Introibo Ad Altare Dei

Relato del manifiesto de un retrato descriptivo

Mes: octubre, 2013

Poesía

Amanece
Corre gusano infernal
Corre a tu nido de abismos
Abandona toda esperanza
Si entras aquí
En una pieza
De carne que se levanta
Fragmentada
Recorre el universo
No existe el día o la noche
Sólo oscuridad
Densa tiniebla
Despeja las cenizas
Del fuego eterno
Que se apaga
En el caos
Devorándolo
Batiendo las alas
Un murciélago clava sus dientes
Mientras el mundo grita hambriento
Como un gemido de dolor
Conocerás la luz
Que empaña tus ojos
La verdadera luz que te quema
Arde, gusano que se arrastra en la espalda de Dios
Contempla por última vez
El brillo del sol que se extingue.

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WIP

Adrenaliando, el bosquejo del reciente cuadro del pintor taméz cabría en esta rendija: la pequeña obertura de la ventanita renacentista que tengo frente a mis ojos. Supongo que debería decirles que soy Thomas Mann, e intento escribir un cuento inspiracional digno de un nobel. O tal vez debería ser Frank Kennedy disfrutando de los placeres de esta y la guerra que vendrá después. Un agente secreto llamado John Smith; intentando salvar el mundo de la conspiración ruso-oriental o el resurgimiento de los nazis. Quizá me convierta en un criptoanarquista probando el polymeric falcighol derivation para llegar a marianas y publicar una foto de mi miembro mutilado en La Liberté; o en un skinhead medianamente instruido tratando de detener al judío internacional y sus planes de dominación económica. Pero en realidad no importa «quién» soy, ni para quién escribo, puesto que es para nadie y un poco para mí. Lo único que me interesa en este preciso instante (bueno, es escribir, porque lo que estoy a punto de decir probablemente ya lo hice) es atravesar esta maldita pintura inacabada por la rendija de marras. Necesita reparación. La ventana, claro, un cuadro es así porque el “artista” lo quiso (soy conciente de que la ‘restauradora’ del Ecce Homo podría contraargumentar este punto); expresar su pasión y obra en vida y arte hasta caer rendido con un jodido pincel en la muñeca y una sobredosis de anfetaminas de la que no lo salva ni Dios (o su deidad de preferencia, de tener alguna), es una vocación que no se descubre todos los días. Quiero decir, a la juventud de hoy no se la oye decir a menudo: “oye tú, figura paternal de referencia; quiero ser un bastardo artista y ganarme la vida dándole a conocer a este inmundo planeta mi visión superior de la estética, mi proyección filosófica trascendente, mi prosa orgásmica y mágica; he descubierto que eso es lo que quiero hacer por el resto de mi miserable existencia, aunque a nadie le importe una mierda”. ¿Me equivoco? El problema es que los artistas de hoy no buscan ser convencionales. Al tratar de alcanzar la originalidad, al querer ser el referente del underground intelectual interno de un puñado de elegidos que siguen la misma fantasía, caen fácilmente en intenciones completamente ridículas. Es cierto que -hasta cierto punto- nadie muere (con el supuesto de que la muerte es algo negativo) por el simple hecho de experimentar, sin embargo, la verdadera cuestión se da cuando convierten en una suerte de ídolo a lo absurdo (en el peor de los sentidos). Como sea, volviendo a la ventana, apenas puede abrirse unos escasos centímetros. Al pasar un tenue haz de luz por en medio (sí, es octubre [mes de grandiosos milagros y temblores]), no puedo evitar pensar que se trata realmente de una ventanita. Me siento estafado, cuando adquirí el piso claramente ponía en los planos del arquitecto que se trataba de una ventana. En fin, creo que para expulsar esta apreciada obra de arte necesito más fuerza de la que poseo y, como decía, quizá un buen chute de adrenalina. Nadie debería salir a la calle sin su set de emergencias de pulp fiction, porque si algo nos enseñó Tarantino en todos sus años como director, es precisamente que una buena inyección de adrenalina, un marcador rojo, y un pequeño libro negro de medicina extraviado solucionarán nuestros más terribles conflictos en momentos de crisis; y encontraremos la salvación.

Ahora, se preguntarán (y yo pregunto a los que plantean esta cuestión… ¿De verdad están completamente seguros de que se dirigen a varias personas como para usar -gratuitamente- el plural? A menos claro de que sean unos verdaderos bestsellers; y más que nada porque la expresión suena a decenas de miles, por lo que estoy cometiendo el mismo error, ¡dos veces!) el porqué quiero cometer una acción tan irracional, por qué tengo un bosquejo de un cuadro de un pintor taméz (además, ¿qué rayos es eso?) y, sobre todo, ¿cómo alguien que escribe tantas pavadas pudo adquirir un departamento y porqué demonios este tiene una ventana -ventanita- renacentista? Pues sucede que a veces (yo diría frecuentemente) las preguntas más importantes son las más sencillas de contestar. Podría decir, por ejemplo, que existen en este planeta muchos imbéciles con dinero, por una u otra razón. Pero lo que me parece más extraño es absolutamente todo lo que se espera de un personaje. Para ir aclarando, se piensa que si dicho caracter va dejando migajas, cometarios al aire, menciones que podrían ser consideradas en relación a un hecho posterior, y esto no se conecta, no adquiere coherencia, entonces no se critica al personaje (en el colmo de la injusticia) sino al autor, ¡porque no ha sido una obra redonda! Digo yo: ¡A la mierda con la redondés! Es lo mismo con la escritura, no importa que esté relatando a través de un narrador que apenas sabe leer y escribir y nunca tuvo estudios superiores (y al que la normativa le importa tanto que para él la RAE puede irse al carajo con sus modificaciones idiomáticas, y aún así seguir con su vida), pero si se comete cualquier falta en la forma (de gramática en general) se le echa la culpa al escritor de la novela, cuento, o lo que sea… ¿Se dan cuenta de lo estúpido que es? Él tan solo está transfigurándose parcialmente a través de otros ojos, de otra realidad; pero es totalmente independiente, ajena, un universo paralelo creado totalmente desde los cimientos de las letras. ¡Y ésta es una verdad insoslayable! ¿Quién se atrevería a decir, “el albañil pérez es tan estulto que cometió una falta ortográfica” o “el reverendo mencionó días (o páginas) atrás un elemento crucial para la trama que nunca se molestó en revelar completamente? ¿Se dan cuenta, amigos míos, lo vacío, tonto, y vanal que es tan siquiera pensarlo? ¿ Acaso consideramos -forzosamente y cuando no es evidente- como propias las opiniones y pensamientos vertidos en una creación literaria, a pesar de que muchas veces aquello resultaría contradictorio? Es verdad que en literatura se pueden dar algunas libertades, podemos decir que hemos recurrido a recursos estéticos/enfáticos y metafóricos como el pleonasmo o el oxímoron, o que pertenecemos a la escuela relativista de la lingüística social; sea para justificar una equivocación, sea de manera sincera. Pero no es suficiente, se sigue esperando demasiado de alguien que sólo está en la obligación de mostrar un mundo que realmente no está bajo su control; es ya decisión del lector adentrarse en el o no. Son los que se han dado cuenta de esto, los que se comprometen en ofrecer más que una simple reflexión, una moraleja inservible o un revortijo de dudas, los que tienen libertad de hacer y no dar explicaciones, porque no se necesitan. Todo está ahí, sólo hay que saber ver (en un sentido saint-exuperiano). Es por eso que yo, como personaje, no tengo la más mínima obligación de decir mi nombre, de explicar por qué usé una palabra inventada al principio del relato, o la razón por la cuál tengo un afán casi ecolálico de recalcar que la ventana es en realidad, una ventanita (la opción más probable es un toc), ni por qué ésta tiene un estilo renacentista. Lo que sí puedo decir, y considero prudente hacerlo, es que necesariamente tengo que contextualizar (aunque puede intuirse, pero sirve para los brutos o eufemísticamente llamados ‘poco dotados con el don de la materia gris): siglo 21 (no entiendo el uso de números romanos) del tercer planeta del sistema solar de la [galaxia] vía láctea, el cual es llamado tierra (pero debería ser Océano según Arthur C. Clarke), en alguna edificación humana construida para habitar, descansar, presumir, y escapar del frío (a modo de nido de pájaro con ramas más bonitas que las del vecino); con todas las diferencias que la interpretación de la palabra escrita permite. En realidad es septiembre, pero falta un día para octubre. Y por lo que dije, ya se habrán (más errores) dado cuenta de que me refiero a Perú, y específicamente a Lima. Pero eso es algo que no tiene la menor importancia, así como el contenido del cuadro es irrelevante (como un Macguffin en el cine del que nadie se queja), como que es primavera, o el hecho de que quiera arrojarlo para acabar con la idea que me ha venido rondando en la cabeza durante todos estos años, desde antes del inicio de la gran guerra (nah, era broma). He decidido quemarlo, calcinarlo, reducirlo a cenizas por completo. Dicen que el fuego expía los pecados (creo que lo ví en un show de televisión); buena idea. Después de desaparecer la evidencia (¿ahora la posibilidad de un crimen? ¡Ni que sería tan huevón para arrojar algo tan importante!) he decido ir a tomar un café, digamos que en uno de esos lugares donde hay wi-fi y puedes llevar una portátil para sentirte importante: parece ser que al final soy Thomas Mann y quiero escribir un cuento.