1984: LA LITERATURA DEL MIEDO

por patrickjmacosta

El otro día pude agenciarme de una edición de 1984 de la obra 1984 (sí, irónico) de George Orwell, editada por el Círculo de Lectores (con licencia cedida por cortesía de Ed. Destino). Lo curioso es que no tiene portada alguna, sino que es una edición en tapa dura de un solo color (vino). Además, en la primera página reza: «Queda prohibida su venta a toda persona que no pertenezca al Círculo». La obra contiene un breve prólogo (crítico) de Manuel Vázquez Montalbán titulado “1984: LA LITERATURA DEL MIEDO”, en donde analiza la correlación del Nosotros de Zamiatin y su influencia directa sobre las otras dos grandes distopías de la literatura universal (1984 y Un Mundo Feliz de Huxley). Curiosamente, Orwell también escribió al respecto, dejando en claro su punto de vista en favor de la obra del ruso en comparación con la de Aldous. También se propone que el ‘ideal pesimista’ de los autores estaba fuertemente marcado por sucesos vividos anteriores a la publicación de sus respectivas obras (la Guerra Civil Española y el stalinismo en Orwell —admirador de Trotski—, el fracaso vivido en la Revolución de Octubre por Yevgeni, y el miedo a la desaparición del liberalismo y la ruina de la democracia burguesa en Huxley).

Estuve buscando por internet si es que dicho prólogo se encontraba transcrito en alguna web, pero parece que no. 😦

Sin embargo, creo que es un aporte interesante —a nivel bibliográfico— y por eso deseo compartirlo aquí; por lo que lo hice yo mismo.

1984: LA LITERATURA DEL MIEDO

En cuanto el siete dejó lugar al ocho para marcar el paso de década de este peligrosísimo siglo XX, los ensayistas del mundo entero desenterraron la pluma de la especulación y con ella dos obras literarias de distinto origen y signo: Las profecías de Nostradamus y 1984 de George Orwell. Los herméticos textos de Nostradamus han permitido que los sucedidos históricos se adapten a sus profecías, aunque queda la sospecha de si sucedidos bien diferentes se hubieran adaptado igual. Suele ocurrir cuando metáfora e Historia tratan de ponerse de acuerdo. Pero en referencia a 1984 de Orwell, las claves referenciales elaboradas por el escritor inglés están claras y 1984 al caer, por lo que las especulaciones sobre el acierto o desacierto de su utopía pasan por el inevitable careo entre el 1984 profetizado y el 1984 real.
Nacido en Motihari (Bengala) en 1903, Orwell moriría en Londres en 1950, meses después de la publicación de 1984 y cuando a los cuarenta y siete años era contemplado como uno de los agitadores culturales más interesantes de su tiempo. Orwell fue un autor de libros al que sería difícil clarificar como literato o como escritor político o escritor revolucionario. Pertenece al censo de aquellos jóvenes intelectuales, formados en los años veinte, que tuvieron que asumir lo que Sartre llama «…el hecho histórico más importante de nuestro tiempo: el protagonismo de la clase obrera», y su obra es una continua reflexión sobre la emancipación humana como necesidad histórica real y el papel del del poder en la satisfacción o insatisfacción de esa emancipación.
Hijo de ingleses destacados en las «colonias», Orwell se educó en Eton y se hizo funcionario de la policía de ocupación británica en Birmania. Disconforme con los métodos administrativos y represivos ingleses dejó el cuerpo y se dedicó a la literatura y al periodismo. En 1933 en «De aquí para allá por París y Londres» (también traducido por «Sin blanca por París y Londres») y en 1934 en «Días Birmanos», Orwell da la medida de su escritura como observador de sí mismo y de lo que pasa, escritor muscular que no hace «literatura», influido por la economía lingüísticadel periodismo. Ideológicamente, el joven Orwell se presentaba como una conciencia crítica de izquierda, decantada hacia el socialismo y simpatizante de Leon Trotski, por el que sentía la fascinación lógica que provoca el triunfador vencido, el revolucionario desarmado y acosado como una alimaña por sus antiguos compañeros de causa. Aquel Orwell anterior a Animal Farm (Rebelión en la granja, 1945) es en realidad un socialista utópico que espera al príncipe azul de la revolución.
Pronto tendría ocasión de enfrentar la realidad con el deseo. El 18 de julio de 1936 estalla la guerra civil española, Orwell acababa de escribir El camino de Wigam Pier, lo entrega a su editor y viaja a Barcelona donde se alista en las milicias del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), concretamente en diciembre de 1936 y en los cuarteles barceloneses «Lenin». A comienzos de enero de 1937 marcha al frente de Alcubierre, donde actuará como cabo en un destacamento de ingleses pertenecientes al Partido Laborista Independiente, destacamento reclutado dentro de las milicias del POUM. En abril está de permiso en Barcelona y pide el traslado a la Brigada Internacional operante en el frente de Madrid, pero durante la tramitación del papeleo se producen los hechos de mayo, factor crucial en la evolución ideológica de Orwell, que están en el origen de una evolución que le llevaría a escribir Rebelión en la granja y 1984. A comienzos de mayo se produce un sangriento enfrentamiento en Barcelona entre los partidarios de dar primacía al esfuerzo para ganar la guerra, aun a costa de un pacto político con la burguesía republicana (posición de los comunistas de todo el estado español y del PSUC en Catalunya) y los partidarios de desencadenar un esfuerzo revolucionario de cambio de estructuras ya en plena guerra civil, aprovechando la fragilidad de los aparatos de estado, fundamentalmente controlados por republicanos moderados y socialistas (posición maximalista defendida por el POUM y los anarquistas). Era clave la decantación comunista hacia una u otra estrategia y al tomar partido por la alianza con socialistas y moderados para hacer un bloque común contra el franquismo, el POUM y la CNT se rebelaron e incluso algunas divisiones iniciaron movimientos de retirada del frente y marcha hacia Barcelona. La alianza entre el PSUC y Esquerra Republicana (partido mayoritario en el gobierno de Geberalitat) se impone al POUM y a la CNT y se inicia una represión contra elementos destacados de una y otra formación, acusados de «traidores» a la causa republicana, de fascistas infiltrados, de quintacolumnistas. El hecho más escandaloso de esta represión fue le secuestro y «desaparición» de Andreu Nin, uno de los líderes e ideólogos del POUM, pero no fue el único. Desde mayo de 1937 hasta el final de la guerra civil, el POUM padeció un continuado hostigamiento por parte del poder establecido, especialmente por parte de los comunsitas que al parecer actuaban convencidos por el debilitamiento del esfuerzo bélico al que llevaban las posiciones y actitudes de los poumeros, pero también por las consignas de Moscú que veían en el POUM el brazo político de Trotski en España. Orwell asiste a los feroces combates entre «comunistas», pero aun así no se debilita su fe en el socialismo hasta el punto en que el 8 de junio de 1937 escribe a su amigo Cyril Connoy: «Ahora creo realmente en el socialismo, cosa que no hacía antes.» El 16 de junio, el gobierno español dirigido por socialistas, declara la ilegalidad del POUM y Orwell tuvo que esconderse en Barcelona junto con su esposa. Pudo cruzar la frontera francesa el 23 de junio y un mes después empezaba a escribir Homenaje a Cataluña, toma de partido incondicional por la lucha antifranquista, pero también por la causa del POUM.
Tanto en Dentro de la ballena como en El león y el unicornio, publicados respectivamente en 1940 y 1941, Orwell manifiesta una fe optimista en la emancipación humana y en el papel del proletariado como principal sujeto histórico emancipador. Pero lo vivido en Barcelona en 1937, el asesinato de Trotski, la visión del stalinismo que le transmitieron trotskistas fugitivos de la Unión Soviética y una depresión total producida por los bombardeos de Londres y la organización burocrática del esfuerzo de guerra y de la reconstrucción a partir de 1945, propiciaron el nuevo talante con el que Orwell escribió dos de las más brillantes muestras del pesimismo de la izquierda literaria.
Rebelión en la granja (1945) era una fábula sobre la revolución que devora a sus hijos. Los animales de la granja se sublevan contra el feroz granjero, pero terminan bajo la dictadura del cerdo y de los cerdos. La obra fue instrumentalizada durante la guerra fría como una demostración del horror comunista y de las excelencias del sistema capitalista. Tanto la obra impresa como sus versiones cinematográficas (dibujos animados) o teatrales, se inscribieron en el esfuerzo propagandístico de la cruzada anticomunista, sin que Orwell quisiera o pudiera hacer nada para impedirlo. Años después de la muerte de su autor, Rebelión en la granja llegó a ser incluso una comedia musical. Animal Farm era algo más que una condena estricta del stalinismo, era la expresión de un pesimismo profundo sobre la posibilidad de emancipación.
Y fruto de este mismo pesimismo sería 1984, profecía de un futuro en el que el mundo estaría dividido en esta dos totalitarios donde los individuos se verían sometidos a un constante e implícito lavado de cerebro para creer que estaban en el paraíso terrenal. Las tres grandes utopías literarias de este siglo, Nosotros del ruso Zamiatín, Un mundo feliz de Aldous Huxley y 1984, son hijas del pesimismo histórico. La de Zamiatín, precursora e inspiradora de las otras dos, era fruto del fracaso vivido de un individuo sumergido en la revolución de octubre. La de Huxley, el testimonio intelectualista y cínico de un hombre que tenía miedo a la desaparición del talante liberal y a la ruina de la democracia burguesa. La de Orwell, un conjuro angustiado ante males que temía y que veía insinuados en una contemporaneidad irreversible. Orwell reocnoció indirectamente que se había inspirado en la utopía de Zamiatín cuando dio la noticia al público británico de la existencia de Nosotros, novela desconocida o poco conocida en Inglaterra. En enero de 1946, Orwell dirigía Tribune, publicación socialista de izquierda y allí publicó un ensayo sobre Nosotros quejándose de que aún no hubiera sido editada en Inglaterra y advirtiendo que Un mundo feliz «….tiene que derivar en parte…» de la novela de Zamiatín, cuya filosofía veía como «…la rebelión del espíritu humano primitivo, contra un mundo racionalizado, mecanizado y sin dolor». No se equivocaba gran cosa Orwell en estas apreciaciones, Zamiatín era un filoanarquista ruso que se sumó a la revolución de octubre en un primer momento, para luego marcharse a Francia y escribir allí su utopía, una proclama histórica que iba más allá de la condena a la revolución soviética y se instalaba en la denuncia del signo de los tiempos: mecanización, programación, planificación. Zamiatín era un populista, situable entre Tolstoi y Dostoiewski y coloca a sus personajes en horribles ciudades donde las casas son de vidrio y por lo tanto sus conductas transparentes para el poder. Orwell señala que Zamiatín escribió su utopía antes del invento de la televisión, un «refinamiento tecnológico» para el control de la conducta que él tendría en cuenta, así como el helicóptero, a la hora de imaginar y escribir 1984. Zamiatín imaginó a partir de la tecnología realmente existente en su tiempo e igual hizo Orwell, pero los paralelismos simbólicos y situacionales son evidentes. El horrible Estado de Nosotros está conducido por «El Benefactor» y el de 1984 por «El Gran Hermano», en una y otra novela el Estado persigue la felicidad vigilada de los súbditos, en una y otra situación será el amor el que ayude a poner en quiebra la comunión con la verdad establecida y provocará la necesidad de lucha y de recuperación de la individualidad. Al analizar similitudes entre Nosotros y Un mundo feliz, Orwell caracteriza estas obras y a la vez ofrece pistas para las diferencias que cuatro años después la crítica podría encontrar entre ambas y 1984. Escribe Orwell: «Es su captación intuitiva del lado irracional del totalitarismo (el sacrificio humano, la crueldad como un fin en sí, el culto al jefe al que se conceden atributos divinos) lo que hace el libro de Zamiatín superior al de Huxley.» Para Orwell, en la obra de Huxley hay una seria incongruencia de fondo: «La finalidad no es la explotación económica… no hay hambre de poder, ni sadismo, ni ninguna clase de dureza. Los que están arriba no tienen ningún motivo para estar arriba, y, aunque todo el mundo es feliz, de una manera vacía, la vida se ha hecho tan insustancial que es difícil que tal sociedad pudiera mantenerse.» En cambio, según Orwell, en la utopía de Zamiatín, la sociedad descrita puede ser eterna, porque su motivación es el hambre de poder, el sadismo, el ejercicio de la dura autoridad gratificadora. En el elogio de Nosotros estaba ya la inspiración de 1984.
En ese año, situado a dieciséis del final del segundo milenio del cristianismo, Orwell concibe Oceanía, un mundo en el que el desarrollo tecnológico podría proporcionar un paraíso terrenal, la satisfacción de todas las necesidades materiales. Pero el poder político mantiene artificialmente las desigualdades y la pobreza para legitimarse y sobre todo para justificar la omnipotencia y la omnipresencia del «Gran Hermano». Según Orwell, en el pasado la dictadura era la garantía de la desigualdad, en Oceanía es la desigualdad quien garantiza la dictadura. Primer error utópico de Orwell. Falta medio año para 1984 en el momento en que redacto este prólogo y el desarrollo tecnológico no ha propiciado la hartura de la tierra, aunque sin duda es cierto que el hambre de la tierra se mantiene en parte por causas políticas: la carrera armamentista alimentando la política de bloques y una división internacional del trabajo que hace cada día más pobres a los países pobres. Tampoco se sostiene la tesis de Orwell de que el partido o el «Gran Hermano» quieren el poder por el poder. Un partido totalitario o un dictador no se representan a sí mismos, sino a una clase o a un conjunto de sectores sociales interesados en esa hegemonía para conservar sus privilegios reflejados en una determinada organización de la sociedad.

Una de las lecturas más inteligentes de 1984 es la realizada por uno de los hombres más inteligentes de la izquierda europea de este siglo, Isaac Deutcher, trotsquista porlaco que se convirtió en el principal y más honrado sovietólogo desde su exilio en Londres. Para Deutcher en realidad Orwell utilizó 1984 para expresar su hostilidad al stalinismo y su disgusto por la Inglaterra de la postguerra, esa Inglaterra superviviente, esa Inglaterra del racionamiento y de la racionalización laborista. Winston, el protagonista, describe un Londres contemporáneo de Orwell, el Londres que había quedado después de los bombardeos alemanes: «¿Hubo siempre estas vistas de decrépitas casas decimonónicas, con los costados revestidos de madera, las ventanas tapadas con cartón, los techos remendados con planchas de cinc acanalado y trozos sueltos de tapias de antiguos jardines?» La sensibilidad de Orwell es la de un desterrado de la revolución utópica, de la revolución absoluta y se siente tan ofendido por la brutalidad burocrática del stalinismo arrevolucionario, como por la zafiedad de la socialización de la mediocridad pretrendida por los laboristas. De hecho subyace en Orwell un pánico de individuo de élite ante un mundo masificado, en el que la corrupción del lenguaje y la evidencia puede conseguirse por el terror (el stalinismo o el fascismo) o por la persuasión masificadora (el laborismo, la socialdemocracia). En Oceanía se distingue entre el viejo lenguaje (viejodecir) y el nuevo lenguaje (neodecir), o neolengua, el idioma oficial se gobierna a través de ministerios tan bien intencionados como alienantes: el de la Verdad (Miniver), el de la Paz (Minipax), el del Amor (Minimor), el de la Abundancia (Minindancia). Ya en la descripción física de estos ministerios hay una contraindicación radical y simbólica: «El ministerio del Amor era terrorífico. No tenía ventanas en absoluto.» El escritor satiriza la contradicción entre el lenguaje y el estuchado del poder y la función real. Veinticinco años después esta sátira tiene pleno sentido. La corrupción del lenguaje en «Oriente» y «Occidente» es evidente. Aparentemente hay un neodecir que es un significante cínico que no se corresponde al significado de lo realmente existente. El mundo se rearma para la paz y todas las medidas políticas se toman en pro de la felicidad de los súbditos, como si el Ministerio del Amor fuera el principal, así en Washington como en Moscú. Pero se equivoca Orwell al pensar que eso era así en el Londres de los años cuarenta o en la Oceanía de 1984 por la maldad intrínseca del poder o por una supuesta metafísica del poder. Esto era así en los años cuarenta y en 1984 porque una política de dominación (clase sobre clase, individuo sobre individuo) tiene que mistificarse a sí misma y disimular la orden con el acento de la persuasión, la consigna con el mensaje subliminal no captado por la conciencia a la defensiva.

Orwell imagina en 1984 una ciudad en la que la imagen del «Gran Hermano» figurará agrandada en los muros, como invitación constante a la adoración. El escritor era hijo de su tiempo y tenía en la retina los gigantescos retratos de Stalin, Franco o Hitler situados en los puestos claves de Alemania, España o la URSS y de vivir en 1984 se daría cuenta de que el culto a la personalidad sobrevive subliminalmente gracias a la tecnología de la persuasión que no sólo se ejerce a través de la «telepantalla». La grosería del retrato monumental ya ni se practica en las repúblicas bananeras. Los especialistas en creación de imagen saben cómo convertir a Margaret Thatcher en la madre fuerte de la mayoría de los ingleses y a Felipe González en ese buen hijo audaz, honrado, y triunfador que todos los españoles quisieran tener, en los años en que los jóvenes no tienen terreno para la audacia, comprenden pocos motivos para ser honrados y no triunfan ni los sábados por la noche.

En 1984, en la Oceanía de Orwell, el poder recomienda no pensar y no leer lo que no sea la literatura oficial. La resistencia mental clandestina tiene como punto de referencia el libro, un cuerpo literario crítico de un intelectual, Emmanuel Goldstein, descrito con rasgos similares a Trotski. La referencia a la URSS stalinista es evidente y la posibilidad de trasladar esa metáfora al 1984 difícil. No está prohibido leer en la actualidad, pero el leer está condicionado por la organización de la vida y por las intenciones de la industria de la cultura, sea de mercado libre, sea estatal. La cultura en 1983, y supongo que en 1984, está organizada para alienar, porque tiene como fetiche la mercancía en Occidente o la cápsula de verdad oficial en los países socialistas. De hecho Orweel sitúa en 1984 su condena de lo que le es contemporáneo y teme que ya sea eterno e irreversible. Nunca ha sido marxista y carece de elementos de materialismo histórico para entender qué pasa y qué le pasa. Su voluntad de escritor histórico está lastrada por su impotencia metodológica para entender la Historia, aunque desde su intuición como observador nos suministra los síntomas de un mundo que va hacia la uniformidad y el determinismo, pero no de la mano de la voluntad de poder o del sadismo del poder, sino de la lógica de la lucha entre emancipadores y sometedores y de la gran lógica de fondo del equilibrio del terror, que uniforma las conductas dentro del corsé del miedo universal.

Orwell conocía los horrores de la conducta colectiva e individual organizada por el totalitarismo contemporáneo (nazismo o stalinismo). Son totalitarismos típicos que se reproducen hoy en aquellas zonas de la tierra donde la lucha de clases se traduce en un totalitarismo explícito y deja su secuela de tortura, cárceles, desaparecidos, etc., apadrinado este totalitarismo por los defensores de la conciencia liberal del universo. Pero poco podía imaginar Orwell que en 1984 la dominación de poder tuviera su tecnología más sofisticada precisamente en las democracias más avanzadas, donde los bancos de datos sobre los ciudadanos, los medios de persuasión y la conciencia colectiva de estabilidad pueden hacer coexistir la apariencia de democracia y el suicidio programado de los disidentes radicales, como en el caso de la banda terrorista Baader Meinhoff. Orwell temía ese mundo en el que toda la verdad estuviera depositada en el Ministerio de la Verdad, pero poco podía imaginar que en 1984 para conseguir la alienación de las masas bastara con controlar sus necesidades y sus motivaciones, bastara con fomentar y controlar su conciencia consumidora.

El 1984 real desdramatiza estéticamente al 1984 de Orwell, aunque si lo examinamos con los instrumentos del conocimiento social que tenemos, el drama ético es mucho más profundo que el supuesto por Orwell. El uno de enero de 1984 sorprenderá al mundo bajo el pánico del rearme y de la guerra mundial y por lo tanto bajo la inculcación de la estabilidad, la austeridad, la conservación de lo malo en la duda de lo bueno. Podría deducirse de este cuadro final de la Historia, esa fotofija eterna del hombre paralizado y deshabitado que soñaron literariamente Zamiatín, Huxley o el propio Orwell. Pero afortunadamente la capacidad de lucha emancipatoria supera a la de dominación y el miedo de los dominadores ha de superar la voluntad de cambio de los dominados y ser su imposible medida. Orwell creó una hermosa fábula de moribundo frustrado porque ni la Vida ni la Historia habían sido como él había querido. Pero Vida e Historia continuaban.

M. Vázquez Montalbán

Junio 1983

Transcripción hecha del texto original por Patrick J. M. Acosta, Junio 2013.

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