Introibo Ad Altare Dei

Relato del manifiesto de un retrato descriptivo

La conciencia del límite último

“Inventar un crimen es una forma de cometerlo”.

Fajardo nos narra una historia (en parte propia, en parte fabulada) en la que el Flaco Calderón (alter-ego del autor) se ve envuelto en la empresa de redactar, para un periódico sensacionalista, un crimen inventado cada día; “la crónica del crimen insólito”.

La capa superficial de la novela negra, del género enigma y el misterio policial, sirve como vehículo transitorio para darnos a conocer el sórdido mundo de la labor periodística, además de presentarnos la reflexión íntima de una psiquis perturbada por sus propias decisiones morales, por sus limitaciones y sus pequeños triunfos. En esta nouvelle (o novela corta, formato afín a muchos escritores latinoamericanos contemporáneos), asistimos a la degradación de lo real, la superposición de lo ficticio y al agotamiento de la imaginación; siempre en constante coqueteo con la realidad, en paralelismo, como una mosca que se debate en salir o no por la ventana (imagen poderosa y presente en todo el texto). Este ejercicio de multiplicidad de géneros, que en apariencia es algo, pero en concreto va más allá, es lo que nos brinda Fajardo con una narrativa espléndida, fluida e intimista. Como sucede con la nouvelle, los personajes están apartados para el desarrollo personal del protagonista, pero sin resultar desdibujados en arquetipos suplementarios, sino que retratados en su medida justa (particularmente el equipo con el que trabaja el Flaco, su jefe Nicolás, que al final resulta más importante de lo que parece al principio, Gaspar, el inescrupuloso fotógrafo listo para recrear posiciones sangrientas inventadas, y Rosita, la secretaria y amante que representa la voz más racional).

El enigma aquí no es la respuesta sobre la identidad del asesino, sino la búsqueda de aquella sombra constante que se presenta entre el preciso punto medio del surrealismo y lo concreto.

Fajardo nos ofrece un viaje sobre la literatura misma; la capacidad de la ficción y sus límites, pero también, por la manera en que esta se desborda. No es de extrañar que se considere una de las mejores novelas escritas en español en las últimas décadas.

Ahora voy con este:La conciencia del límite último

“Inventar un crimen es una forma de cometerlo”.

Fajardo nos narra una historia (en parte propia, en parte fabulada) en la que el Flaco Calderón (alter-ego del autor) se ve envuelto en la empresa de redactar, para un periódico sensacionalista, un crimen inventado cada día; “la crónica del crimen insólito”.

La capa superficial de la novela negra, del género enigma y el misterio policial, sirve como vehículo transitorio para darnos a conocer el sórdido mundo de la labor periodística, además de presentarnos la reflexión íntima de una psiquis perturbada por sus propias decisiones morales, por sus limitaciones y sus pequeños triunfos. En esta nouvelle (o novela corta, formato afín a muchos escritores latinoamericanos contemporáneos), asistimos a la degradación de lo real, la superposición de lo ficticio y al agotamiento de la imaginación; siempre en constante coqueteo con la realidad, en paralelismo, como una mosca que se debate en salir o no por la ventana (imagen poderosa y presente en todo el texto). Este ejercicio de multiplicidad de géneros, que en apariencia es algo, pero en concreto va más allá, es lo que nos brinda Fajardo con una narrativa espléndida, fluida e intimista. Como sucede con la nouvelle, los personajes están apartados para el desarrollo personal del protagonista, pero sin resultar desdibujados en arquetipos suplementarios, sino que retratados en su medida justa (particularmente el equipo con el que trabaja el Flaco, su jefe Nicolás, que al final resulta más importante de lo que parece al principio, Gaspar, el inescrupuloso fotógrafo listo para recrear posiciones sangrientas inventadas, y Rosita, la secretaria y amante que representa la voz más racional).

El enigma aquí no es la respuesta sobre la identidad del asesino, sino la búsqueda de aquella sombra constante que se presenta entre el preciso punto medio del surrealismo y lo concreto.

Fajardo nos ofrece un viaje sobre la literatura misma; la capacidad de la ficción y sus límites, pero también, por la manera en que esta se desborda. No es de extrañar que se considere una de las mejores novelas escritas en español en las últimas décadas.

Después leí esta joyita:

Pero ya escribiré al respecto después.

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Las cercas como prisión simbólica

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En “Corre, conejo”, Jhon Updike nos cuenta sobre Harry «Conejo» Angstrom, un antiguo as del baloncesto que ahora es un modesto vendedor en los años 60, y que un día, sin razón aparente, abandona a su esposa e hijo para andar sin rumbo fijo tratando de escapar del inexorable peso de la existencia humana.

Esto recuerda a una conversación que tiene Troy Maxson, un antiguo jugador de béisbol al que le gusta hablar en metáforas del deporte, recordar glorias pasadas y las injusticias de su tiempo, con su amigo Bono, con el que juntos son ahora recolectores de basura. Hablan de la época de sus padres, y cómo muchos solían huir de la jaula en la que estaban atrapados por sus familias, “corriendo al vacío”, hasta volver a establecerse en “nuevas tierras”.

Sin embargo, también existía otro tipo de personas. Las que aceptaban la responsabilidad de cuidar de su familia, no por un sentido afectivo, sino por el deber de hacerlo.

Es comprensible que Fences no le guste mucho a la gente. Por los comentarios que había leído, de que tiene “mucho drama”, creí encontrarme con una película algo sobreactuada, melodramática y que apela a la emoción facilista. Pero no es así. La cosa es que Fences, como dije antes, maneja un lenguaje diferente al que la mayoría está acostumbrado a ver -cimatográficamente hablando -; porque condensa el peso del guión en las actuaciones y el diálogo (algo que es más usual en el teatro). El espacio es bastante reducido, y muchos elementos que normalmente se deberían ver, se mencionan y están ahí, pero implícitamente. Personajes relevantes que nunca se muestran, lugares que tampoco aparecen. La música y la fotografía se aprecian solo en momentos claves, para liberar un tensión que vino en cascada y nunca cesó, hasta que por fin te permite respirar. La gente ve en esta película un conflicto supuestamente cotidiano, un drama familiar ambientado en un contexto específico al que le falta un discurso universal y tópico como el racismo o la pobreza. Se dejan llevar por diálogos aparentemente banales que sirven para darle énfasis a los matices de los personajes. Pero ya no ven más allá. No son capaces de apreciar las reflexiones sobre la violencia, el sentido de responsabilidad, la rutina y el vacío que provoca, los traumas que se heredan, las proyecciones, la búsqueda de liberación y salvación por medio del escape físico o mental. En fin, creo que es comprensible que no se vean todos estos elementos para el espectador común, pero de que es una gran película, lo es sin ninguna duda.

Manchester by the Moonland

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*Ilustración que pertenece al manga seinen Oyasumi Punpun, trabajo del autor japonés Inio Asano, en el que se exploran las vivencias e infortunios de Punpun (personaje representado como un pollito) desde la niñez hasta la juventud, mezclando elementos oníricos y surrealistas para expresar las emociones.

 

En 1819, el filólogo alemán Johann Morgenstern (1770 –  1852), acuñó el término Bildungsroman (novela de aprendizaje) para designar al género literario que retrata, generalmente en tres etapas (aprendizaje, peregrinación y perfeccionamiento), la maduración física y mental de un personaje.

El género ha sido desarrollado por diversos autores, con diferentes resultados. Dos de los ejemplos más notables son la novela semi-autobiográfica Retrato del artista adolescente, y la heptalogía En busca del tiempo perdido; escritas por James Joyce (1882 – 1941) y Marcel Proust (1871 – 1922), respectivamente. En El Retrato asistimos a la evolución intelectual del alter ego del autor, Stephen Dedalus, desde su primera infancia hasta la juventud (punto de partida de la universalmente conocida Ulises). Mientras que la obra de Proust está constituida por las experiencias ficcionadas del autor, la evocación de recuerdos a través de las sensaciones (como en el icónico episodio de la magdalena), la búsqueda de objetivos y la tentación de los placeres burgueses.

Bien podría decirse que la narrativa de una de las películas que nos ocupa el día de hoy, Moonlight (Barry Jenkins, 2016), pertenece a esta categoría.

Tres actores (cronológicamente: Alex R. Hibbert, Ashton Sanders y Trevante Rhodes) interpretan las etapas de la vida de un afroamericano que, en medio de las disputas del microcomercio de drogas en un ghetto de Miami, empieza a descubrir su homosexualidad.

Lo que fácilmente podría haberse convertido en un film lleno de tópicos y elementos previamente explorados en más de una ocasión, se nos presenta como un medio que Jenkins utiliza casi como excusa (pero necesaria) para mostrarnos una historia intimista sobre el autodescubrimiento y el sentido de pertenenciaen un mundo violento e injusto.

Ya en 2014, el director Richard Linklater nos presentaba Boyhood, un espectacular largometraje que fue rodado durante 12 años y que nos mostraba así el crecimiento real de los actores que encarnaban a sus personajes. Sin embargo, lo que aquí es un reflejo de la monotonía, las pequeñas alegrías y lo efímero de nuestro paso por la vida, en Moonlight se convierte en algo completamente distinto, quizá menos universal: el conflicto interno de un ser humano en particular y la manera en la que afronta -o no- las adversidades.

El guión divide las etapas, al principio mencionadas, en tres episodios separados: Little, Chiron y Black.

En Little, Alex R. Hibbert es un niño tímido al que sus compañeros acosan constantemente, hasta que un día conoce a Juan (soberbio Mahershala Ali, serio candidato para el Oscar a mejor actor de reparto), el que se convertirá para él en una especie de mentor y figura paternal, como también en un refugio. Ashton Sanders, por su parte, encarna a un Chiron lleno de inseguridades; tratando de comprenderse a sí mismo en un ambiente hostil y en circunstancias que desencadenarán situaciones límites. La tercera y  última parte, Black, nos cuenta de un Chiron (imponente Trevante Rhodes) en su edad madura, habiendo superado -aparentemente- los traumas y tabúes de juventud; para luego darse cuenta que el cambio es, a veces, una traición a nosotros mismos.

A pesar de que la película cuenta con un diseño de producción casi atemporal, seremos capaces de reconocer gracias a la combinación de la música ( a cargo de Nicholas Britel), los silencios, y al hermoso tintado azul de la fotografía que por momentos llena las escenas y personajes, los momentos claves en los que el aprendizaje, la felicidad y la desesperanza de cada etapa van a parecernos tan lejanos como una galaxia, en el ínfimo instante que abarca la vida en el tiempo.

Por último, el tema racial es prácticamente imperceptible más allá de las interacciones propias del grupo, siendo lo sexual un hilo conductor más importante (pero tampoco trascendental ni principal).

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*Vista panorámica de Manchester-by-the-Sea, pueblo ubicado en Essex County, Massachusetts.

 

Manchester-by-the-Sea es un pueblo en Massachusetts, con una población de poco más de cinco mil personas. Ya desde los años 70, el atractivo de esta ciudad portuaria ha sido retratado en películas, tales como Tell Me That You Love Me, Junie Moon (Otto Preminger, 1970) o, más recientemente, Edge of Darkness (Martin Campbell, 2010).

Sin embargo, en Manchester by the Sea (Kennet Lonergan, 2016), la locación se transforma en un personaje más, omnipresente e impermeable. Casey Affleck es Lee Chandler, un hosco y poco amigable conserje que trabaja en Quincy, que se verá obligado a regresar a su ciudad natal debido a la muerte de su hermano Joe (Kyle Chandler) y su posterior designación como tutor legal de su sobrino adolescente, Patrick (Lucas Hedges).

Aunque Lonergan solo dirigió dos películas antes de esta, erige un sólido y maduro relato que evita eficientemente los clichés melodramáticos del género, dando como resultado una realización completamente natural, con carga emotiva en los momentos correctos y con actuaciones brillantes; es decir, una dirección impecable.

Lo más destacable de la película es, sin duda, la química entre los actores Affleck y Hedges (candidatos relevantes a los papeles de mejor actor y mejor actor de reparto, respectivamente), los cuales construyen interacciones creíbles y  nada forzadas. La interpretación de Affleck como el poco sociable Lee es estupenda, desborda al personaje tanto que por momentos no solo sentimos empatía por él, sino emociones sinceras de desaprobación o lástima. La crónica de una tragedia anunciada desde el tiempo pasado con el uso de flashbacks, el uso de la música en las situaciones de mayor tensión (como el incomparable Adagio de Albinoni), los fragmentos realistas que parecen sacados directamente de la cotidianidad (como el no poder levantar una camilla en medio de una desgracia), la forma de afrontar la pérdida de un ser querido, los chispazos esporádicos de humor y, en fin, la presentación del conflicto de manera clara; su resolución y conclusión satisfactoria (argumentalmente hablando), hacen de Manchester by the Sea una de las mejores películas del año, con una libertad creativa de película independiente.

Mención especial para Michelle Williams, actriz que interpreta a Randi, la ex esposa de Lee. Aunque aparece por pocos minutos, su actuación es digna de destacar (y, de hecho, está nominada a mejor actriz de reparto).

A no ser que Denzel Washington de la sorpresa por su interpretación en Fences (Denzel Washington, 2016), Casey Affleck es el favorito para hacerse con la estatuilla este año.

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*Homenaje que evoca la icónica escena del famoso musical Singin’ in the Rain (Stanley Donen, 1952).

 

No es sorpresa que La La Land (Damien Chazelle, 2016), que ha venido arrasando de un tiempo para acá con diversos reconocimientos y galardones (como en los Golden Globes o los SAG Awards), haya recibido 14 nominaciones para los Oscars, igualando el recórd que ahora ostenta junto a Titanic (James Cameron, 1997) y All About Eve (Joseph L. Mankiewicz, 1950). El éxito del ahora boom de La La Land fue, en principio, una sorpresa. Los musicales han sido, por lo general, relegados y menospreciados ante las producciones dramáticas, considerándolos solo en categorías más técnicas relacionadas al vestuario, la escenografía o al sonido. Pero La La Land no es solo un musical, sino una película redonda, bien interpretada y con un guión magnífico que contiene no solo homenajes logrados a películas específicas combinando los colores, la iluminación y la luz natural con elementos concretos que rememoran a lo que se pretende homenajear, sino que lo es de toda la industria y lo que representa; siendo a su vez un agasajo visual para cualquier cinéfilo -adepto a los musicales o no- que se precie de serlo. Así como Birdman (Alejandro Iñárritu, 2014) canalizaba el lado más oscuro del Hollywood actual y de sus espectadores, La La Land nos muestra el más glamoroso y brillante (o la ilusión de ello, con todas sus desavenencias y éxitos).

La película atrae desde el travelling inicial, y el secreto de su popularidad entre los que no son amantes de los musicales, es que la historia se construye no solo por la música, que es tan solo un elemento que se siente necesario para mover la trama, sino por el equilibrio entre la misma y las escenas puramente actuadas, con secuencias musicales adecuadamente cortas (salvo un par de ocasiones que, a mi parecer, se alargaron de manera excesiva o que fueron un poco anticlimáticas). El argumento está dividido en cuatro partes bien marcadas, tanto en nombre (Primavera – Verano – Otoño – Invierno), que recuerdan a Le quattro stagioni de Vivaldi, como en ambientación, estilo, música, temática, y trama. Otro punto muy logrado fue la calidad del jazz y el de las canciones originales.

Aunque la propuesta inicial sea bastante sencilla (una aspirante a actriz, Mia [Emma Stone], conoce a Sebastian [Ryan Gosling] un músico de jazz desempleado, e inician una relación sentimental y de apoyo mutuo para poder cumplir sus sueños en la ciudad de Los Ángeles), la ejecución de Chazelle (Wiplash, 2014) es, sin duda alguna, bastante destacable. No me sorprendería que se llevara uno de los premios mayores en los Oscars, y me refiero al del mejor director.

Algo que me pareció notar es una referencia sutil a la película francesa Jeux d’enfants (Yann Samuell, 2003), ya que dos de sus secuencias equivalentes (los que han visto ambas sabrán de lo que hablo), son peligrosamente similares.

En cuanto a Stone y a Gosling, consiguen interpretaciones correctas, de un nivel alto y acorde con el film (aunque no brillantes, por lo que considero que hay mejores opciones para las categorías de mejor actriz [Isabelle Huppert es la favorita] y mejor actor [Casey Affleck, entre ellos]), y como dupla se sienten muy naturales.

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*Leonardo DiCaprio, al recibir la preciada estatuilla a mejor actor por The Revenant (Iñárritu, 2015).

 

Para finalizar estas breves reseñas, decir que pienso que tanto Moonlight, como Manchester by the Sea, y La La Land (especialmente esta y la primera) son las que más posibilidades tienen de coronarse como la mejor película del año. Ahora solo queda esperar hasta el 26 de febrero, despiértenme hasta entonces.

Reflexiones en una banca del parque Kennedy

El mundo es una isla en el océano de la noche

Una isla que no podemos abandonar

Las estrellas, náufragos del cristal de un catalejo

De treinta o treintaidós centímetros

En el polo celeste el niño alado

Al lado de la Polar y la Osa Mayor

93 mil millones de universo observable

93 mil millones de bramidos en el mar

Que se expanden en la bruma y se pierden para siempre

Y aún más pequeños, los hombres

[se contraen

Con la señal de auxilio pintada en el rostro

Con las barbas crecidas y el estómago hambriento

En el lejano punto azul al que llamamos Tierra

Desde el lugar en el que debemos elegir

El MIR o la muerte; quizá la salvación

[la ilusión

De un dios que viene por nosotros en su arca de madera

Para conducirnos, de dos en dos, a un nuevo hogar

Como el que imaginamos en los sueños de los martes

Después de desayunar, de camino al trabajo

Al igual que Dante, Milton y otros náufragos perdidos

Sin saber a dónde ir, y si esto alguna vez fue posible

En 14 mil millones de años, en algún momento antes del tiempo

Pero nada de eso importa

Porque el mundo es una isla

Y no podemos huir de ella.

 

[Black Mirror] Ranking de los 13 episodios

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De peor a mejor:

13.- Nosedive

12.- Men Against Fire

11.- The Waldo Moment

10.- Playtest

9.- Shut Up and Dance

8.- White Bear

7.- Be Right Back

6.- Fifteen Million Merits

5.- White Christmas

4.- San Junipero

3.- The National Anthem

2.- Hated in the Nation

1.- The Entire History of You

 

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[Cuentos Infantiles] Los gatos de James Joyce

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En algún momento de su vida, el irlandés James Joyce (1882-1941) también fue “víctima” del instinto protector de ser abuelo. Considerado uno de los más influyentes escritores del siglo XX, y conocido principalmente por su novela Ulises (1922); escribió en 1936, entre septiembre y octubre, sendas cartas con los dos únicos cuentos infantiles que se le conocen. El destinatario era su único nieto, Stephen J. Joyce (cuyo primer nombre pertenece al alter-ego juvenil del autor, Stephen Dedalus). ¿Qué tienen en común, entre sí, ambos cuentos? Sí, la respuesta es la presencia de gatos. Al parecer le envió uno lleno de dulces al pequeño Stephen, que por ese tiempo tenía 4 años y vivía en Francia (mientras que él residía en Dinamarca por una temporada), y para ambientar un poco le mandó las cartas ulteriormente.

El primer cuento, “El gato y el diablo”, fue publicado originalmente en Letters of James Joyce (1957) que posteriormente fue ilustrado en distintas ediciones (a partir de 1964) como un libro individual para niños. La historia de “Los gatos de Copenhague” es un poco más escabroza. La carta fue donada por Hans Jahnke, hijo de la segunda esposa de Giorgio Joyce (hijo de James), a la Fundación James Joyce en Zürich. Quienes han visitado estas instalaciones cuentan que cualquier investigador interesado en la amplia bibliografía disponible, es bienvenido y tiene un acceso muy poco restringido a los textos; incluso con la posibilidad de tomar notas o sacar fotografías (algo inusual en lugares de esta naturaleza). Es en este contexto que a inicios del 2012, la imprenta irlandesa Ithys Press dio la sorpresa y llamó la atención del mundo literario al anunciar la publicación de una edición de lujo -con ilustraciones- de 200 ejemplares (los precios oscilan entre las 300 a 1200 libras) de un cuento inédito del escritor. Fritz Senn, el director de la fundación, mostró su decepción a que hayan publicado el cuento sin su permiso, aunque descartó tomar acciones legales por los costos que eso supone. Por su parte, la editorial se defendió diciendo que la obra del dublinés ya era de dominio público (lo cual es un tema de discusión legal en relación a las publicaciones inéditas y las leyes de cada país).

Tiempo después, el libro pudo conseguirse en ediciones más económicas para el común de los mortales (por otros distribuidores e incluyendo ebook), y gracias a esto es que tenemos acceso a un aspecto casi desconocido de la obra de Joyce.

A continuación comparto ambos cuentos en español:

El gato y el diablo

Mi querido Stevie:

Hace unos días te envié un pequeño gato lleno de caramelos, pero puede que tú no conozcas la historia del gato de Beaugency.
Beaugency es un antiguo pueblecito situado en una orilla del Loira, el río más largo de Francia: Es también un río muy ancho, al menos para Francia. A su paso por Beaugency es tan ancho, que si quisieras pasarlo de una orilla a la otra tendrías que dar por lo menos mil pasos.
Hace muchos años los habitantes de Beaugency, cuando deseaban cruzarlo, tenían que ir en una barca porque no había puente. Y no podían hacer uno ellos solos o pagar a alguien para que lo hiciese. ¿Qué iban a hacer entonces?

El diablo que anda siempre leyendo los periódicos, se enteró de esta lamentable situación y por consiguiente se vistió de gala y fue a visitar al alcalde de Beaugency, que se llamaba Monsieur Alfred Byrne. Este alcalde también era muy amigo de engalanarse. Llevaba un manto escarlata y tenía siempre alrededor del cuello una gran cadena de oro, incluso cuando estaba en la cama durmiendo a pierna suelta con las rodillas en la boca.

El diablo le contó al alcalde lo que había leído en el periódico y dijo que podría hacer un puente para que los habitantes de Beaugency cruzasen el río tantas veces como quisieran. Dijo que podría hacer un puente tan bueno como nunca se había hecho jamás uno igual, y hacerlo en una sola noche. El alcalde le preguntó cuánto dinero deseaba por hacer semejante puente. Ni un céntimo, dijo el diablo, todo lo que pido es que la primera persona que cruce el puente me pertenezca. Muy bien, dijo el alcalde.

Cayó la noche, todos los habitantes de Beaugency se fueron a la cama y durmieron. Vino la mañana. Y cuando se asomaron a las ventanas exclamaron: ¡Oh Loira, qué magnífico puente! Porque veían un magnífico puente de sólida piedra tendido de un lado al otro del ancho río.
Todo el pueblo corrió hasta la cabecera del puente y lo cruzó con la mirada. Allá estaba el diablo, de pie al otro lado del puente, esperando a la primera persona que fuese a cruzarlo. Pero nadie se atrevía a cruzarlo por miedo al diablo.

Hubo entonces un sonar de trompetas -esa era la señal para que guardasen silencio- y apareció el alcalde M. Alfred Byrne con su gran manto escarlata y traía al cuello su pesada cadena de oro. Tenía un cubo de agua en una mano y bajo el brazo -el otro brazo- llevaba un gato.
Al verlo desde el otro lado del puente, el diablo dejó de bailar y enfocó su catalejo.
Cuchichearon todos unos con otros y el gato levantó los ojos, porque en el pueblo de Beaugency se permitía que los gatos mirasen al alcalde. Cuando se cansó de mirar al alcalde (porque incluso un gato se cansa de mirar a un alcalde), empezó a jugar con la pesada cadena del alcalde.

Cuando el alcalde llegó a la cabecera del puente, todos los hombres contuvieron la respiración y todas las mujeres contuvieron la lengua.
El alcalde soltó al gato en el puente y, rápido como el pensamiento, ¡Chapuzás!, le vertió encima todo el cubo de agua.

El gato, que ahora estaba entre la espada y la pared -el diablo y el cubo de agua-, se decidió como alma que lleva el diablo y corrió, con las orejas gachas, a través del puente hasta parar en los brazos del diablo.
El diablo estaba tan enfadado como un diablo.

Messieurs les Balgentiens, gritó del otro lado del puente, vous n’êtes pas de belles gens du tout! Vous n’êtes que des chats! (Que quiere decir: Señores Balgentiens, ¡no son ni siquiera personas! ¡No son más que gatos!) Y le dijo al gato: Viens ici, mon petit chat! Tu as peur, mon petit chou-chat? Tu as froid, mon petit chou-chat? Viens ici, le diable t’emporte! On va se chauffer tous les deux. (Que quiere decir: ¡Ven aquí, gatito mío! ¿Tienes miedo, mi minino monino? ¿Tienes frío, mi minino monino? ¡Ven aquí, el diablo te lleva! Nos vamos a calentar juntitos.

Y se marchó con el gato.
Y desde aquella época a los habitantes de ese pueblo les llaman “los gatos de Beaugency”.
Pero el puente sigue ahí y hay niños que pasean y montan en bici y juegan en él.

Espero que te guste esta historia,
Nonno.

P.S. El demonio habla casi siempre un idioma especial que se llama barrigobarboteo, pero cuando está muy enfadado puede hablar muy bien en un mal francés, aunque algunos que le han oído expresarse así dicenque tiene un acento dublinés muy pronunciado.

Los gatos de Copenhague

¡Ay! No puedo enviarte un gato de Copenhague porque no hay gatos en Copenhague. Hay montones y montones de pescados y bicicletas pero no hay gatos. Tampoco hay policías. Todos los policías daneses se pasan el día en casa en cama. Fuman grandes puros daneses y beben leche cortada todo el día. Hay montones y montones de chicos vestidos de rojo dando vueltas en bicicleta con telegramas y cartas y postales. Estos son todos para los policías de parte de viejas señoras que quieren cruzar la calle y de niños que escriben a sus casas por más dulces y de niñas que quieren saber algo sobre la luna. Los policías los leen todos en cama, fumando todo el tiempo y bebiendo leche cortada. Y entonces dan sus órdenes y los chicos de rojo regresan y le dicen a todo el mundo justo lo que tienen que hacer. Cuando venga a Copenhague otra vez traeré un gato y le mostraré a los daneses como puede cruzar la calle sin instrucciones de la policía y será mucho más barato (¡piensa en eso!) que un gato les muestre lo que tienen que hacer. ¡Sólo imagínate a un gato quedándose en cama todo el día fumando puros! Y, ¡sobre la leche cortada! Ningún gato la bebería. Y luego hay tal cantidad de pescado para ellos. ¿Qué piensas de todo esto?

Además de estos cuentos, la obra completa de James Joyce se compone principalmente en 3 novelas: Retrato del Artista Adolescente, Ulises, y Finnegans Wake (no traducida), un libro de relatos cortos (Dublineses), dos poemarios (Poemas Manzanas y Música de Cámara); unos poemas sueltos, sus escritos críticos (donde están algunos ensayos, como el de Ibsen que escribió a los 16 años para la universidad o el artículo “Retrato del Arista” que sería un predecesor de su primera novela), sus escritos breves (se incluyen las Epifanías y textos como Giacomo Joyce), una obra de teatro (Exiliados, a la que Beckett consideraba una obra sosa*) y su correspondencia (incluyendo las cartas a su esposa Nora). Mención aparte merece  “Stephen el Héroe”, la primera versión del Retrato (Joyce lo reescribió) que fue rescatada del fuego por Nora Barnacle y publicado mucho después. Hay una traducción de José María Valverde, pero no he podido conseguir el libro 😦

Mis libros de James Joyce.
* Cuatro Dublineses, Richard Ellmann. Página 169. Tusquets.

No Country for Old Men

Al terminar de ver la película me quedé con esa sensación que tienes cuando ves algo grande, pero todavía no terminas de asimilarlo del todo. Los comentarios que vi sobre “No Country for Old Men” son diversos; como siempre sucede con lo que despierta apasionamientos (ya sean positivos o negativos) que derivan de distintas percepciones y modos de apreciar una obra artística (gustos, conocimientos, experiencia). Desde los críticos que saludaban la apuesta (hoy en día, atípica) de La Academia por premiar la calidad en contra de lo convencional, hasta los que llegaron a los límites del aburrimiento y la calificaron de un verdadero fiasco. Lo cierto es que a mí sí me gustó (bastante), y aquí dejo una pequeña apreciación sobre ella (ALERTA SPOILERS, SI NO LA HAS VISTO NO SIGAS):

Asistimos al relato de tópicos muy conocidos, pero que aquí son contados de manera reflexiva y muy pesimista: el triunfo del mal sobre los valores obsoletos del pasado. Esta encarnación desfasada del bien es encarnada por un correcto Tommy Lee Jones, el nostálgico Sheriff del pueblo de Texas en donde ocurren los primeros hechos. Desde el inicio nos da a conocer su forma de pensar, el sentimiento de verse sobrepasado con los acontecimientos actuales que no comprende; quizá se niega a hacerlo. Nos cuenta un caso de un asesino que fue enviado a la silla eléctrica gracias a su testimonio, que al parecer mataba por puro placer. El contexto se presenta como hostíl y peligroso, a diferencia de las añoranzas del pasado donde los hombres de ley no necesitaban llevar armas (algo difícil de creer, según lo que él mismo dice).

Llewelyn Moss (Josh Brolin) es un cazador aficionado, que por casualidad (Chigurh diría que los principios que tiene lo han llevado allí) se encuentra en medio de una matanza de traficantes de droga. El lugar y momento equivocados, sin lugar a dudas. El conflicto que se nos presenta en la historia es simple: un hombre encuentra dos millones de dólares y decide quedarse con ellos. Ahora, a pesar de ser como es, Llewelyn debe enfrentarse a ciertos conflictos morales, como el de llevarle agua al mexicano moribundo (la peor decisión de su vida, según sus palabras). Es desde este momento en que el cuerpo de la trama empieza a moverse, y Moss debe hacer hasta lo imposible para salvar su vida. Aquí McCarthy (el autor de la novela), nos presenta algo que también nos dejó entrever en su primer guión original, The Counselor (Ridley Scott, 2013) y es que la violencia y la maldad se han salido de cualquier límite controlable (como le comenta el otro oficial al personaje de Tom Lee Jones, todo se trata sobre drogas y dinero). Sin embargo, lo que faltó en ese film, una dirección visible (la película es prácticamente de McCarthy), aquí se encamina por una genial dirección de los hermanos Coen; un trabajo serio para el que dejaron de lado, en parte, su ácido y característico humor negro y se centraron más en la sobriedad de la obra.

Mención aparte merece la participación de Javier Bardem, sin duda el mejor papel en el que lo he visto. El actor se mete en el personaje de Anton Chigurh, el psicópata asesino, de manera magistral y totalmente creíble. Incluso hay escenas, como la del grifo, en la que te da la sensación de estar en una película de terror y suspenso. Poco a poco vamos conociendo su personalidad, un hombre despiadado que, a pesar de ello, se rige por ciertos principios. A veces deja el destino de una persona al azar, tirando una moneda (lo cual es una excelente alegoría de su frialdad). A él lo contratan para recuperar el dinero luego de la fallida transacción con los mexicanos, sin embargo su empleador (se supone que un intermediario que trabaja para la gente que es dueña de los dos millones), no confía en él puesto que cometió asesinatos indiscriminados incluso contra su propia gente. Entonces, toma dos acciones en el asunto: contrata a otro asesino / cazador de recompensas llamado Carson Well (un desapercibido Woody Harrelson, quizá la actuación menos favorable junto a la de la esposa de Moss) para que recupere el dinero y se deshaga de Chigurh (se conocían). La otra es darles un identificador a los mexicanos, para que también busquen el dichoso maletín que tenía un aparato de rastreo(“mientras más gente lo esté buscando, mejor”). Para resumir un poco, que ya me he extendido demasiado, Chigurh acorrala a Moss que se estaba escondiendo en moteles de poca monta, mata a unos mexicanos que también lo estaban buscando, tienen un enfrentamiento donde lo hiere (y él es disparado en una pierna, que luego lleva a la estupenda escena de la farmacia). Moss debe escapar a México, así que tira el maletín cerca del río que está en la frontera. Aquí creo que también se da otra pequeña muestra del discurso ideológico de la película, que es la avaricia (en contraposición de la filantropía) de las nuevas generaciones cuando Moss le compra una chaqueta a un adolescente. Termina en el hospital, y es encontrado por Carson que se ofrece a ayudarlo a cambio del dinero.

Al final de todo esto, Carson encuentra la ubicación de la valija pero es asesinado por Chigurh, y le da a dedicir a Llewelyn si quiere entregar el dinero y morir, o dejar morir a su esposa. Esta es otra decisión ética para el personaje, que opta por tratar de buscar al asesino y matarle. Le dice a su esposa que vaya a un hotel en El Paso, y que él también iría allí. Para esto Anton ya había asesinado a su empleador, por no confiar en él. La cuestión es que uno de los mexicanos aborda a la madre de Carla Jean (la esposa, interpretada por Kelly Macdonald) y descubre en dónde estará Moss. Él llega al hotel antes que ella, pero poco después es asesinado en un tiroteo. Justo en ese momento llega Ed Tom, el Sheriff para presenciar la escena sangrienta y la matanza. Después de eso llega la esposa, para darse cuenta de que Moss estaba muerto. El Sheriff vuelve a la escena, y en lo que puede llegar a ser un encuentro con el personaje de Bardem lleno de suspenso (que al final no sucede), se convierte en la decisión definitiva de Ed Tom (se deja entender que Anton huye con el dinero, ya que fue a la escena del crimen a recuperarlo y se ve que Moss lo había vuelto a esconder en la ventilación).

Anton Chigurh representa lo opuesto a Ed Tom Bell. Cuando sale de asesinar a la esposa de Moss (por la promesa que le había hecho, una reafirmación de su personalidad), tiene un accidente de auto que lo deja grave. En lugar de esperar a la ambulancia que estaba llegando, decide hacerse un cabestrillo con la camisa que le compra a un puber del vecindario y se va como si nada (en el libro le entrega el dinero a un tercero, porque se supone “tenía ciertos principios”. Aquí se deja de manera ambigua el hecho de que lo haya tenido o no, aunque se intuye que sí). Esto representa el triunfo de la violencia y el mal, la superación que siente Ed Tom sobre su propia labor ya que sus métodos son insuficientes. Hay algunos guiños a esto en la película, como cuando Anton asesina al oficial que lo había capturado en un principio sin ningún problema, o cuando Ed no se da cuenta del arma asesina a pesar de estar hablando de ella en su conversación con Carla Jean. Cuando Ed Tom tiene la determinación de retirarse, tiene una pequeña conversación con un amigo / familiar en silla de ruedas que le hace ver como las cosas no son ni mejores ni peores, sino que siempre han seguido la misma tendencia. Y creer lo contrario es simple vanidad.

En la escena final vemos cómo el ex Sheriff se siente intranquilo en su casa, a pesar de saber que ha tomado la decisión “correcta” al no estar más en ese mundo en el que no puede ser capaz de hacer nada (y de ahí el título, no es país para “débiles” o “viejos” [varias veces comenta que está envejeciendo, y esto es en doble sentido]), aún cree que debería haber hecho algo más, por lo que se siente insatisfecho (y trata de mantenerse ocupado, como cuando le dice a su esposa que quiere ayudarla y esta le dice que mejor no). La última secuencia de la película son los sueños que Ed tiene la noche anterior. Son dos (se los cuenta a su mujer):

En el primero, su padre le da dinero y este lo pierde. Creo que aquello representa la carga y responsabilidad que su padre le había delegado (él viene de una familia de Sheriffs), y que ha fallado en su propósito. El segundo, mucho más interesante, se desarrolla en un escenario de “los viejos tiempos”, donde él cabalgaba junto a su padre en un paso de unas montañas. Su padre lo pasa, y tiene en la mano un cuerno encendido como una antorcha. Hace frío y todo está cubierto de nieve, él también quiere hacer un fuego para alumbrarse de esa oscuridad (la maldad iluminada por la justicia). Sabe que al lugar en el que llegue, su padre lo estará esperando. Lo esperará para pasarle la antorcha y pueda alumbrar su camino de cualquier mal. Pero luego de eso, despierta.

Mucha gente no le encontró sentido a esta escena final y pensó que era un despropósito, pero para mí es la escencia de todo lo que se ha contado anteriormente. El encuentro con la realidad.

Retrospección

La primera vez que miré el atardecer con Aulin en la laguna de Saint Louis, en Innsmouth, me concentré tanto en la temblorosa y sudada mano que sujetaba la suya, que apenas puedo recordar algunos detalles. “Parece el Pandæmonium” ¿El qué?. “La capital del infierno o algo así. Las nubes allí también deben ser rojas”. Eso, y nada más. Quizá solo lo imaginé. Recuerdos, fantasmas vistos a través de un cristal roto de ilusiones fragmentadas.

Era el cinco de Abril del 2003 y yo tenía 18 años. En las fiestas universitarias ves a mucha gente, conoces personas. Aulin destaca a la distancia: cabello corto con las puntas azules. Me ve y me saluda, “es bueno verte después de todo este tiempo, las clases han hecho que desaparezca”. Me presenta a su novio, Zack, y en efecto, desaparece. El seis de abril tengo relaciones sexuales por primera vez. La conozco esa noche, dice llamarse Fernanda y es dos años mayor que yo.

Al año siguiente Aulin celebra su cumpleaños número 19 en casa de algún amigo suyo. Estoy invitado. No voy. Regresa con Zack; me lo cuenta en un mensaje lleno de emoción un día después. La felicito.

Con 20 años tengo mi primera relación larga. Ella dice estar enamorada, yo también lo siento. Su nombre es Sofía. Pasa otro mes antes de que terminemos.

El 29 de junio del 2008, a los 23, salgo del trabajo a las 9 pm. En el cruce de la quinta avenida con Espinoza, veo a Aulin dirigiéndose a la estación con dos amigas. Ella me ve, esboza una sonrisa y sigue su camino. Hago un ademán con la mano, pero se pierde entre la gente.
Llegando a casa, veo fotos en su página personal. No parece haber nadie nuevo en su vida. El 30 de junio, una grabación de voz me dice que el número que he marcado no existe. Envío un mensaje que nunca tendrá respuesta.

En mi cumpleaños 24, tomo vacaciones y regreso a Innsmouth. Hay mucha gente en el lago Saint Louis; parejas en día de campo, besos apasionados. En un rincón apartado, dos adolescentes se toman de la mano. Regreso inmediatamente a la ciudad.

Atardecía.

Sangre de Dragón

Leopoldo Cuesta preparaba el desayuno en su departamento en el 403 de la calle Dagon cuando Siegfried, el legendario guerrero nórdico, llamó a su puerta. Aunque por un instante lo sorprendió la imponente figura de 1.90 y el cabello rojizo que resaltaba incluso a través de su resplandeciente armadura, lo primero que se le vino a la mente, por supuesto, fue que se trataba de una especie de bromista o vendedor que iba para ofrecerle algún producto (probablemente relacionado a la época medieval). Con el temor de perder el tiempo en una conversación inútil, en lugar de preguntarle quién era, le dijo: «estoy ocupado, vuelva otro día». Cuando se disponía a cerrar —Seguido de un ademán de despedida—, el extraño empujó a Leopoldo tan fuerte que fue volando hasta chocar con la pared de la cocina.

Al despertar, a Leopoldo aún le dolía la cabeza. No estaba seguro de lo que había ocurrido, pero grande fue su sorpresa al ver que el sujeto que creyó imaginar ahora se encontraba sentado en un sofá, esperando a que despierte, con la mirada envuelta en fuego. Al reponerse, estaba demasiado nervioso como para no hacer otra cosa que sentarse en la dirección opuesta, y averiguar de quién rayos se trataba. El intruso le preguntó si había leído «El Cantar de los Nibelungos». Algo recuerdo, contestó Leopoldo.

— Los rumores de mi muerte son totalmente falsos —prosiguió Siegfried, sin hacer mucho caso de su respuesta—. Como usted sabe, asesiné a un dragón llamado Fafner con esta espada —dijo, desenfundando una enorme arma de acero—. La legendaria Balmung, cuyo dueño original, Odín, enterró en un tronco; y la que solo mi padre pudo reclamar como suya. El problema es, estimado señor mío, que al bañarme con la sangre de la bestia, alcancé la inmortalidad. Cientos de años también significan cientos de amigos y familias perdidas. Como debe saber, estoy seguro, originalmente aquel Dragón era un enano, que por su avaricia fue sentenciado a vivir como un monstruo. Había oído hace tiempo que vivían en esta región descendientes lejanos de aquel hombre. Pero no es sino hasta hoy que he podido encontrarlo, señor Leopoldo.

Sus manos, que parecían firmes, ahora temblaban blandiendo tenuemente la espada a poca altura del suelo. En ese momento, miles de dudas consumían la mente de Leopoldo Cuesta: ¿Qué tenía él que ver con esta historia? ¿Estaba frente a un desquiciado? ¿Qué era lo que realmente quería? Pero ante su imposibilidad de articular palabra alguna, el caballero, después de limpiarse los ojos, continuó con el relato:

— La única forma en que yo pueda ser salvado, de ser liberado de mi maldición, es que un descendiente legítimo de Fafner sea el que ponga fin a mi vida. La misma sangre que busca venganza, y así reclamar lo que le pertenece. Use mi espada, caro amigo, y líbreme del sufrimiento de la eterna existencia.

Siegfried le dio la Balmung, mientras Leopoldo Cuestas se ponía de pie. Quizá se trataba de un sueño. Después de un corte limpio, una cabeza de cabellera rojiza rodó bajo sus pies. Luego se bañó en sangre.

El sabor artificial de la naranja en sobre

¡De la vida se pueden sacar con relativa facilidad muchos libros, pero de los libros poca, muy poca vida!

 

                                                                                                              Gustav Janouch •

Conversaciones con Kafka

Durante varios días

                El viento marino

batió inútilmente el ala, batió sin entender

que podemos imaginar un ave, la más bella,

                pero no hacerla volar.

 

                                                                                                              José Watanabe • 

La piedra alada

Sentado en una vieja silla de madera, se pasaba la tarde mirando por la pequeña ventana de su habitación: un olmo columpiaba sus hojas secas al compás de una triste danza de invierno. Alguien lo observaba a través de la mirilla de la puerta, la misma mirada inquisidora capaz de calarle el alma. El mismo frío penetrante de aquel pasado remoto —que ahora se le tornaba más claro que la primera vez—, el mismo dolor de huesos que le hacía recordar ese día en específico; su única visión profética, la única garantía de su existencia. Al igual que ayer, al igual que mañana. Era el mes de Abril de 1942, y Julián Torne tenía 25 años.

En aquel entonces la arquitectura de la ciudad consistía en una pequeña plazuela central, rodeada de un escaso número de casas aledañas y adoquines mal alineados. Las casas, como era común en esos días, estaban construidas de un material poco resistente (una especie de combinación mal hecha entre adobe, paja, y algunas tejas o calaminas). Julián era maestro de escuela, del único centro educativo asentado en el pueblo. Como era usual, después de su rutina de aseo y comer algún bocadillo, el señor Torne (como lo llamaban sus alumnos a pesar de su juventud) emprendió su presurosa marcha matutina hacia el colegio primario.

La primera vez que Julián Torne vaticinó la muerte de una persona, un día martes, la lluvia caía sobre el pueblo. Cuando uno de sus alumnos fue a entregarle la tarea de literatura pendiente, al tocarlo, entró en una especie de trance onírico y empezó a decirle que dentro de poco, en unas horas, «un huayco se lo va a llevar». El niño, asustado, se fue llorando del aula. Al hablar con la directora, el profesor decía no recordar nada de lo ocurrido. Aun así, se le permitió ir a casa a descansar no sin antes hablar con el alumno que todavía permanecía asustado. Pero lo cierto era que sí lo recordaba, de hecho, no podía apartar de su mente la horrorosa imagen de esa muerte. Al llegar la tarde, la lluvia provocó el desprendimiento del río, llevándose varias casas y matando personas. Entre las víctimas, se encontraba aquel niño al que Julián le había predicho la muerte. Desesperado, huyó de su hogar. Pasó muchos días sin querer tocar a nadie y, cuando era inevitable, volvía a tener horrendas visiones. Al llegar a la capital, ya estaba completamente desquiciado, gritando en las calles y anunciando el ocaso de la vida de cualquiera que pasaba. En 1953, terminó siendo encerrado en un centro psiquiátrico al tratar de matar a una persona para evitarle el sufrimiento.

Sentado en una silla de madera, el anciano empezó a llorar. Ya no le importaba que su enfermero lo observe, que le den cápsulas insípidas todos los días, que la comida no le sepa a nada. A pesar de todo, él no era capaz de ver su propia muerte. Temía lo peor: observaría aquel olmo seco hasta el fin de los tiempos.