Extensión de un libro

por patrickjmacosta

La extensión de un libro es ciertamente relativa; para hablar con conocimiento de causa (de libros que he leído) y por poner un ejemplo, no es lo mismo leer La Montaña Mágica de Thomas Mann que Harry Potter y la Orden del Fénix: a pesar que ambos libros tienen similar número de páginas (o por ahí), se leen de manera totalmente distinta. El primero de ellos te puede tomar un tiempo considerable, mientras que el de Rowling se lee en unos cuantos días sin ningún problema.

Ahora tengo un par de libros pendientes que se podrían considerar largos: Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (Haruki Murakami) y 2666 (Roberto Bolaño). Otro libro que recuerdo haber leído, pero cuyo contenido era incluso más denso que la novela de Mann fue Relatos de Belcebú a su nieto (Gurdjieff).

Imagen

También tengo pendiente la que probablemente sea la mejor obra de Vargas Llosa, La Guerra del Fin del Mundo (676 pp), incluso por encima de Conversación en La Catedral (727 pgs).

Considero hay dos tipos de placer que puedes sentir con la lectura (y uno no tiene que ser necesariamente mejor que el otro).

El primero, y más común, es el que sientes cuando te agarran de la mano y te llevan por descripciones amenas y fantásticas, con una cómoda linealidad sumada a una narrativa totalmente cristalina, sencilla, y «sincera». Te sientes como en familia: el entretenimiento y fácil comprensión es equiparable a un desayuno llevado a la cama en un frío invierno, ¡y con café con leche!

La segunda, se relaciona más al placer —vamos a llamarlo así— intelectual, en el que el esfuerzo, concentración, y atención son parte de los elementos necesarios para un verdadero entendimiento de un texto (además de la identificación de referencias y puntos de reflexión). Y como nada es gratuito en el vaivén de la vida, obviamente esto requerirá una mayor inversión; véase tiempo, perseverancia, búsqueda externa, o incluso releer varias veces.

En mi caso particular, prefiero lo s egundo. Sin embargo, acepto que hay días (y muchos) en que precisamente ese esfuerzo, genera al mismo tiempo una inmensa flojera (sumado al cansancio del ajetreo del incipiente y rutinario pasar de las horas) que sólo te lleva a querer, además de dormir, leer algo de asimilación for dummies.

Ahora, para los que tratan de llegar a un texto sin mucho éxito, creo que no deberían torturarse e intentar con otros más accesibles para ellos. Seguramente, ya después, podrán ser capaces de volver a intentar acometer en su lectura. No hay razón para autoinfligirse un sufrimiento que se podría evitar. A menos claro, de que estemos hablando de masoquistas. Por ejemplo, traté de abordar un par de veces el Ulises de Joyce sin demasiado éxito (y por eso le tengo tanto respeto), así que lo he dejado relegado en un rincón hasta que sienta que es el momento adecuado. Por lo pronto he tomado la decisión de leer, además de sus otras obras, consideraciones al respecto (encontré una tesis doctoral de filología inglesa sobre el libro que es muy interesante, y da bastantes luces), pero todo con calma.

De lo contrario, con un comportamiento forzado que roza el snobismo, nuestra triste realidad sería la de esta caricatura:

Imagen

 

También he estado pensando hincarle el diente (en un futuro) a Robert Musil y su Hombre sin atributos. Y quizás, si me alcanza el tiempo, El arcoiris de la gravedad de Thomas Pynchon.

De hecho, y ya que lo he mencionado, hay dos razones por las que me interesé en l a lectura de Bolaño. La primera, más convencional, fue por la recomendación de una amiga (cuyas sugerencias, en cine y literatura, siempre son bien recibidas), de leer Los detectives salvajes. Contrario a su opinión (tal vez equivocada) empezé por su obra póstuma (y supuestamente maestra) 2666. Ahora que empecé con la parte de los críticos, me pregunto si me he hecho con él ya demasiado tarde (¿no es rara esa sensación?) y que debería recuperar el tiempo perdido cuanto antes.

La segunda fue un poco más extraña, p orque de pronto se me vino una idea a la cabeza: tenía que leer a los que se consideraban los grandes autores que, al morir prematuramente, dejaron sus obras inacabadas. ‘Curiosamente’ (aunque no es sorpresa viniendo de su editor), aparte de Proust y Musil, también se mencionaba al chileno:

“Pienso que 2666 pertenece al club de El proceso y El Castillo de Kafka, En busca del tiempo perdido de Proust, El hombre sin atributos de Musil, o Bouvard y Pécuchet de Flaubert. Un club de “inacabadas” novelas inmortales”.
Jorge Herralde.

Pensaba escribir más, pero también dejaré mi entrada inacabada.

Adiós, pues.

Anuncios