El sabor artificial de la naranja en sobre

por patrickjmacosta

¡De la vida se pueden sacar con relativa facilidad muchos libros, pero de los libros poca, muy poca vida!

 

                                                                                                              Gustav Janouch •

Conversaciones con Kafka

Durante varios días

                El viento marino

batió inútilmente el ala, batió sin entender

que podemos imaginar un ave, la más bella,

                pero no hacerla volar.

 

                                                                                                              José Watanabe • 

La piedra alada

Sentado en una vieja silla de madera, se pasaba la tarde mirando por la pequeña ventana de su habitación: un olmo columpiaba sus hojas secas al compás de una triste danza de invierno. Alguien lo observaba a través de la mirilla de la puerta, la misma mirada inquisidora capaz de calarle el alma. El mismo frío penetrante de aquel pasado remoto —que ahora se le tornaba más claro que la primera vez—, el mismo dolor de huesos que le hacía recordar ese día en específico; su única visión profética, la única garantía de su existencia. Al igual que ayer, al igual que mañana. Era el mes de Abril de 1942, y Julián Torne tenía 25 años.

En aquel entonces la arquitectura de la ciudad consistía en una pequeña plazuela central, rodeada de un escaso número de casas aledañas y adoquines mal alineados. Las casas, como era común en esos días, estaban construidas de un material poco resistente (una especie de combinación mal hecha entre adobe, paja, y algunas tejas o calaminas). Julián era maestro de escuela, del único centro educativo asentado en el pueblo. Como era usual, después de su rutina de aseo y comer algún bocadillo, el señor Torne (como lo llamaban sus alumnos a pesar de su juventud) emprendió su presurosa marcha matutina hacia el colegio primario.

La primera vez que Julián Torne vaticinó la muerte de una persona, un día martes, la lluvia caía sobre el pueblo. Cuando uno de sus alumnos fue a entregarle la tarea de literatura pendiente, al tocarlo, entró en una especie de trance onírico y empezó a decirle que dentro de poco, en unas horas, «un huayco se lo va a llevar». El niño, asustado, se fue llorando del aula. Al hablar con la directora, el profesor decía no recordar nada de lo ocurrido. Aun así, se le permitió ir a casa a descansar no sin antes hablar con el alumno que todavía permanecía asustado. Pero lo cierto era que sí lo recordaba, de hecho, no podía apartar de su mente la horrorosa imagen de esa muerte. Al llegar la tarde, la lluvia provocó el desprendimiento del río, llevándose varias casas y matando personas. Entre las víctimas, se encontraba aquel niño al que Julián le había predicho la muerte. Desesperado, huyó de su hogar. Pasó muchos días sin querer tocar a nadie y, cuando era inevitable, volvía a tener horrendas visiones. Al llegar a la capital, ya estaba completamente desquiciado, gritando en las calles y anunciando el ocaso de la vida de cualquiera que pasaba. En 1953, terminó siendo encerrado en un centro psiquiátrico al tratar de matar a una persona para evitarle el sufrimiento.

Sentado en una silla de madera, el anciano empezó a llorar. Ya no le importaba que su enfermero lo observe, que le den cápsulas insípidas todos los días, que la comida no le sepa a nada. A pesar de todo, él no era capaz de ver su propia muerte. Temía lo peor: observaría aquel olmo seco hasta el fin de los tiempos.

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