Crónica Roja

por patrickjmacosta

Entonces salió otro caballo rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros; se le dio una espada grande.

                                                                                                                                                                                          Apocalipsis. 6,4

 

Los primeros días transcurrieron con tranquilidad. Solíamos ver hombres sin manos pidiendo limosna en las calles, metiéndote el muñón en la cara, rogando por comida. Con el tiempo, aquellos hombres también desaparecieron. Las carreteras eran cada vez menos transitadas y, al caer la noche, el vacío de la ciudad filtraba sonidos que llegaban desde kilómetros de distancia, extraños e indescifrables. La gente permanecía párvula en su ignorancia, enfrascada en su pequeña existencia, contando los atardeceres de su vida. No nos permitían salir mucho. Las escazas noticias que llegaban por radio solo empeoraban el miedo y la miseria: nada volvería a crecer sobre esta tierra. Nos alimentaban con raciones de cápsulas y proteínas, lo suficiente para el cuerpo. Nunca reinó la anarquía: las personas, acostumbradas a su naturaleza, continuaban riendo y llorando, llenos de problemas y alegrías, embriagadas de falso sentido. Nos atacaron primero; ahora el mundo espera nuestra respuesta. Andamos por horas sin cruzarnos con nadie vivo. La muerte se impregna en el aire; legiones de ángeles caminan entre nosotros, apilando cadáveres, aniquilando nuestras fuerzas. Solo sobreviven los que rezan, los que adoran, los que aplauden. Sé que estoy vivo por una razón, y mi corazón no busca más que venganza. Si entre los que leen esto hay alguien que comparte nuestra opresión, nuestro deseo de libertad ante la injusticia, le pido que se nos una. Aún somos pocos, pero seguimos de pie, con la mirada en el cielo. Porque nuestra alma está agobiada hasta el polvo, y nuestro cuerpo está postrado hasta la tierra.

Anuncios