Karma de medianoche

por patrickjmacosta

Un objeto invisible se desliza, rastros casi imperceptibles de un movimiento transversal; florituras entrópicas se desvanecen en el vaivén incesante del caos turbulento: la burbujeante tempestad de un río muerto. Un río muerto de sobredosis, consumido por la tóxica inmundicia humana. Antídoto desgarrado por la droga. Desperdicios químicos que, combinados con el agua, reflejan menguantes la pálida luz de una tímida luna.

 

— ¿Daniel? ¡Daniel!

— ¿Qué sucede?

— Fue una mala idea venir aquí, me estoy congelando —dijo, frotándose las manos—. Este lugar da miedo, ¿por qué no nos largamos?

—  No podemos hacer eso, Laura. Estamos varados. Además —se acercó a una vieja vespa tratando de, inútilmente, hacerla arrancar—, tu estúpida motocicleta no funciona.

—  ¿Por qué no la arreglas? Te recuerdo que esto fue tu idea. Es tu responsabilidad.

—  No soy un jodido mecánico.

— Ya lo sé, solo eres un inútil. Deberíamos seguir probando en la carretera, quizá alguien nos dé un aventón. Daniel, recuérdame, ¿qué hacemos aquí?

— Querías ver el río.

— No, tú querías verlo. Todo se trata de ti. Fuiste el que quiso venir, por el que estamos atrapados en medio de la nada. ¡Todo por tu maldito orgullo!

—  Es natural tratar de buscar culpables. Pero la culpa, Laura, la compartimos: aceptaste venir. ¿O me equivoco? No podemos ir a la carretera. Piénsalo: dos horas tratando de buscar ayuda, pero eso no pasará. Es otra cuestión natural: la desconfianza ante lo desconocido. A los ojos de cualquiera que pase por aquí, somos extraños. Potenciales asesinos. Unos bastardos sin corazón.

— Deja de fastidiarme. En realidad no me sorprende, es por tu estúpida actitud. Si todo el tiempo dices que «no van a ayudarnos», lo lógico es que no lo hagan. Estás lleno de carga negativa.

—  Incoherencias… ¿Carga negativa? No sé dónde ves lo lógico. Deberíamos caminar.

—  Sí, supongo que podríamos tener señal más adelante —respondió Laura, con un gesto inconforme, pero poniéndose en marcha—.

—  Más importante, según creo estamos a unos tres kilómetros de aquel «castillo embrujado». Después de todo, por eso estamos aquí, ¿no?

 

***

 

Hoy en la mañana mi hermana me llevó, casi a rastras, a la suntuosa iglesia del centro de la ciudad. A pesar de que compartimos la misma genética, y somos idénticos salvo por el sexo —de niño me disfrazaba de ella para molestar a mis padres—, no tenemos realmente ningún interés en común. No perderé el tiempo en divagaciones existenciales sobre nuestra educación conservadora y el arraigo a la tradición social y religiosa por parte suya. Para eso están los no creyentes con sus fatídicas y aburridas experiencias. Sobre lo que quiero escribir, para mí y para ahorrarme largas explicaciones, es el relato de cómo llegamos a estar en medio de la nada, sin forma de volver —probablemente— hasta que el sol asome en el cielo. A raíz de acompañarla, iniciamos un ya repetido debate sobre nuestras creencias personales. Ella me habló de una figura poética que había leído, una suerte de explicación alegórica de la razón por la cual las ballenas encallan en la orilla al morir: «para unos animales que solo conocieron el mar —decía—, ese es su único paraíso». Hermosa interpretación de la fantasiosa idea de la necesidad de trascendencia. Yo le conté, un poco para cambiar el tema, que había escuchado sobre un hombre que asesinó a su esposa con la esperanza de tener un titular en cualquier diario del día siguiente. Pero, ironías de la vida, al ser capturado nunca llegó a ver su propia portada. En esa charla me llegó a preguntar si, como no creía en ningún elemento «sobrenatural», iría a ese viejo castillo a las afueras de la ciudad del que se decía «estaba embrujado». Era peligroso, ya que los rumores más realistas contaban que allí se ocultaba uno de los criminales que huyó de la cárcel en la reciente fuga masiva. Pero después de discutirlo, decidí —tontamente— ir si ella me acompañaba. Luego de mucho caminar, llegamos —por fin— a un castillo de torre alta completamente corroído por el paso del tiempo. La puerta estaba rota. Ahora mismo estoy escribiendo desde adentro, porque pasaremos la noche aquí. Encontré un cuaderno que pone «Diario de Daniel». Sus últimas palabras —además de garabatos— fueron: «no es humano». Antes de eso escribió que escuchó la frase «se acabó el juego». Me pregunto si alguien dejó esto a propósito como una clase de broma. Mi hermana está asustada: cree haber escuchado lo mismo.

 

En base a la propuesta: http://www.literautas.com/es/blog/post-7030/taller-de-escritura-no17-montame-una-escena-en-un-castillo/

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