Ósmosis

por patrickjmacosta

«La ósmosis es un fenómeno en el que se produce el paso o difusión de un disolvente a través de una membrana semipermeable (permite el paso de disolventes, pero no de solutos), desde una disolución más diluida a otra más concentrada».

Infobiología.

Volví a escribir a los 19 años. Nuestra intención original era la de juntarnos y recrear textos que nos habría gustado leer pero que, por uno u otro motivo, no encontrábamos o no estaban escritos de la manera en que considerábamos «ideal»; modificándolos. Mi nula instrucción técnica y escaso talento literario (factores que diluían negativamente el fluir de mi creatividad), me hicieron tomar la decisión de separarme del grupo de forma definitiva. Las ilusiones de la breve etapa en la que sales del colegio y decides “qué hacer con tu vida” se habían extinguido en mí muy prematuramente.

Volví a verlos, tres años después, en un café rústico de autoservicio en la esquina de Larco y Schell. Inicialmente, pensamos iniciar un ‘círculo de lectura’, pero por una tendencia casi salmónica de llevar la contraria a lo tradicional (comentar novelas y cuentos en reuniones esporádicas o periódicas) en nuestros años de juventud, decidimos iniciar uno de escritura: criticando, corrigiendo, y reflexionando acerca de nuestros propios textos sobre los temas que eran de nuestro interés y que no ubicábamos en ninguna parte (los cuales eran tan variados que iban desde consolas de 8 bits y su influencia en la nueva escuela hasta esoterismo o gastronomía irlandesa).

No tenía muchos amigos interesados en las letras, la producción local literaria, o temas afines. Recuerdo que la primera vez que me fijé en Marco, mi futuro mejor amigo durante un corto tiempo, estaba leyendo “El viejo y el mar” por decisión propia; y no porque nos lo hayan dejado como tarea o para un futuro examen del curso de literatura (el estilo de la profesora Mildred iba por otros derroteros), que era lo común. Creo que teníamos unos 14 años por aquel entonces; nunca antes habíamos hablado -a pesar de tomar las mismas clases-, pero ese día se me dio por dirigirle la palabra, sentándome a su lado en un rincón del aula A-121:

– ¿Ya la vas a terminar? ¿Qué te parece?

– Hola Lucho, todavía no. Aunque supongo que la terminaré en estos días, no es muy larga; pero sólo puedo leer en el recreo. No sé, no me gusta mucho, me aburre un poco.

– ¿Y por qué sigues leyendo? Creo que debes ser el único en todo el colegio que desperdicia el tiempo del recreo leyendo un libro que no le gusta.

– Es que sí me gusta. O sea sí, pero no. Me atrae la forma tan detallada en la que el autor (miró la portada para verificar el nombre) describe las sensaciones del personaje respecto al mar y el respeto que le tiene; además de su constante batalla que va más allá de la vida misma: es una cuestión de orgullo.

– No estoy seguro de entender lo que dices, ¿pero te aburre, no? -pregunté con cierta impaciencia-

– Bueno, sí. Pero lo importante aquí -y para mí- es la forma de narrar. Siento que me servirá para después.

– ¿Cómo que te servirá?

– Mmmm -dijo pensativo-, es que… Te vas a burlar de mí. Pero siento que todo lo que leo, algún día, me servirá de influencia o inspiración.

– ¿Entonces…?

– Es que quiero ser escritor -espetó con un leve rubor en el rostro-.

– !Ja, ja, ja¡ -no pude evitar reír, algo que al parecer hizo que se sonrojara aún más, dándole la apariencia de un tomate humano-, lo siento. Es que nunca había escuchado eso. Pero es una iniciativa genial, creo yo. De hecho, a mí también me atrae la idea. ¿Y quieres que Hemingway sea una de tus influencias?

– Pues… -volvió a verificar el nombre del autor- Sí, también. Pero no sólo él, sino cualquier cosa que lea. Desde recetas de medicina hasta un manual de jardinería. Quiero que todas mis experiencias reales sean plasmadas en papel, transmitir a otra persona lo que yo sentí, que viva lo que he vivido sin tener que pasar por esos momentos; ya sean de felicidad o dolor. Creo que esa debería ser la verdadera misión de un escritor.

– ¿Incluida nuestra conversación? -inquirí, a esas alturas ya ávido de curiosidad por la respuesta que podría darme alguien tan peculiar a mis ojos-

– Claro, también.

En ese momento, el lejano sonido del timbre o las campanadas hicieron volverme -como en esa época- a la realidad. Nuestro pequeño proyecto constaba de cinco integrantes: Marco, Alonso, Sebastián, Piero, y yo (Luis). Como dije, mi entorno de amigos aficionados a las letras o el arte no era excesivamente extenso (todo lo contrario). De nosotros cinco, sólo dos habían decidido estudiar literatura y expandir sus horizontes lingüísticos. Sebastián y Piero, que eran primos, vivían en el extranjero desde hace tiempo (fueron a estudiar no sé qué cosa). Yo, al igual que Alonso y Marco, me había quedado en Lima, pero a diferencia de ellos estudiaba una carrera que seguramente ellos considerarían “comercial” en el colmo de una actitud snobista. O eso era lo que yo pensaba, pero realmente nunca me trataron así. La verdad, a mí me atraía bastante y era feliz. Quizá más feliz de lo que era en el colegio, y por supuesto, mucho menos frustrado.
La conversación que tuvimos ese día ahora escapa a mi memoria, pero trataré de reproducirla lo más fielmente posible que mi mete lo permita. Para esto, serán tres los personajes: Luis, o sea yo, Marco, mi mejor amigo, y Alonso, el chico popular que se reunía con nosotros en -prácticamente- secreto.

Luis: Hola, a los años. Me pareció raro que me llamaran, hace tiempo que no nos vemos. ¿Qué tienen en mente?

Marco: ¡Ni te imaginas, Lucho! Estamos pensando en algo grande, muy grande.

Luis: ¿Qué se traen entre manos? Hablen de una vez, carajo.

Alonso: Vamos a matar a Mario Vargas Llosa.

Luis: ¿Ah? ¿Qué?

Alonso: Es broma. Debiste ver la cara que pusiste jajaja. Siéntate, hombre. Conversemos un rato.

Luis: ¡Qué huevón! Ya, me siento. ¿No van a pedir nada?

Alonso: No, ¿para qué?

Luis: Bueno, yo quiero un café.

Alonso: Pero para eso te tienes que levantar, primero escúchanos. Después puedes ir, necesitarás cafeína.

Marco: Yo prefiero fumar, si estoy nervioso.

Luis: Ya mierda… ¿De qué se trata?

Marco: ¿Se lo dices tú o yo?

Alonso: Adelante.

Marco: Dale, aqui va. Mira, Lucho: hemos formado un nuevo grupo. Se llama igual que el anterior, Ósmosis. Pero tenemos muchos más colaboradores, no sólo gente de la universidad. También nos apoyan un par de librerías; hemos editado una revista literaria del mismo nombre, y ya tenemos los dos primeros números. Han colaborado con nosotros gente que ha publicado, poemarios o novelas cortas, y nosotros mismos escribimos un cuento cada uno para cada edición. La diferencia es que aquí no sólo escribimos, también se aceptan reseñas o artículos y ensayos de todo tipo. Siempre con trasfondo literario, claro está. Pero puedes hablar de cine o no sé, lo que quieras.

Alonso: El nombre ha pegado un montón. ¿Recuerdas que lo pusimos porque sonaba bien? Y creo que ni siquiera sabíamos qué significaba jajaja. La gente lo relaciona con un profundo sentido de interpretación literaria del principio físico, o una huevada así.

Luis: Nunca escuché de la revista. ¿Pero a qué viene todo esto? ¿Qué tengo que ver yo? ¿Quieren que escriba un artículo o algo así?

Marco: No. O sea, también lo puedes hacer si quieres, pero te llamamos para otra cosa. Alonso y yo pensábamos escribir un libro a cuatro manos, pero mejor que eso, ¿por qué no hacerlo con todos los miembros originales? Sé que es imposible que Piero y Sebastián nos ayuden, porque no están; pero al menos tú sí.

Luis: ¿Al menos? Vete a la mierda.

Marco: Sábes a lo que me refiero. ¿Qué dices? ¿Escribimos un libro a… Seis manos? Jajaja.

Luis: Jajaja. No sé, yo salí de Ósmosis porque sentía que no tenía talento para escribir. Además, ustedes estudian literatura, están metidos en eso y en la misma universidad, de hecho le ponen emoción. Yo ya me intereso por otras cosas; creo que voy a pasar, amigos.

Alonso: Pero podrías darnos ideas.

Luis: Ese es el problema. Si hago algo, quiero darlo todo. Y sólo “dar ideas” no es lo que me gustaría.

Marco: Puede ser que ahora seamos un poco mejores en lo que a técnica se refiere. Pero siempre me pareció que tú eras el más creativo de nosotros en el colegio, por algo tu formaste el grupo, ¿no? Que hayas perdido todo el entusiasmo por escribir me parece imposible de creer. La cosa está en hacer esto todos juntos, así nos ayudamos y el resultado será bueno. Pero si no quieres…

Alonso: Deja que lo piense. Reflexiona, y uno de estos días nos llamas y nos avisas.

Luis: Está bien, no sé para qué, pero está bien. ¿Tienen algo que hacer?

Marco: No. Y creo que ya nos están mirando raro, ¿no ibas a pedir un café?

Luis: Ya fue, vamos a jugar play.

***

Ese día, y todos los días de esa semana y la otra, y la otra, me la pasé escribiendo sin cesar. Mis historias, mis cuentos, relatos y poemas, no me causaban ninguna satisfacción ni placer. Empezaba a experimentar la frustración que ya casi no recordaba; esa sensación vacía y terrible de sentir que, por más que te esfuerces, nunca podrás obtener los resultados que quieres. Había descuidado mis trabajos de marketing y gerencia, y mi grupo -que era básicamente el mismo en los dos cursos-, empezaba a impacientarse. Les llamé ese día y dije que podíamos reunirnos, y ellos que era mi última oportunidad. Puse mi mochila al hombro, y antes de emprender el viaje interprovincial de San Miguel a La Molina, hice una llamada a Marco:

– ¿Aló?

– Marco, soy Luis. Este es mi nuevo número.

– Hola, ¿qué pasó? ¿Te decidiste al fin? -preguntó, con el tono de voz del que espera una buena noticia-

– Sí, he decidido no hacerlo. Lo siento, tendrán que buscar a otra persona, o escribir la novela a cuatro manos como pensaban originalmente.

– Oh, está bien -dijo decepcionado-, es una pena. Pero ni modo.

– Pero dile a Alonso que podemos seguir siendo amigos.

– Nunca dejamos de serlo, ¿no?

– Sí, supongo. Vamos al taco mañana.

– Ya, normal. Quedamos más tarde, cuídate.

– Hablamos.

Me dirigí hacia el paradero, contento conmigo mismo, y dispuesto a concentrarme en lo que realmente me interesaba. Ya estaba pensando en la exposición y en la clase de producto que eligiríamos para aplicar las 4P. Sus fortalezas y debilidades, la oportunidad del mercado.

Después de eso, no volví a escribir una sola palabra hasta el día de hoy, a mis 32 años. Volví a ver a mis amigos un par de meses; luego; cada uno tomó su propio camino. Me pregunto si tratábamos de evitar lo inevitable, de tratar de recordar lo que siempre se olvida, de coger con fuerza la arena que se escapa de nuestras manos. Porque como leí una vez, vivir mil años significa vivir un milenio de familias y amistades perdidas. Ósmosis nunca tuvo éxito, la revista paró de producir números después de unas 15 series, y nunca publicaron libros bajo su sello. Marco y Alonso tuvieron mediano éxito como escritores a cuatro manos bajo el seudónimo de Ceres G. Venero. Lo último que supe de ellos es que viajaron a Italia a residir allí, y se reencontraron con Piero y Sebastián en alguna ciudad de Europa. Creo que vi algunas fotos.

Hoy, al borde del retiro por decisión propia, busco renovarme y dejar de sentirme cansado. No es que haya hecho mal y “no me guste”, pero soy de los que dejan o consideran como concluidas las cosas quizá antes de tiempo. Pero esta vez retomaré lo que he dejado inconcluso, y terminaré de una vez por todas la razón de esta inquietud que me mata. Tal vez después de dedicarme por completo a escribir la que pienso será mi única novela, que llamaré Ósmosis (ese principio físico que nunca supimos bien qué era), vuelva a trabajar. No lo sé. Pero recordaré lo que Marco me dijo una vez: las experiencias reales, sensaciones y vivencias son las que todo escritor debe plasmar por obligación. Sin importar si para eso se llegue a escribir la ficción más absurda y surrealista. Estaba pensando en divagar, a través de las palabras, en cómo hubiera sido el futuro de nuestro proyecto si nunca nos hubiéramos separado, si todos nos habríamos dedicado a la literatura, o si hubiera dicho que «sí».

Escribo esto antes de empezar, sospecho que para tratar de autoconvencerme de que no he tomado la decisión equivocada. De que estoy siguiendo el camino correcto, el que siempre debió ser. Así debió ser, así debió ser.

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