Autobiografía

por patrickjmacosta

 

Introducción

Giovanni Papini, escritor italiano del siglo XX, dijo alguna vez: «Si un hombre cualquiera, incluso vulgar, supiera narrar su propia vida, escribiría una de las más grandes novelas que jamás se haya escrito». A pesar de que una biografía -aunque sea escrita por uno mismo- tenga también un carácter histórico; su valor literario no pierde significado en lo absoluto. Y he de pensar, muy fervorosamente, de que esto está relacionado a que, nosotros mismos, tenemos una visión sesgada de nuestra propia vida. Tan sólo vislumbramos el mundo de actitudes, personalidades (nuestras diferentes máscaras con las que nos presentamos ante distintas interacciones sociales), características e ideas que nos conforman. Por esta misma razón, un psicoanalista, cuyo nombre no puedo recordar, o que quizás nunca lo supe, decía que no existe [auto]biografía (y sí “heterobiografía”), por el simple motivo de que el ‘yo’ es un número ilimitado de imágenes, uno no debe preguntarse qué dice uno de sí mismo, sino quién lo dice. Es decir, que parte de mí le dice algo a ese espectador invisible tácito. Ese yo que desaparecerá pronto cuando la palabra me tome, me posea, me haga ver que antes de escritor soy escrito, que antes de hablar soy hablado; que al ser tomado por el lenguaje inevitablemente caigo en la cadena del sinsentido, del significante, ad infinitum. Somos como espejos, irremediablemente reflejamos imágenes exteriores a nosotros, pero estamos vacíos por dentro. Aun así, es inexorable que se nos atribuyan imágenes exteriores, que varían de quién nos ve, o cree vernos, pero la verdad es que no estamos allí.

Esto es más o menos lo que él decía, y por eso mismo no pienso soslayar el hecho de que al escribir las próximas líneas, no podré evitar el recrear imaginarios que mi memoria  ha construido a lo largo del tiempo (si es que algo como eso existe, claro está) y con los cuales me sentiré identificado dependiendo de cual sea el actor principal que esté desencadenando el papel en ese momento. Como sea, supongo que ya fue suficiente de esta introducción histriónica que deja entrever mi espíritu visceral al redactar algo que va a ser traducido en el desarrollo de mi vida, hasta este mismo instante, en que estoy escribiendo esto; así que concluyo.

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