la narrativa de una de las películas que nos ocupa el día de hoy, Moonlight (Barry Jenkins, 2016), pertenece a esta categoría.

Tres actores (cronológicamente: Alex R. Hibbert, Ashton Sanders y Trevante Rhodes) interpretan las etapas de la vida de un afroamericano que, en medio de las disputas del microcomercio de drogas en un ghetto de Miami, empieza a descubrir su homosexualidad.

Lo que fácilmente podría haberse convertido en un film lleno de tópicos y elementos previamente explorados en más de una ocasión, se nos presenta como un medio que Jenkins utiliza casi como excusa (pero necesaria) para mostrarnos una historia intimista sobre el autodescubrimiento y el sentido de pertenenciaen un mundo violento e injusto.

Ya en 2014, el director Richard Linklater nos presentaba Boyhood, un espectacular largometraje que fue rodado durante 12 años y que nos mostraba así el crecimiento real de los actores que encarnaban a sus personajes. Sin embargo, lo que aquí es un reflejo de la monotonía, las pequeñas alegrías y lo efímero de nuestro paso por la vida, en Moonlight se convierte en algo completamente distinto, quizá menos universal: el conflicto interno de un ser humano en particular y la manera en la que afronta -o no- las adversidades.

El guión divide las etapas, al principio mencionadas, en tres episodios separados: Little, Chiron y Black.

En Little, Alex R. Hibbert es un niño tímido al que sus compañeros acosan constantemente, hasta que un día conoce a Juan (soberbio Mahershala Ali, serio candidato para el Oscar a mejor actor de reparto), el que se convertirá para él en una especie de mentor y figura paternal, como también en un refugio. Ashton Sanders, por su parte, encarna a un Chiron lleno de inseguridades; tratando de comprenderse a sí mismo en un ambiente hostil y en circunstancias que desencadenarán situaciones límites. La tercera y  última parte, Black, nos cuenta de un Chiron (imponente Trevante Rhodes) en su edad madura, habiendo superado -aparentemente- los traumas y tabúes de juventud; para luego darse cuenta que el cambio es, a veces, una traición a nosotros mismos.

A pesar de que la película cuenta con un diseño de producción casi atemporal, seremos capaces de reconocer gracias a la combinación de la música ( a cargo de Nicholas Britel), los silencios, y al hermoso tintado azul de la fotografía que por momentos llena las escenas y personajes, los momentos claves en los que el aprendizaje, la felicidad y la desesperanza de cada etapa van a parecernos tan lejanos como una galaxia, en el ínfimo instante que abarca la vida en el tiempo.

Por último, el tema racial es prácticamente imperceptible más allá de las interacciones propias del grupo, siendo lo sexual un hilo conductor más importante (pero tampoco trascendental ni principal).

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*Vista panorámica de Manchester-by-the-Sea, pueblo ubicado en Essex County, Massachusetts.

 

Manchester-by-the-Sea es un pueblo en Massachusetts, con una población de poco más de cinco mil personas. Ya desde los años 70, el atractivo de esta ciudad portuaria ha sido retratado en películas, tales como Tell Me That You Love Me, Junie Moon (Otto Preminger, 1970) o, más recientemente, Edge of Darkness (Martin Campbell, 2010).

Sin embargo, en Manchester by the Sea (Kennet Lonergan, 2016), la locación se transforma en un personaje más, omnipresente e impermeable. Casey Affleck es Lee Chandler, un hosco y poco amigable conserje que trabaja en Quincy, que se verá obligado a regresar a su ciudad natal debido a la muerte de su hermano Joe (Kyle Chandler) y su posterior designación como tutor legal de su sobrino adolescente, Patrick (Lucas Hedges).

Aunque Lonergan solo dirigió dos películas antes de esta, erige un sólido y maduro relato que evita eficientemente los clichés melodramáticos del género, dando como resultado una realización completamente natural, con carga emotiva en los momentos correctos y con actuaciones brillantes; es decir, una dirección impecable.

Lo más destacable de la película es, sin duda, la química entre los actores Affleck y Hedges (candidatos relevantes a los papeles de mejor actor y mejor actor de reparto, respectivamente), los cuales construyen interacciones creíbles y  nada forzadas. La interpretación de Affleck como el poco sociable Lee es estupenda, desborda al personaje tanto que por momentos no solo sentimos empatía por él, sino emociones sinceras de desaprobación o lástima. La crónica de una tragedia anunciada desde el tiempo pasado con el uso de flashbacks, el uso de la música en las situaciones de mayor tensión (como el incomparable Adagio de Albinoni), los fragmentos realistas que parecen sacados directamente de la cotidianidad (como el no poder levantar una camilla en medio de una desgracia), la forma de afrontar la pérdida de un ser querido, los chispazos esporádicos de humor y, en fin, la presentación del conflicto de manera clara; su resolución y conclusión satisfactoria (argumentalmente hablando), hacen de Manchester by the Sea una de las mejores películas del año, con una libertad creativa de película independiente.

Mención especial para Michelle Williams, actriz que interpreta a Randi, la ex esposa de Lee. Aunque aparece por pocos minutos, su actuación es digna de destacar (y, de hecho, está nominada a mejor actriz de reparto).

A no ser que Denzel Washington de la sorpresa por su interpretación en Fences (Denzel Washington, 2016), Casey Affleck es el favorito para hacerse con la estatuilla este año.

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*Homenaje que evoca la icónica escena del famoso musical Singin’ in the Rain (Stanley Donen, 1952).

 

No es sorpresa que La La Land (Damien Chazelle, 2016), que ha venido arrasando de un tiempo para acá con diversos reconocimientos y galardones (como en los Golden Globes o los SAG Awards), haya recibido 14 nominaciones para los Oscars, igualando el recórd que ahora ostenta junto a Titanic (James Cameron, 1997) y All About Eve (Joseph L. Mankiewicz, 1950). El éxito del ahora boom de La La Land fue, en principio, una sorpresa. Los musicales han sido, por lo general, relegados y menospreciados ante las producciones dramáticas, considerándolos solo en categorías más técnicas relacionadas al vestuario, la escenografía o al sonido. Pero La La Land no es solo un musical, sino una película redonda, bien interpretada y con un guión magnífico que contiene no solo homenajes logrados a películas específicas combinando los colores, la iluminación y la luz natural con elementos concretos que rememoran a lo que se pretende homenajear, sino que lo es de toda la industria y lo que representa; siendo a su vez un agasajo visual para cualquier cinéfilo -adepto a los musicales o no- que se precie de serlo. Así como Birdman (Alejandro Iñárritu, 2014) canalizaba el lado más oscuro del Hollywood actual y de sus espectadores, La La Land nos muestra el más glamoroso y brillante (o la ilusión de ello, con todas sus desavenencias y éxitos).

La película atrae desde el travelling inicial, y el secreto de su popularidad entre los que no son amantes de los musicales, es que la historia se construye no solo por la música, que es tan solo un elemento que se siente necesario para mover la trama, sino por el equilibrio entre la misma y las escenas puramente actuadas, con secuencias musicales adecuadamente cortas (salvo un par de ocasiones que, a mi parecer, se alargaron de manera excesiva o que fueron un poco anticlimáticas). El argumento está dividido en cuatro partes bien marcadas, tanto en nombre (Primavera – Verano – Otoño – Invierno), que recuerdan a Le quattro stagioni de Vivaldi, como en ambientación, estilo, música, temática, y trama. Otro punto muy logrado fue la calidad del jazz y el de las canciones originales.

Aunque la propuesta inicial sea bastante sencilla (una aspirante a actriz, Mia [Emma Stone], conoce a Sebastian [Ryan Gosling] un músico de jazz desempleado, e inician una relación sentimental y de apoyo mutuo para poder cumplir sus sueños en la ciudad de Los Ángeles), la ejecución de Chazelle (Wiplash, 2014) es, sin duda alguna, bastante destacable. No me sorprendería que se llevara uno de los premios mayores en los Oscars, y me refiero al del mejor director.

Algo que me pareció notar es una referencia sutil a la película francesa Jeux d’enfants (Yann Samuell, 2003), ya que dos de sus secuencias equivalentes (los que han visto ambas sabrán de lo que hablo), son peligrosamente similares.

En cuanto a Stone y a Gosling, consiguen interpretaciones correctas, de un nivel alto y acorde con el film (aunque no brillantes, por lo que considero que hay mejores opciones para las categorías de mejor actriz [Isabelle Huppert es la favorita] y mejor actor [Casey Affleck, entre ellos]), y como dupla se sienten muy naturales.

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*Leonardo DiCaprio, al recibir la preciada estatuilla a mejor actor por The Revenant (Iñárritu, 2015).

 

Para finalizar estas breves reseñas, decir que pienso que tanto Moonlight, como Manchester by the Sea, y La La Land (especialmente esta y la primera) son las que más posibilidades tienen de coronarse como la mejor película del año. Ahora solo queda esperar hasta el 26 de febrero, despiértenme hasta entonces.

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