La muerte de Nirzheyà

por patrickjmacosta

En la berbejada reja de la esquina, frente al riachuelo de la quebrada inyascente que baja por la pendiente ferviente y frivolente de la calle vecina, vive una graciosa señorita de nombre citadino. Su perro, llamado Baskerville, es un Boston Terrier de acentuación rimbombante e insipiente melena. Va junto a su dueña todos los días al imponente mercadillo del centro de la ciudad, al que van, de cuando en cuando, las señoronas desfachatadas del lote purpúreo de la obligación otorgada y del beneficio obtenido.

Como buena colegiata, después de hacer las compras de las 6 p.m., echar la mal oliente escoria de los residuos orgánicos que alimentan a la nación, y dejar a Baskerville en la tía Virgilia, abadesa del pueblito promontorio de colinas escarpadas y ufana mirada de libertad limitada, emprende apremiante marcha hacia la pequeñita capillita de la callecita Sixtina, abandonada por el azote de Neptuno en los tiempos del cataclismo oleájico pseudomonsónico apocalíptico irreverente y revelador.

Una, dos, tres personas a larga distancia se miran entre ellas en todo el recinto casi vacío del único templo no eclesiástico de la anti-capital. Jranges, alquímico de profesión y recintico recitador de versos profusos, confusos y obtusos en sus ratos libres, coge con fuerza un libro piratesco con la mano izquierda, y una copa de la más pura sábila glaciar de los andes volcánicos azufrados de la región semi-capital del norte de Prancia, en Zý-ribhatÿ, con la derecha.

A la distancia, la citadina señorita puede leer el título “El Reyno Nuevo: Abdyu el heliopolitano, la barca del sol y los dominios yuxtapuestos de Aker, guardián de los secretos que están en la Duat y Gueb, señor de la tierra fértil” para sentarse —al fin—, satisfecha. Mahjov Alaavad-Crèzherfurther sucede a Jrangers en la ecolálica recita intrínseca e inexorable de los versos profanos, sacrílegos, paganos y herejes a través de toda la girola.
Los nada concurridos recintos recitales rosáceos herméticos simétricos y sintéticos, reciben las pisadas golfantes y recalcitrantes del iniciado Pranciano, esgrimiendo, agitando, y sacudiendo la sábila a todos los presentes (4 gatos de Aquino, deseosos de lo oculto y abdultos de lo desconocido).

Manchados en tinta, el gracejo señor escribe en sus rostros, ávidos de excitación y endulcuramiento excesivo por la infasciente levedad de las primeras grutillas del inicio de la noche, las siguientes palabras: “Jenty-En-Irty: El que gobierna con los dos Ojos”.

A las 8 pm, la berbejada reja de la esquina, frente al riachuelo de la quebrada inyascente que baja por la pendiente ferviente y frivolente de la calle vecina, de par en par, vuelve a abrirse. Un alto señor, de negras barbas y un tétrico atuendo variopinto, con la mirada compasiva que desentraña un afecto inquebrantable hacia un estrecho lazo irrompible en el tiempo, palideció ante la tenue luz de la menguante luna.

Al unísono, las dos amplias ventanas de mi casa chocaron contra la pared derramando el vidrio en todo el asfalto, para ver a un hombre en completo shock, y una dama de cabello corto tirada en el suelo después de tocar el obsoleto timbre, con la boca llena de espuma blanca y los ojos completamente abiertos, derramando lágrimas de sangre, y con una inscripción en la frente que parecía hecha con el fino filo de un cuchillo ardiente.

Un perro de acentuación rimbombante e insipiente melena se acerca al cuerpo, le lame la mano y empieza a aullar como un loco, como si se tratase del fin del mundo o como si le estarían reventando cohetes en los oídos. De pronto, la misma espuma de la boca de su dueña empieza a chorrear por sus dientes, y ataca al robusto señor que antes reconocía como su amo y maestro, para ser muerto por 9 milímetros de plomo en el medio de la cabeza. “Lo siento”, un susurro se oye en el viento.

Voy corriendo a la esquina, a la misteriosa casa a la que nunca nadie se atrevía a acercarse, por los espantosos gritos que se escuchaban al amanecer, por el inexplicable frío que se sentía al pasar, o tal vez por la injuriosa locura de la pareja de esposos que allí vivían, uno más desquiciado que el otro.

Al llegar, el lugar está vacío: ni la joven tirada en el suelo, ni el perro baleado, ni el mini gigante del vecino, todos se han ido. A lo lejos, se ve una gran sombra que camina, apresuradamente, agarrando un celular con luces sicodélicas y asegurando con voz tajante, pero a la vez temerosa: “Ha empezado”.

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