Introibo Ad Altare Dei

Relato del manifiesto de un retrato descriptivo

Mes: abril, 2014

El sabor artificial de la naranja en sobre

¡De la vida se pueden sacar con relativa facilidad muchos libros, pero de los libros poca, muy poca vida!

 

                                                                                                              Gustav Janouch •

Conversaciones con Kafka

Durante varios días

                El viento marino

batió inútilmente el ala, batió sin entender

que podemos imaginar un ave, la más bella,

                pero no hacerla volar.

 

                                                                                                              José Watanabe • 

La piedra alada

Sentado en una vieja silla de madera, se pasaba la tarde mirando por la pequeña ventana de su habitación: un olmo columpiaba sus hojas secas al compás de una triste danza de invierno. Alguien lo observaba a través de la mirilla de la puerta, la misma mirada inquisidora capaz de calarle el alma. El mismo frío penetrante de aquel pasado remoto —que ahora se le tornaba más claro que la primera vez—, el mismo dolor de huesos que le hacía recordar ese día en específico; su única visión profética, la única garantía de su existencia. Al igual que ayer, al igual que mañana. Era el mes de Abril de 1942, y Julián Torne tenía 25 años.

En aquel entonces la arquitectura de la ciudad consistía en una pequeña plazuela central, rodeada de un escaso número de casas aledañas y adoquines mal alineados. Las casas, como era común en esos días, estaban construidas de un material poco resistente (una especie de combinación mal hecha entre adobe, paja, y algunas tejas o calaminas). Julián era maestro de escuela, del único centro educativo asentado en el pueblo. Como era usual, después de su rutina de aseo y comer algún bocadillo, el señor Torne (como lo llamaban sus alumnos a pesar de su juventud) emprendió su presurosa marcha matutina hacia el colegio primario.

La primera vez que Julián Torne vaticinó la muerte de una persona, un día martes, la lluvia caía sobre el pueblo. Cuando uno de sus alumnos fue a entregarle la tarea de literatura pendiente, al tocarlo, entró en una especie de trance onírico y empezó a decirle que dentro de poco, en unas horas, «un huayco se lo va a llevar». El niño, asustado, se fue llorando del aula. Al hablar con la directora, el profesor decía no recordar nada de lo ocurrido. Aun así, se le permitió ir a casa a descansar no sin antes hablar con el alumno que todavía permanecía asustado. Pero lo cierto era que sí lo recordaba, de hecho, no podía apartar de su mente la horrorosa imagen de esa muerte. Al llegar la tarde, la lluvia provocó el desprendimiento del río, llevándose varias casas y matando personas. Entre las víctimas, se encontraba aquel niño al que Julián le había predicho la muerte. Desesperado, huyó de su hogar. Pasó muchos días sin querer tocar a nadie y, cuando era inevitable, volvía a tener horrendas visiones. Al llegar a la capital, ya estaba completamente desquiciado, gritando en las calles y anunciando el ocaso de la vida de cualquiera que pasaba. En 1953, terminó siendo encerrado en un centro psiquiátrico al tratar de matar a una persona para evitarle el sufrimiento.

Sentado en una silla de madera, el anciano empezó a llorar. Ya no le importaba que su enfermero lo observe, que le den cápsulas insípidas todos los días, que la comida no le sepa a nada. A pesar de todo, él no era capaz de ver su propia muerte. Temía lo peor: observaría aquel olmo seco hasta el fin de los tiempos.

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Crónica Roja

Entonces salió otro caballo rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros; se le dio una espada grande.

                                                                                                                                                                                          Apocalipsis. 6,4

 

Los primeros días transcurrieron con tranquilidad. Solíamos ver hombres sin manos pidiendo limosna en las calles, metiéndote el muñón en la cara, rogando por comida. Con el tiempo, aquellos hombres también desaparecieron. Las carreteras eran cada vez menos transitadas y, al caer la noche, el vacío de la ciudad filtraba sonidos que llegaban desde kilómetros de distancia, extraños e indescifrables. La gente permanecía párvula en su ignorancia, enfrascada en su pequeña existencia, contando los atardeceres de su vida. No nos permitían salir mucho. Las escazas noticias que llegaban por radio solo empeoraban el miedo y la miseria: nada volvería a crecer sobre esta tierra. Nos alimentaban con raciones de cápsulas y proteínas, lo suficiente para el cuerpo. Nunca reinó la anarquía: las personas, acostumbradas a su naturaleza, continuaban riendo y llorando, llenos de problemas y alegrías, embriagadas de falso sentido. Nos atacaron primero; ahora el mundo espera nuestra respuesta. Andamos por horas sin cruzarnos con nadie vivo. La muerte se impregna en el aire; legiones de ángeles caminan entre nosotros, apilando cadáveres, aniquilando nuestras fuerzas. Solo sobreviven los que rezan, los que adoran, los que aplauden. Sé que estoy vivo por una razón, y mi corazón no busca más que venganza. Si entre los que leen esto hay alguien que comparte nuestra opresión, nuestro deseo de libertad ante la injusticia, le pido que se nos una. Aún somos pocos, pero seguimos de pie, con la mirada en el cielo. Porque nuestra alma está agobiada hasta el polvo, y nuestro cuerpo está postrado hasta la tierra.

Karma de medianoche

Un objeto invisible se desliza, rastros casi imperceptibles de un movimiento transversal; florituras entrópicas se desvanecen en el vaivén incesante del caos turbulento: la burbujeante tempestad de un río muerto. Un río muerto de sobredosis, consumido por la tóxica inmundicia humana. Antídoto desgarrado por la droga. Desperdicios químicos que, combinados con el agua, reflejan menguantes la pálida luz de una tímida luna.

 

— ¿Daniel? ¡Daniel!

— ¿Qué sucede?

— Fue una mala idea venir aquí, me estoy congelando —dijo, frotándose las manos—. Este lugar da miedo, ¿por qué no nos largamos?

—  No podemos hacer eso, Laura. Estamos varados. Además —se acercó a una vieja vespa tratando de, inútilmente, hacerla arrancar—, tu estúpida motocicleta no funciona.

—  ¿Por qué no la arreglas? Te recuerdo que esto fue tu idea. Es tu responsabilidad.

—  No soy un jodido mecánico.

— Ya lo sé, solo eres un inútil. Deberíamos seguir probando en la carretera, quizá alguien nos dé un aventón. Daniel, recuérdame, ¿qué hacemos aquí?

— Querías ver el río.

— No, tú querías verlo. Todo se trata de ti. Fuiste el que quiso venir, por el que estamos atrapados en medio de la nada. ¡Todo por tu maldito orgullo!

—  Es natural tratar de buscar culpables. Pero la culpa, Laura, la compartimos: aceptaste venir. ¿O me equivoco? No podemos ir a la carretera. Piénsalo: dos horas tratando de buscar ayuda, pero eso no pasará. Es otra cuestión natural: la desconfianza ante lo desconocido. A los ojos de cualquiera que pase por aquí, somos extraños. Potenciales asesinos. Unos bastardos sin corazón.

— Deja de fastidiarme. En realidad no me sorprende, es por tu estúpida actitud. Si todo el tiempo dices que «no van a ayudarnos», lo lógico es que no lo hagan. Estás lleno de carga negativa.

—  Incoherencias… ¿Carga negativa? No sé dónde ves lo lógico. Deberíamos caminar.

—  Sí, supongo que podríamos tener señal más adelante —respondió Laura, con un gesto inconforme, pero poniéndose en marcha—.

—  Más importante, según creo estamos a unos tres kilómetros de aquel «castillo embrujado». Después de todo, por eso estamos aquí, ¿no?

 

***

 

Hoy en la mañana mi hermana me llevó, casi a rastras, a la suntuosa iglesia del centro de la ciudad. A pesar de que compartimos la misma genética, y somos idénticos salvo por el sexo —de niño me disfrazaba de ella para molestar a mis padres—, no tenemos realmente ningún interés en común. No perderé el tiempo en divagaciones existenciales sobre nuestra educación conservadora y el arraigo a la tradición social y religiosa por parte suya. Para eso están los no creyentes con sus fatídicas y aburridas experiencias. Sobre lo que quiero escribir, para mí y para ahorrarme largas explicaciones, es el relato de cómo llegamos a estar en medio de la nada, sin forma de volver —probablemente— hasta que el sol asome en el cielo. A raíz de acompañarla, iniciamos un ya repetido debate sobre nuestras creencias personales. Ella me habló de una figura poética que había leído, una suerte de explicación alegórica de la razón por la cual las ballenas encallan en la orilla al morir: «para unos animales que solo conocieron el mar —decía—, ese es su único paraíso». Hermosa interpretación de la fantasiosa idea de la necesidad de trascendencia. Yo le conté, un poco para cambiar el tema, que había escuchado sobre un hombre que asesinó a su esposa con la esperanza de tener un titular en cualquier diario del día siguiente. Pero, ironías de la vida, al ser capturado nunca llegó a ver su propia portada. En esa charla me llegó a preguntar si, como no creía en ningún elemento «sobrenatural», iría a ese viejo castillo a las afueras de la ciudad del que se decía «estaba embrujado». Era peligroso, ya que los rumores más realistas contaban que allí se ocultaba uno de los criminales que huyó de la cárcel en la reciente fuga masiva. Pero después de discutirlo, decidí —tontamente— ir si ella me acompañaba. Luego de mucho caminar, llegamos —por fin— a un castillo de torre alta completamente corroído por el paso del tiempo. La puerta estaba rota. Ahora mismo estoy escribiendo desde adentro, porque pasaremos la noche aquí. Encontré un cuaderno que pone «Diario de Daniel». Sus últimas palabras —además de garabatos— fueron: «no es humano». Antes de eso escribió que escuchó la frase «se acabó el juego». Me pregunto si alguien dejó esto a propósito como una clase de broma. Mi hermana está asustada: cree haber escuchado lo mismo.

 

En base a la propuesta: http://www.literautas.com/es/blog/post-7030/taller-de-escritura-no17-montame-una-escena-en-un-castillo/