Sangre de Dragón

Leopoldo Cuesta preparaba el desayuno en su departamento en el 403 de la calle Dagon cuando Siegfried, el legendario guerrero nórdico, llamó a su puerta. Aunque por un instante lo sorprendió la imponente figura de 1.90 y el cabello rojizo que resaltaba incluso a través de su resplandeciente armadura, lo primero que se le vino a la mente, por supuesto, fue que se trataba de una especie de bromista o vendedor que iba para ofrecerle algún producto (probablemente relacionado a la época medieval). Con el temor de perder el tiempo en una conversación inútil, en lugar de preguntarle quién era, le dijo: «estoy ocupado, vuelva otro día». Cuando se disponía a cerrar —Seguido de un ademán de despedida—, el extraño empujó a Leopoldo tan fuerte que fue volando hasta chocar con la pared de la cocina.

Al despertar, a Leopoldo aún le dolía la cabeza. No estaba seguro de lo que había ocurrido, pero grande fue su sorpresa al ver que el sujeto que creyó imaginar ahora se encontraba sentado en un sofá, esperando a que despierte, con la mirada envuelta en fuego. Al reponerse, estaba demasiado nervioso como para no hacer otra cosa que sentarse en la dirección opuesta, y averiguar de quién rayos se trataba. El intruso le preguntó si había leído «El Cantar de los Nibelungos». Algo recuerdo, contestó Leopoldo.

— Los rumores de mi muerte son totalmente falsos —prosiguió Siegfried, sin hacer mucho caso de su respuesta—. Como usted sabe, asesiné a un dragón llamado Fafner con esta espada —dijo, desenfundando una enorme arma de acero—. La legendaria Balmung, cuyo dueño original, Odín, enterró en un tronco; y la que solo mi padre pudo reclamar como suya. El problema es, estimado señor mío, que al bañarme con la sangre de la bestia, alcancé la inmortalidad. Cientos de años también significan cientos de amigos y familias perdidas. Como debe saber, estoy seguro, originalmente aquel Dragón era un enano, que por su avaricia fue sentenciado a vivir como un monstruo. Había oído hace tiempo que vivían en esta región descendientes lejanos de aquel hombre. Pero no es sino hasta hoy que he podido encontrarlo, señor Leopoldo.

Sus manos, que parecían firmes, ahora temblaban blandiendo tenuemente la espada a poca altura del suelo. En ese momento, miles de dudas consumían la mente de Leopoldo Cuesta: ¿Qué tenía él que ver con esta historia? ¿Estaba frente a un desquiciado? ¿Qué era lo que realmente quería? Pero ante su imposibilidad de articular palabra alguna, el caballero, después de limpiarse los ojos, continuó con el relato:

— La única forma en que yo pueda ser salvado, de ser liberado de mi maldición, es que un descendiente legítimo de Fafner sea el que ponga fin a mi vida. La misma sangre que busca venganza, y así reclamar lo que le pertenece. Use mi espada, caro amigo, y líbreme del sufrimiento de la eterna existencia.

Siegfried le dio la Balmung, mientras Leopoldo Cuestas se ponía de pie. Quizá se trataba de un sueño. Después de un corte limpio, una cabeza de cabellera rojiza rodó bajo sus pies. Luego se bañó en sangre.