Introibo Ad Altare Dei

Relato del manifiesto de un retrato descriptivo

Mes: junio, 2013

Sin título

Arrastrándose con paso mezquino, las palabras, atropelladas, fluctúan en un vaivén incesante que penetra la frontera de la historia y el tiempo. Trazando la ruin travesía, el verbo que nace y renace en un constante surgir de cenizas, ahoga un grito misterioso y breve; limitando al ser. Entonces muere. Vida es principio y fin; anagrama que sondea la esencia del lenguaje y pensamiento. Infructuosa, la leve tristeza que cae rendida, desfallece. Y el espíritu de Dios revolotea sobre las aguas. Los confines más profundos de la mente, crean pequeñas imágenes ajenas a la memoria: significantes exteriores que reflejan ideas; son como espejos que flotan en la superficie del inconsciente colectivo, para después sumergirse en un océano de sedientos deseos. Lágrimas fluyen, desgarrando la existencia. Terriblemente humanos, reticentes a reprimir emociones y sentimientos, buscamos razón y sentido. En el límite de lo escrito caemos, trémulos, a través de ojos que nos juzgan. Desnudos y transparentes, caminamos por un sendero de luces y sombras. La llama se apaga. Pero historia y tiempo continúan. Desesperanza, desesperanza, desesperanza… ¡Levantémonos! Aún no estamos perdidos. Al tercer día seremos hombres nuevos.

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Extensión de un libro

La extensión de un libro es ciertamente relativa; para hablar con conocimiento de causa (de libros que he leído) y por poner un ejemplo, no es lo mismo leer La Montaña Mágica de Thomas Mann que Harry Potter y la Orden del Fénix: a pesar que ambos libros tienen similar número de páginas (o por ahí), se leen de manera totalmente distinta. El primero de ellos te puede tomar un tiempo considerable, mientras que el de Rowling se lee en unos cuantos días sin ningún problema.

Ahora tengo un par de libros pendientes que se podrían considerar largos: Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (Haruki Murakami) y 2666 (Roberto Bolaño). Otro libro que recuerdo haber leído, pero cuyo contenido era incluso más denso que la novela de Mann fue Relatos de Belcebú a su nieto (Gurdjieff).

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También tengo pendiente la que probablemente sea la mejor obra de Vargas Llosa, La Guerra del Fin del Mundo (676 pp), incluso por encima de Conversación en La Catedral (727 pgs).

Considero hay dos tipos de placer que puedes sentir con la lectura (y uno no tiene que ser necesariamente mejor que el otro).

El primero, y más común, es el que sientes cuando te agarran de la mano y te llevan por descripciones amenas y fantásticas, con una cómoda linealidad sumada a una narrativa totalmente cristalina, sencilla, y «sincera». Te sientes como en familia: el entretenimiento y fácil comprensión es equiparable a un desayuno llevado a la cama en un frío invierno, ¡y con café con leche!

La segunda, se relaciona más al placer —vamos a llamarlo así— intelectual, en el que el esfuerzo, concentración, y atención son parte de los elementos necesarios para un verdadero entendimiento de un texto (además de la identificación de referencias y puntos de reflexión). Y como nada es gratuito en el vaivén de la vida, obviamente esto requerirá una mayor inversión; véase tiempo, perseverancia, búsqueda externa, o incluso releer varias veces.

En mi caso particular, prefiero lo s egundo. Sin embargo, acepto que hay días (y muchos) en que precisamente ese esfuerzo, genera al mismo tiempo una inmensa flojera (sumado al cansancio del ajetreo del incipiente y rutinario pasar de las horas) que sólo te lleva a querer, además de dormir, leer algo de asimilación for dummies.

Ahora, para los que tratan de llegar a un texto sin mucho éxito, creo que no deberían torturarse e intentar con otros más accesibles para ellos. Seguramente, ya después, podrán ser capaces de volver a intentar acometer en su lectura. No hay razón para autoinfligirse un sufrimiento que se podría evitar. A menos claro, de que estemos hablando de masoquistas. Por ejemplo, traté de abordar un par de veces el Ulises de Joyce sin demasiado éxito (y por eso le tengo tanto respeto), así que lo he dejado relegado en un rincón hasta que sienta que es el momento adecuado. Por lo pronto he tomado la decisión de leer, además de sus otras obras, consideraciones al respecto (encontré una tesis doctoral de filología inglesa sobre el libro que es muy interesante, y da bastantes luces), pero todo con calma.

De lo contrario, con un comportamiento forzado que roza el snobismo, nuestra triste realidad sería la de esta caricatura:

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También he estado pensando hincarle el diente (en un futuro) a Robert Musil y su Hombre sin atributos. Y quizás, si me alcanza el tiempo, El arcoiris de la gravedad de Thomas Pynchon.

De hecho, y ya que lo he mencionado, hay dos razones por las que me interesé en l a lectura de Bolaño. La primera, más convencional, fue por la recomendación de una amiga (cuyas sugerencias, en cine y literatura, siempre son bien recibidas), de leer Los detectives salvajes. Contrario a su opinión (tal vez equivocada) empezé por su obra póstuma (y supuestamente maestra) 2666. Ahora que empecé con la parte de los críticos, me pregunto si me he hecho con él ya demasiado tarde (¿no es rara esa sensación?) y que debería recuperar el tiempo perdido cuanto antes.

La segunda fue un poco más extraña, p orque de pronto se me vino una idea a la cabeza: tenía que leer a los que se consideraban los grandes autores que, al morir prematuramente, dejaron sus obras inacabadas. ‘Curiosamente’ (aunque no es sorpresa viniendo de su editor), aparte de Proust y Musil, también se mencionaba al chileno:

“Pienso que 2666 pertenece al club de El proceso y El Castillo de Kafka, En busca del tiempo perdido de Proust, El hombre sin atributos de Musil, o Bouvard y Pécuchet de Flaubert. Un club de “inacabadas” novelas inmortales”.
Jorge Herralde.

Pensaba escribir más, pero también dejaré mi entrada inacabada.

Adiós, pues.

Fragmento

 

Nanorrelatos

El Rey

legó sus poderes y se fue a descansar.

Huida

La princesa contempla el horizonte en brazos del guerrero.

Situación

¿A qué nivel debería ponerme ahora?

Quinta Raza Aria

¿Cómo hemos llegado a ésto?

Conciencia

despertó como de un sueño; vio la luz acercándose.

Jerarquías

dicen que se hicieron para incitar revoluciones.

Nostalgia

La brisa del viento golpea su rostro, levanta la mirada al cielo.

Autobiografía

 

Introducción

Giovanni Papini, escritor italiano del siglo XX, dijo alguna vez: «Si un hombre cualquiera, incluso vulgar, supiera narrar su propia vida, escribiría una de las más grandes novelas que jamás se haya escrito». A pesar de que una biografía -aunque sea escrita por uno mismo- tenga también un carácter histórico; su valor literario no pierde significado en lo absoluto. Y he de pensar, muy fervorosamente, de que esto está relacionado a que, nosotros mismos, tenemos una visión sesgada de nuestra propia vida. Tan sólo vislumbramos el mundo de actitudes, personalidades (nuestras diferentes máscaras con las que nos presentamos ante distintas interacciones sociales), características e ideas que nos conforman. Por esta misma razón, un psicoanalista, cuyo nombre no puedo recordar, o que quizás nunca lo supe, decía que no existe [auto]biografía (y sí “heterobiografía”), por el simple motivo de que el ‘yo’ es un número ilimitado de imágenes, uno no debe preguntarse qué dice uno de sí mismo, sino quién lo dice. Es decir, que parte de mí le dice algo a ese espectador invisible tácito. Ese yo que desaparecerá pronto cuando la palabra me tome, me posea, me haga ver que antes de escritor soy escrito, que antes de hablar soy hablado; que al ser tomado por el lenguaje inevitablemente caigo en la cadena del sinsentido, del significante, ad infinitum. Somos como espejos, irremediablemente reflejamos imágenes exteriores a nosotros, pero estamos vacíos por dentro. Aun así, es inexorable que se nos atribuyan imágenes exteriores, que varían de quién nos ve, o cree vernos, pero la verdad es que no estamos allí.

Esto es más o menos lo que él decía, y por eso mismo no pienso soslayar el hecho de que al escribir las próximas líneas, no podré evitar el recrear imaginarios que mi memoria  ha construido a lo largo del tiempo (si es que algo como eso existe, claro está) y con los cuales me sentiré identificado dependiendo de cual sea el actor principal que esté desencadenando el papel en ese momento. Como sea, supongo que ya fue suficiente de esta introducción histriónica que deja entrever mi espíritu visceral al redactar algo que va a ser traducido en el desarrollo de mi vida, hasta este mismo instante, en que estoy escribiendo esto; así que concluyo.

Vacío

Cuando caía por un abismo, y ninguna mano lograba alcanzarme; cuando estaba a punto de sumergirme en la profunda obscuridad de un abismo sin fin —el vacío eterno olvidado por el tiempo—, el resplandor de la mañana palideció ante la imponente presencia de un extraño visitante. Envuelto en espiral de llamas, un coro de cánticos aclama su llegada; como el inexorable devenir de un dios que anuncia el principio de toda condena. ¿Eres ángel o demonio? Puesto que tus intenciones no son claras: Tu mirada apacible, y en las manos espadas. ¿Eres justo o implacable? Si veo en ti luz, esa luz me quema. Llévame contigo, no quiero sentir más dolor; o atraviésame con tu instinto asesino, pero no me dejes aquí.

Al olvidar el efímero placer de lo inefable (en el que por un instante eres feliz) el miedo invade todo tu ser, todo lo que eres. Incluso la muerte tiembla ante los designios del retorcido destino.

Sin sentido, sin objetivo, nuestro camino, el de todos, termina aquí. En este frío y oscuro abismo, en donde las ilusiones se apagan, los sueños no son más que pesadillas y la esperanza huye despavorida. Sin importar lo que hayamos hecho en la vida, vamos al mismo lugar. Cielo e Infierno son lo mismo. El visitante se acerca más y más, cada vez más cerca… Mi respiración, mis latidos, mi alma y espíritu, se marchitan, se apagan… ¡Y por fin! Una mano logra alcanzarme; es como el hielo, pero aún más fría; es como la muerte. Veo el rostro de la mujer que una vez amé, sonríe y me da el beso que acabará con todo, con el sufrimiento que me mata. Al abrir los ojos, veo un túnel, me pregunto si habré llegado hasta el final del abismo.

Un camino de luz me espera. Y en el último momento, el emisario que acabará con mi existencia, con todo lo que soy. Puedo verla, la lanza divina que devora el aliento. Ahora no soy más que polvo; polvo cósmico, pero polvo al fin y al cabo.

Hablando de libros II

Enlace: http://www.forosperu.net/showthread.php?t=367099

Hablando de libros II

1. Uno que leyó de una sentada

Varios, curiosamente la mayoría cuando era un niño (supongo que tenía más tiempo libre). Ejemplo, los tres primeros libros de la saga de Rowling (acerca de un mago flaquito de lentes), alguno de Curtis (El destripador viajó al oeste) y seguramente muchos otros que ya no puedo recordar. En la mayoría de los casos, las veces en que leía libros «de una sentada» era cuando me los prestaban o los encontraba por casualidad hurgando por alguna biblioteca (ya sea de un familiar, propia o no).

2. Uno que se haya demorado mucho en leer

Principalmente libros clásicos como El Quijote, La Divina Comedia o Fausto de Goethe. Incluso he postergado la finalización de la lectura (las últimas 40 páginas) de Drácula por el simple hecho de tener el pensamiento de que son obras que siempre estarán ahí terminándolas mucho después. Lo mismo me pasó con Borges. Por otro lado, se podría decir que me he leído del tirón a otros ‘universales’ como Homero o Shakespeare.

3. Uno que sea un placer culposo

No sé si será un placer culposo, pero disfruto leer libros sagrados como el Bhagavad Gita, el Dhammapada, el Tao Te King o El Popol Vuh.

4. Uno que le gusta a todos menos a usted

Muchos de los libros considerados como “patrimonio de la humanidad” por Vargas Llosa en el programa Mi novela favorita (por ejemplo: María, Cumbres borrascosas, Madame Bobary, Orgullo y prejuicio, Jane Eyre, etc. [Y ojo que con esto no estoy diciendo que no aprecio su valor literario ni la importancia que tienen o tuvieron en su momento, sino que no me gustan]. Aunque, obviamente, algunos de su selección me parecen geniales. También podría ser El amor en los tiempos del cólera, me pareció un ‘poquito‚ insufrible hahaha. De hecho también demoré en terminarla.

5. Uno de viajes

Flash ou le Grand Voyage, de Charles Duchaussois. Y la Odisea jajaja.

6. Uno de un Nobel

Cien años de soledad, estupendo libro. Y quizás por ahí La guerra del fin del mundo o Conversación en la catedral para mencionar al nobel peruano (aunque mucho más sencilla, también me gustó la Ciudad y los perros).

7. Uno muy divertido

El Decamerón, claro está.

8. Uno para leer por fragmentos

El Kybalión es excelente para eso. Sin embargo, recomiendo leerlo de una sola vez.

9. Uno con una excelente versión cinematográfica

Fight Club, de Chuck Palahniuk. Para mí, Fincher logró una adaptación fílmica excelente.

10. Uno con una pésima versión cinematográfica

Dorian Gray del 2009. Ok, ok, quizás no fue taaaan pésima, pero pudo haber sido mucho mejor (y sí, ya sé que siempre lo puede ser).

11. Uno que haya odiado hace años y hoy admira
Les Demeures Philosophales, de Fulcanelli. En parte porque la primera vez que lo leí (a los 14 o 15 años) no pude comprenderlo del todo.

12. Uno que haya amado hace años y del que hoy reniega
Rich Dad, Poor Dad. De Robert Kiyosaki y Sharon Lechter. Me lo recomendó una amiga hace muchos años, cuando estaba en el colegio. Y tal vez fue por eso que me pareció genial; pero desde —o antes— el primer ciclo de la universidad (incluso con un simple curso introductorio basta para darse cuenta) ahora lo considero una enseñanza de lo más básica de las finanzas, y también es deleznable debido a la naturaleza de los autores, similar a la de otros bestsellers como El Secreto. Ja!

13. El que más veces ha leído
Me parece que Las mil y una noches. Lo he leído demasiadas veces.

14. Uno que lo haya sorprendido por bueno
Libri di Luca. Del autor danés Mikkel Birkegaard. Lo compré sin conocer nada del mismo, y no es que precisamente esté relacionado con la literatura nórdica (ni siquiera con la saga de Larsson). Así que, posterior a la compra, me puse a ello: Las críticas apuntaban a que, si bien es cierto cualquier bibliófilo se enamoraría del planteamiento inicial de la novela, a medida en que ibas avanzando en la historia la decepción que ibas a sentir en el mismo momento en que el autor deje de lado las temáticas más interesantes para centrarse en un giro poco atrayente, sería devastadora. Sin embargo, y contrario a muchos, a mí me gustó.

15. Uno que lo haya sorprendido por malo
Tenía muchas expectativas por leer a Conan Doyle, ya que me lo habían recomendado bastante y yo mismo imaginaba que la calidad de sus obras (en lo que se refiere a Sherlock Holmes) iba a ser de lo mejor. Y que si bien sus novelas y relatos no son exactamente「malos」y sí entretenidos, no era lo que yo… Esperaba. Seguramente muchos entenderán a lo que me refiero.

16. Uno de cuentos (no valen antologías)
Uno de mis libros favoritos de cuentos es „101 cuentos clásicos de la India”. Recopilación de Ramiro Calle. Aunque supongo que podría ser considerado como una antología. Entonces podría ser Cuentos de amor de locura y de muerte. Horacio Quiroga.

17. Uno de poemas (no valen antologías)
No he leído muchos , aunque me encanta la poesía de Eminescu, pero creo que no escribió ningún libro de poemas. Pero podría ser Four Quartets de T. S. Eliot. Por cierto, alguien me recomienda alguno?

18. Uno que le gustaría leer en su vejez
La epopeya de Gilgamesh.

19. Uno que no le prestaría a nadie
Creo que cualquiera ha tenido la experiencia de que nunca le han devuelto un libro prestado, o uno mismo no lo ha hecho. Es una extraña costumbre que parece no poder desligarse del hábito de un lector, como si sería innata haha. Siendo así, por el temor a que no me lo devuelvan (y eso que soy de los apoyan las iniciativas de liberar libros, como lee libros libres) por lo bueno y/o la edición, creo que sería El Silmarillion. O también una edición de los años 60 de tradiciones peruanas, editada con sus fuentes originales por Alberto Tauro, que me regaló mi abuelo. A menos de que sea a alguien de mucha confianza. Y por malo, pues no sé… Ah, sí! El amor en los tiempos del cólera

20. Uno para aprender a perder
El haiku de las palabras perdidas. Andrés Pascual.

21. Uno que asocie con la música que le gusta
La divina comedia, El Conde de Montecristo, El cantar de los Nibelungos, Flash, El Silmarillion, Drácula… En fin, depende del género (mis preferencias musicales van desde la clásica, instrumental con arreglos de distintos géneros, pasando por el metal gótico y sinfónico, el bossanova, el jazz, el blues, el rock, hasta la electrónica y sus distintas variantes [y un largo etc.]) en cuestión.

22. Un libro que le regalaron y no le gustó
El Libro de Mormón.

23. Uno que lo haya asustado
Ninguno, no tengo miedo.

24. Uno que se haya robado
Hasta ahora no he tenido la oportunidad :/ es broma haha, nunca robaría un libro. En realidad nada.

25. Uno que haya intercambiado
Cuando era casi un púber, mucho antes de saber acerca de la autoayuda como un ‘género’, recuerdo que me llamó la atención un libro de Robert Fisher, llamado “The Knight in Rusty Armor”. Como sea, por aquel entonces me sucedió algo que consideraba inexplicable, y que ya me había pasado con obras de similar tinte como esas bazofias de Chocolate caliente para el alma de los adolescentes, Juventud en éxtasis, Once minutos, El Alquimista, A orillas del río Piedra me senté y lloré, Pastillas / Reflexiones / Sabiduría para el alma (el tipo de libros que tergiversan historias de filosofía oriental convirtiéndolas en cuentitos ridículos que tiempo después detestaría tanto) ¿Quién se ha llevado mi queso? Y demás títulos que me habían recomendado, encantados, algunos de mis amigos. Y fue que: No pude terminarlo. Por alguna extraña razón, que en ese momento no comprendía, ese tipo de ‘literatura’ se me hacía tan tediosa y aburrida, carente de sentido, absurda, elemental, frustrante, estúpida, y otros adjetivos, que se me hacía raro el no poder hallar el gusto y la fascinación que otros tenían leyéndolos, con gran facilidad. El punto es, que una amiga que me había visto leyéndolo, me pidió que se lo prestará, pero como quería deshacerme de el, le sugerí que hagamos un intercambio. Así que ella me dio una de las obras que le había regalado su madre, diciéndome que era muy interesante (aunque creo que en verdad no la había leído, sino revisado) El hombre mediocre, de José Ingenieros. Acepté, e hicimos el intercambio, por lo que ambos quedamos satisfechos. Aunque supongo que yo más y, pensándolo bien, fue casi casi un robo de mi parte hahaha.

Saludos!

¿Qué tipo de lector eres?

He aquí la guía de diagnóstico que han elaborado en The Atlantic para ayudarnos a descubrir el tipo de lector que llevamos dentro:

El lector promiscuo: empieza un libro y no duda en abandonarlo por otro. Así es su dieta lectora. No puede evitarlo. Le gusta demasiado leer y no sabe decir que no.

El lector cascarrabias: voraz a la par que exigente. Nunca deja un libro a la mitad aunque no le guste nada y opine que el autor no sabe juntar dos frases seguidas con sentido. Suele lanzar el libro contra la pared.

El lector cronológico: lento y constante. Se compra un libro, lo lee y vuelve a la librería a por otro. Es la antítesis del lector promiscuo. Sólo abandona un libro sin terminar de leerlo si tiene una razón de peso y ni con esas se libra de los remordimientos de conciencia.

El lector aniquilador: siente pasión por los libros, los lleva a todas partes y, por eso, toda su biblioteca está formada por libros con las hojas sueltas, las cubiertas rotas y las páginas amarillentes. Quiere tanto a sus libros que ni se da cuenta de que les hace daño.

El lector ocupado I: amante de los libros, entra a una librería y no puede evitar comprar varios ejemplares. Luego llega a casa y los coloca en una estantería o en la mesita de noche como si fueran una obra de arte. Pero está muy ocupado y tarda meses, años incluso, en abrir los libros y leerlos. Cuando lo hace, lamenta haber tardado tanto en leer esa maravillosa pieza literaria.

El lector ocupado II: no le gusta leer, compra los libros para presumir.

El librófilo: más que leer, le gustan los libros. Los viejos, por su olor, sus arrugas y sus páginas amarillentas, y los nuevos, por su olor, su frescura y su disponibilidad.

El anti-lector: nunca lee libros porque son demasiado largos.

El espíritu libre: dícese de un adulto que lee literatura para jóvenes o de un niño que lee libros para adultos. Antaño esto era causa de sonrojo, pero ya no. La sociedad ha aceptado a estos espíritus libres que nunca han hecho caso de las estrictas categorías del mercado editorial.

El multi-tarea: lee varios libros a la vez, confunde tramas y personajes, pero siempre los termina.

El lector somnoliento: sólo tiene tiempo de leer cuando acaba el día, en la cama. Está comodísimo y el libro es fantástico, pero no consigue mantener los ojos abiertos y se despierta a las tres de la mañana para cerrar el libro y apagar la luz. (vía The Atlantic)

Tomado de: http://blogs.elpais.com/papeles-perd…ctor-eres.html

 

Creo que soy un poco de —casi— todo.

Por ejemplo, a veces soy un lector promiscuo: Estoy en la página 100 de un libro, y por una razón u otra (que no necesariamente es que no me haya gustado) lo abandono y empiezo uno nuevo. También algo cascarrabias; cuando siento la necesidad de terminar un texto (forzadamente) insoportable y tonto. Me dan ganas de aventarlo contra la pared  aunque después me da pena (el libro en sí, mas no su contenido). Cronológico definitivamente no soy, así que eso está descartado. Pero sí moderadamente aniquilador; llevo uno que otro libro a visitas familiares o a algún lugar en el que se que pasaré, aunque sea breve, un tiempo de aburrimiento. En esos casos terminan ligeramente maltratados.

Me considero en mayor medida un lector ocupado I: Puedo comprar varios libros y dejarlos en el estante bastante tiempo para que, cuando los lea, me arrepienta de no haberlo hecho antes. Presumir libros es estúpido (y más aun cuando no te gusta leer) pero admito que lo he hecho un par de veces para fastidiar a algún amigo o amiga que tiene postergada la lectura de un libro que yo haya terminado; pero es más el hecho de haberlo leído en sí que de tenerlo, aunque también jajaja. Así que debo tener un cierto porcentaje de lector ocupado II, creo yo.

Definitivamente cumplo con las características del librófilo, me encanta oler los libros, viejos o nuevos (con sus diferencias específicas) y observarlos como si serían una obra de arte, y a veces tratarlos con cariño.

En ciertas ocasiones, se me da por ser anti-lector y cuando estoy a punto de abordar un libro de mi interés, me da una flojera tremenda.

Cuando era niño leía libros «para adultos», y hace no demasiado tiempo terminé la saga de Harry Potter en menos de dos semanas. Así que algo de espíritu libre tendré (: además de que es mi nombre favorito haha (de esta guía).

Multi-tarea: Sí suelo intercalar en la lectura (incluyendo lo académico con lo ‘estético’ [si se puede llamar así, que va a ser que no]) pero no confundo tramas ni personajes.

El lector somnoliento:
He leído libros de madrugada y me he mantenido despierto; así como también cientos de veces me he quedado dormido con uno al costado mío, y no necesariamente a altas horas de la noche.

Supongo que eso es todo. Mis hábitos de lectura son un poco confusos.

Después de, mín…

Después de, mínimo, unas cinco o diez relecturas; y cuando te empiezas a reír con el Ulises -porque es una obra con mucho humor-, es que comienzas a comprenderlo.

Francisco García Tortosa.

Bloomsday

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El Bloomsday es un evento anual que se celebra en honor a Leopold Bloom, personaje principal de la novela Ulises de James Joyce. Se celebra todos los días 16 de junio desde 1954.

James Joyce (Dublín, 1882 – Zúrich, 1941) fue un escritor irlandés, recordado mundialmente como uno de los más importantes e influyentes del siglo XX.
Es aclamado por su obra maestra, Ulises (1922).

Jorge Luis Borges escribió: “Es indiscutible que Joyce es uno de los primeros escritores de nuestro tiempo. Verbalmente, es quizá el primero. En el Ulises hay sentencias, hay párrafos, que no son inferiores a los más ilustres de Shakespeare…”.

El 16 de junio es el día en el que transcurre la acción -ficticia- del Ulises. Este día los celebrantes procuran comer y cenar lo mismo que los protagonistas de la obra, o realizar distintos actos que tengan su paralelismo en la novela. Especialmente se realizan encuentros en Dublín para seguir el itinerario exacto de la acción.

Como muchos ya saben, hoy se celebra en Irlanda (y en otros lugares del mundo como Estados Unidos, Italia, Inglaterra, Australia, y demás) la conmemoración del día en que transcurren los hechos del Ulises (fecha predilecta del autor, no por el azar, sino a causa de la primera cita que tuvo con su esposa, Nora Barnacle); siendo una excusa perfecta para conmemorar —al mismo tiempo— la obra de Joyce. Se realizan diversas actividades: lecturas en público, recorridos, e incluso dramatizaciones de teatro. Además es un ocasión especial en Dublin para fomentar el turismo de la ciudad y el compartir cultural.

El 16 de junio de 1982 las tropas argentinas se retiraban de Malvinas. También ese día Borges visitaba Dublín, para vivir de cerca el Bloomsday, la celebración que rinde homenaje al “día de Leopold Bloom” en todo el mundo, pero especialmente en Dublín. Junto con el hermetismo, las alusiones eruditas o los experimentos con el lenguaje, en el Ulises de Joyce abundan localismos y cultura popular, sensibilidad camp y pop hacia lo kitsch, lo cursi, y los productos de la cultura de masas, como dice Gamerro. La ciudad de Dublín organiza lecturas, dramatizaciones, conciertos, transmisiones especiales por radio y TV, para exaltar a Joyce y al Ulises —y a los ingresos por turismo— pero el elemento central del festejo está en los fans de Joyce, que se disfrazan de Stephen Dedalus, Leopold o Molly Bloom (o de Joyce mismo), y salen a recorrer las páginas del libro por las calles de Dublín, materializando un extraño carnaval literario, único en el mundo. Sin embargo, la relación entre Joyce y su patria está lejos de haber sido siempre armoniosa.
El Bloomsday marca el retorno simbólico a Ítaca del propio Joyce, que en vida jamás regresó desde su exhilio. El autor de “Dublineses” siempre se refirió con cinismo al nacionalismo irlandés —justamente en las convulsionadas épocas en que Irlanda consiguió su independencia del Imperio Británico— y seguramente los irlandeses no perdonaron fácil ese desprecio: Irlanda fue uno de los últimos países donde se publicó la obra de Joyce; luego de su muerte, ocurrida en Zurich, el gobierno irlandés no envió ningun representante a su funeral. A su vez Joyce consideró a Dublín una ciudad asfixiantemente provinciana y de una moral católica opresiva, y se autoexilió, primero en Pola y Trieste (Italia), luego Zurich y finalmente en París, ciudades desde donde no haría otra cosa que escribir sobre Dublín.
Borges, recorrió el circuito turístico/literario apoyado en su bastón, dialogó con varias figuras literarias que generalmente se dan cita en ese encuentro, y recibió la solidaridad de los irlandeses por el infortunado desenlace bélico con los británicos. Había dicho alguna vez de Joyce es audaz como una proa y universal como la rosa de los vientos.

Aquí les dejo un vídeo:

 

REFERENCIAS:

http://oyeborges.blogspot.com/2010/0…bloomsday.html

http://derechoaleer.org/blog/2012/01/bienvenidos-al-dominio-publico-james-joyce-1.htm